Se cumple un año de que el gobierno colombiano y la guerrilla de las FARC firmaron el acuerdo de paz que puso fin a 50 años de guerra. O bueno, eso al menos fue lo que se quiso vender con el proceso negociado en La Habana

Como sea, desmovilizar a los 7.000 miembros de las Farc es parte del camino hacia la pacificación de un país en el que se cometen 33 asesinatos al día. Y eso, tristemente es una buena noticia: en el 2012 la cifra era de 44 muertes violentas diarias.

En el aniversario del acuerdo, sus impulsores tratan de destacar cifras como esas. Y más: producto de los acuerdos de La Habana se redujo drásticamente la cifra de desplazados, secuestros y enfrentamientos entre grupos armados y el ejército.

En paralelo a esto, se está desarrollando un proceso lingüístico interesante de conversar. Existe entre los colombianos todo un vocabulario de la guerra que tristemente es de dominio público y que se espera desaparezca para siempre con el afianzamiento de los acuerdos y el desarme de la sociedad.

El léxico de la guerra nos ha enseñado a hablar de fuerza pública y de subversivos, de minas quiebra-pata, tatucos y tropas helicoportadas sin cuestionarnos la normalización de la violencia que este proceso implica. Colombia debe ser uno de los países con más sinónimos para el asesinato, partiendo por el oficial “dar de baja”.

Buscando material para estas líneas me topé con esto: un glosario militar que más allá de definir a los Paramilitares  como “grupos diferentes a las fuerzas militares de un país, pero que se asemejan a las mismas por su organización, equipo, adiestramiento o misión. Van paralelamente, son creadas con todas las formalidades legales. (ej Defensa Civil, cuerpos de socorro etc)”, muestra las dimensiones del conflicto: todo aquello nombrado en este diccionario triste salió de la realidad y no al revés.

Con la normalidad de la rutina, el habla colombiana se llenó de palabras que un país en paz desconoce. El legado más pesado de la guerra fue la normalización de la violencia desde todo medidor. El escenario era tan brutal que adoptamos marcos terribles como fronteras de la realidad. Por años nos endurecimos con noticias de masacres hasta el punto que el asesinato de cuatro personas dejó de ser considerado tal.

Es más: nuestros medios de comunicación se convirtieron en un parlante de las fuerzas en conflicto y adoptaron, según su bando, el vocabulario del campo de batalla: los medios oficiales comenzaron a hablar en castrense y nadie se sorprendía con frases como “responde al alias de” o “abatidos en combate”. Desde los escasos medios de la “subversión” se hablaba entonces del “enemigo”, representado en cada miembro de las instituciones armadas, así fuera un soldado bachiller. 

En los años más duros incluso celebramos esos “bombardeos”, al “avión fantasma” que acabaron con la vida de cientos de “insurgentes” sin dañar sus computadores portátiles. Por entonces los “tatucos” o morteros artesanales de la guerrilla destrozaban pueblos enteros y casi nunca daban en el “blanco” de la fuerza pública. 

Las pescas milagrosas y emboscadas tuvieron como respuesta las caravanas militares “Vive Colombia, viaja por ella” que no eran más que un paseo escoltado, siendo esta otra palabra salida del diccionario del fusil. Los desertores, reinsertados, reincidentes, desmembrados, desaparecidos y falsos positivos se hicieron populares y desde el presidente para abajo hablamos de “darnos en la cara, marica”.

En este lenguaje las Farc no tienen todos los derechos de autor: Colombia ha vivido en una guerra civil de más de cien años con picos de violencia que ha logrado devaluar la vida a un punto en que para “bajarse” a alguien puede bastar un par de tenis. Esto no exime a la guerrilla de su nefasta contribución al bestiario nacional: los perros-bomba, burros-bomba, collares-bomba y la larga lista de sus armas “no convencionales” ampliaron un léxico que nadie quisiera conocer.

A un año de lo que se insistió en llamar “el final de la guerra”, nuevas palabras aparecen: el “postconflicto” es un proceso delicado y a nadie le interesa que los ex guerrilleros reunidos en las “Zonas  Veredales Transitorias de Normalización” (ZVTN) vuelvan al monte a delinquir. Sus “disidencias” siguen activas en algunas regiones de Colombia a las que no ha llegado el Estado mientras el Congreso debate la “Justicia Especial para la Paz” (JEP) a la que deberán someterse los autores de crímenes atroces que esperemos nunca más tengan que ser nