Comencemos por el título. Que significa… nada. No hay personaje alguno en la novela que se llame Ferdydurke. Y esto es sólo un anticipo de la insolencia venidera.
Publicada a finales de 1937, cuando el autor tenía treinta y tres años de edad, Ferdydurke es el segundo libro del gran escritor polaco. El título del primero, Memorias de un periodo de inmadurez (1933), habría servido maravillosamente para la novela. Quizá por eso Gombrowicz optó por la jitanjáfora.
Ese primer libro, cuyo título fue atacado por los críticos de Varsovia como si Gombrowicz hubiese revelado una confesión vergonzosa sin advertirlo, es una colección de relatos (los había estado publicando en revistas desde 1926); a partir de los dos años siguientes se publicaron más relatos, entre ellos dos («Filifor forrado de niño» y «Filimor forrado de niño») que usó, con simulados prefacios largos como un capítulo, a manera de interludios en Ferdydurke, así como una primera obra teatral, La princesa Ivona; luego, en 1935, se embarcó en una novela. ¿El título de este volumen de relatos extravagantes había sido al parecer (son sus palabras) «mal elegido»? Entonces ahora sí que iba a provocar. Iba a escribir una épica en defensa de la inmadurez. Como declaró al final de su vida: «La inmadurez —¡qué palabra tan comprometedora y desagradable!— se convirtió en mi grito de guerra».
La «inmadurez» (no la «juventud») es la palabra en la que insiste Gombrowicz, insiste en ella porque representa algo poco atractivo, algo, por usar otra de sus palabras clave, inferior. La nostalgia que la novela describe, y refrenda, no pretende, de modo fáustico, revivir los días gloriosos de la juventud. Lo que le sucede a un treintañero que, al despertar una mañana exasperado por la convicción de la futilidad de su vida y todos sus proyectos, es secuestrado por un profesor y devuelto al mundo de colegiales imberbes es una humillación, una caída.
Desde el principio, escribió Gombrowicz, había elegido la adopción de «un tono fantástico, excéntrico y extraño» que lindaba con «la manía, la locura y el absurdo». Irritar, Gombrowicz podría haber dicho, es conquistar. Pienso, luego contradigo. Joven aspirante a la gloria literaria de Varsovia en los años treinta, Gombrowicz ya era legendario en los cafés literarios a causa de sus muecas y poses alocadas. En la página, buscó una relación a la par de vehemente con el lector. Fatua y bobalicona, esta es una obra de tratamiento implacable.
Con todo, parece probable que Gombrowicz no supiera adónde se dirigía cuando escribió la novela. «Recuerdo bien», declaró Gombrowicz en 1968, un año antes de su muerte (¿lo recordaba o estaba manipulando su leyenda?), que, cuando comencé Ferdydurke, no quería sino escribir una sátira mordaz que me colocara en una posición superior a la de mis enemigos. Pero mis palabras fueron pronto arrastradas por un baile violento, mordieron el bocado y galoparon hacia una locura grotesca a tal velocidad que tuve que reescribir la primera parte del libro a fin de infundirle la misma intensidad grotesca.
Pero el problema fue menos (sospecho) que los primeros capítulos precisaran de una infusión adicional de energías lunáticas, y más que Gombrowicz no anticipó los portes del argumento —sobre la naturaleza del eros, sobre la cultura (en especial la polaca), sobre los ideales— que conllevaría su relato.
Ferdydurke comienza con un secuestro de ensueño a un mundo absurdo en el que los grandes se vuelven pequeños y los pequeños monstruosamente grandes: ese enorme trasero en el cielo. En contraste con el paisaje que Lewis Carroll evocó para su niña prepúber, el país de las maravillas con cambios de forma y tamaño de Gombrowicz bulle de lujuria:
Agigantamiento en la negrura. Hinchamiento y agrandamiento junto con encogimiento y tendimiento, eludimientos y no sé qué desnudamiento general y singular, tensión paralizadora y parálisis tensa, colgamiento sobre un finísimo hilo y, además, conversión y mutación en lago, traslación y también caimiento en un sistema acumulativo y sublevante, como si yo estuviera sobre una estrecha planchuela llevada a la altura del octavo piso, con excitación de todos los órganos. Y subcosquilleo.
En la historia de Alicia, una niña se precipita a un mundo subterráneo asexuado y gobernado por una nueva lógica, fantástica pero implacable. En Ferdydurke, la persona mayor convertida en colegial descubre nuevas libertades pueriles para la ofensa y para el reconocimiento del deseo vergonzoso.
Comienza con un secuestro; termina con un secuestro. El primero (por el profesor Pimko) devuelve al protagonista al escenario del sentimiento y deseo verdaderos y por ello inmanejables. El segundo secuestro muestra al protagonista en un regreso provisional a la denominada madurez:
Si alguien me descubriese aquí, en el corredor oscuro, ¿podría explicarle el sentido de mi excursión? ¿Por qué caminos se llega a esos torcidos y anormales caminos? La normalidad es un equilibrista sobre el abismo de la anormalidad. ¿Cuántas ocultas demencias contiene el orden cotidiano? No sabes ni cómo ni cuándo el desarrollo de los acontecimientos te induce a raptar un peón y huir fuera. Más bien habría que raptar a Isabel. Si había que raptar a alguien, entonces a Isabel; lo normal, lo lógico sería raptar a Isabel de la estancia; si a alguien, entonces a Isabel, a Isabel y no al estúpido e idiótico peón…
Ferdydurke es uno de los libros más vigorizantes y directos sobre el deseo sexual jamás escritos; y sin escena alguna de unión sexual. En efecto, la suerte está a favor de eros. ¿Quién no coincidiría en silenciar este murmullo social por el clamor de traseros, muslos y pantorrillas? Las nalgas reinan.
Más tarde, Gombrowicz se refirió a su novela como un panfleto. También la definió como una parodia de un cuento filosófico a la manera de Voltaire. Gombrowicz es uno de los grandes discutidores del siglo XX («Contradecir, hasta en asuntos de poca monta —declaró—, es la necesidad suprema del arte actual») y Ferdydurke es una novela de ideas deslumbrante. Estas ideas le dan a la novela peso y alas.
Gombrowicz hace travesuras y brama, intimida y se mofa, pero también se toma muy en serio su proyecto de transvaloración, su crítica de las «ideas» elevadas. Ferdydurke es una de las pocas novelas que conozco que puede llamarse nietzscheana; sin duda es la única novela cómica que así puede ser descrita. (La fantasía conmovedora de El lobo estepario de Hesse parece, en comparación, plagada de sentimentalismo). Nietzsche deploró el ascenso de los valores del esclavo promovido por el cristianismo, e hizo un llamado a derrocar los ideales corruptos y a nuevas formas de autoridad. Gombrowicz, al afirmar la necesidad «humana» de imperfección, de lo incompleto, de la juventud, se proclama un especialista en inferioridad. La adolescencia canallesca puede parecer un antídoto drástico a la madurez petulante, pero esto es justo lo que Gombrowicz tiene en mente. «La degradación se convirtió en mi ideal para siempre. Veneré al esclavo». Todavía es un proyecto nietzscheano de revelación, de poner al descubierto, con una alegre danza satírica de dualismos: maduro frente a inmaduro, totalidades frente a partes, vestido frente a desnudo, heterosexualidad frente a homosexualidad, completo frente a incompleto.
Gombrowicz despliega alegremente muchos de los recursos de la alta modernidad literaria, a la postre denominada «posmodernidad», que pellizcan los decoros tradicionales de la escritura novelística: sobre todo el del narrador impertinente rebosante de sus propios estados emocionales contradictorios. Lo burlesco se desliza hacia lo patético. Cuando no se vanagloria, es abyecto; cuando no payasea, es vulnerable y se compadece a sí mismo.
Un narrador inmaduro es una suerte de narrador cándido; incluso el que ostenta lo que por lo general está oculto. Pero no es un narrador «sincero», pues la sinceridad es uno de esos ideales que no tienen sentido en un mundo de franqueza y provocación. «En la literatura la sinceridad no conduce a sitio alguno… cuanto más artificiales somos, más nos allegamos a la franqueza, el artificio permite al artista aproximarse a verdades vergonzosas». En cuanto a su celebrado Diario, Gombrowicz dice:
¿Has leído alguna vez un diario «sincero»? El diario «sincero» es el diario más mendaz… Y a la postre, ¡qué aburrida es la sinceridad! Es inútil.
Entonces, ¿qué? Mi diario tenía que ser sincero, pero no podía serlo. ¿Cómo podía resolver el problema? La palabra, la palabra hablada, suelta, tiene esta peculiaridad consoladora: se encuentra cerca de la sinceridad, no en lo que confiesa sino en lo que pretende ser y en lo que persigue.
Así que tuve que evitar que mi diario se convirtiera en una confesión. Tenía que mostrarme «en acción», en mi intención de imponerme al lector de un modo determinado, en mi deseo de crearme a mí mismo mientras los demás miran. «Así es como me gustaría ser para ti», y no «Así es como soy».
Con todo, por más extravagante que fuera la trama de Ferdydurke, ningún lector tendrá al protagonista y sus añoranzas por otra cosa que la transposición de la personalidad y patología del autor. Al hacer de Pepe Kowalski un escritor —y autor de un libro de cuentos fallido y muy ridiculizado titulado, sí, Memorias de un periodo de inmadurez— Gombrowicz desafía al lector a no pensar en el hombre que escribió la novela.
Un escritor que se regodea en la fantasía de la renuncia a su identidad y privilegios. Un escritor que imagina una huida hacia la juventud, representada como un secuestro; desechar el destino que se espera de un adulto, representado como una sustracción del mundo en el que se es conocido.
Y entonces la fantasía se hizo realidad. (Pocas vidas de escritores han adoptado con tanta claridad la forma de un destino). A la edad de treinta y cinco años, unos cuantos días antes del fatídico 1 de septiembre de 1939, Gombrowicz fue lanzado al exilio inesperado, lejos de Europa, en el «inmaduro» Nuevo Mundo. Fue un cambio tan brutal en su vida real como el de la transformación imaginada de un hombre de treinta años en un colegial. Varado, sin medios de subsistencia, donde nada se esperaba de él porque nada se sabía de él, se le ofreció la oportunidad divina de perderse a sí mismo. En Polonia, era el Witold Gombrowicz de buena cuna, un destacado escritor de «vanguardia» que había escrito un libro que muchos (entre ellos su amigo, el otro gran escritor polaco del mismo periodo, Bruno Schulz) consideraban una obra maestra. En Argentina, escribe, «yo no era nada, así que podía serlo todo».
Es imposible imaginar a Gombrowicz sin sus veinticuatro años en Argentina (muchos de los cuales los pasó en penuria), una Argentina que adaptó a sus propias fantasías, su audacia, su orgullo. Dejó Polonia siendo un hombre relativamente joven; volvió a Europa (pero nunca a Polonia) cuando contaba con casi sesenta años de edad, y murió seis años después en el sur de Francia. La separación de Europa no hizo de Gombrowicz un escritor: el hombre que había publicado Ferdydurke dos años antes ya estaba del todo formado como artista literario. Fue, más bien, la confirmación más providencial de lo que conoce su novela, y les dio dirección y mordacidad a los espléndidos escritos aún venideros.
La terrible vivencia de la emigración (y para Gombrowicz fue una experiencia terrible) afiló su combatividad cultural, como sabemos por su Diario. Este (todo menos un diario «personal») puede leerse como una suerte de ficción de formato libre, posmoderno avant la lettre; es decir, animado por un programa de violación del decoro similar al de Ferdydurke. Las afirmaciones de genio asombroso y de agudeza intelectual del autor rivalizan con la versión continua de sus inseguridades, imperfecciones y bochornos, y una defensa desafiante de prejuicios brutales, palurdos. Al considerar que el vivaz medio literario porteño de finales de los treinta lo desairaba, y por ello estaba ávido de rechazarlo, y consciente de que albergaba a un gran escritor indiscutible, Gombrowicz se declaró «en el polo opuesto» a Borges. «Él está profundamente arraigado a la literatura, yo a la vida. A decir verdad yo a la antiliteratura».
Como si estuviesen de acuerdo, un acuerdo superficial, con la disputa absolutamente interesada de Gombrowicz contra la idea de la literatura, muchos en la actualidad consideran que el Diario en lugar de Ferdydurke es su obra mayor.
Nadie puede olvidar el conocido comienzo del Diario:
Lunes
Yo.
Martes
Yo.
Miércoles
Yo.
Jueves
Yo.
Una vez dejado eso en claro, Gombrowicz dedica la entrada del viernes a una sutil reflexión sobre algún material que había estado leyendo en la prensa polaca.
Gombrowicz esperaba ofender con su egocentrismo: un escritor debe defender sus fronteras continuamente. Pero también el escritor debe abandonar las fronteras, y el egotismo, sostenía, es la condición previa de la libertad espiritual e intelectual. En el «yo… yo… yo» se oye al emigrado solitario que se burla del «nosotros… nosotros… nosotros…». Gombrowicz nunca dejó de disputar con la cultura polaca, con su intransigente colectivismo de espíritu (denominado romanticismo por lo general) y la obsesión de sus escritores con el martirio nacional, la identidad nacional. La inteligencia y energía implacables de sus observaciones acerca de asuntos culturales y artísticos, la pertinencia de sus desafíos a las devociones polacas, su brillante carácter polémico, lo convirtieron a la postre en el prosista más influyente del pasado medio siglo en su país natal.
La impresión polaca de encontrarse al margen de la cultura europea y del interés de Europa occidental mientras se toleraron generaciones de ocupación extranjera, había preparado al emigrante infeliz mejor de lo que quizá le habría gustado tolerar para verse sentenciado a muchos años de aislamiento casi absoluto como escritor. Con valentía se embarcó en el empeño de dar sentido profundo y liberador a su situación desprotegida en Argentina. El exilio puso a prueba su vocación y la extendió. El fortalecimiento de su desafección por las piedades nacionalistas y la propia congratulación lo hizo un ciudadano consumado de la literatura mundial.
Más de sesenta años después de que escribiera Ferdydurke, poco queda de los específicos blancos polacos que Gombrowicz escarneció. Han desaparecido junto con la Polonia en la que fue criado y maduró: destruidos por los múltiples golpes de la guerra, la ocupación nazi, el dominio soviético (el cual impidió que jamás volviera) y el ethos del consumismo posterior a 1989. Casi tan datada es su suposición de que los adultos siempre aseguran ser maduros:
En nuestras relaciones con las otras personas queremos parecer cultivados, superiores, maduros, así que empleamos el lenguaje de la madurez y hablamos de, por ejemplo, la Belleza, la Bondad, la Verdad… Pero, en el seno de nuestra realidad confidencial e íntima, no sentimos más que ineptitud, inmadurez…
La declaración parece provenir de otro mundo. Cuán improbable sería en la actualidad que cualesquiera deficiencias vergonzosas que siente la gente fueran cubiertas con absolutos pomposos como Belleza, Bondad, Verdad. Los ideales de madurez, refinamiento y sabiduría al estilo europeo han dado paso sin cesar a las celebraciones de lo eternamente joven al estilo estadounidense. El descrédito de la literatura y otras expresiones de la «alta» cultura como elitistas u opuestas a la vida es un lugar común de la nueva cultura regida por los valores del entretenimiento. La indiscreción acerca de los propios sentimientos sexuales no convencionales es en la actualidad una contribución rutinaria, si no obligatoria, del entretenimiento público. Cualquiera que en la actualidad declarara su estima por «lo inferior» sostendría que no es en absoluto inferior; que en realidad es superior. Casi ninguna de las opiniones valoradas a las cuales Gombrowicz se enfrentaba se valora aún.
Entonces, ¿puede Ferdydurke todavía ofender? ¿Aún parece escandalosa? Salvo por la misoginia mordaz de la novela, probablemente no. ¿Aún parece extravagante, brillante, perturbadora, valiente, divertida… espléndida? Sí.
Celoso administrador de su propia leyenda, Gombrowicz estaba y no estaba diciendo la verdad cuando aseguró que había logrado con éxito eludir todos los géneros de la grandeza. Pero sea lo que fuere que pensaba, o quería que pensáramos que pensaba, hay determinadas consecuencias inevitables si alguien ha producido una obra maestra, y finalmente se le reconoce esa condición. A finales de los años cincuenta Ferdydurke finalmente fue traducida (gracias a un patrocinio propicio) al francés, y Gombrowicz fue, por fin, «descubierto». Nada había querido más que este reconocimiento; este triunfo sobre adversarios y detractores, reales e imaginarios. Pero el escritor que aconsejaba a sus lectores que intentaran evitar toda expresión de sí mismos, que se precavieran contra todas sus creencias y que desconfiaran de sus sentimientos, sobre todo, que dejaran de identificarse con lo que los define, apenas podía dejar de insistir que él, Gombrowicz, no era ese libro. En efecto, tiene que ser inferior a él. «La obra, transformada en cultura, se cernía en el cielo, mientras yo permanecía debajo». Como el gran trasero que se cierne en lo alto sobre la desganada fuga del protagonista hacia la normalidad al final de la novela, Ferdydurke ha flotado hasta lo alto del empíreo literario. Larga vida a su sublime burla a todos los intentos de normalizar el deseo… y los alcances de la gran literatura.

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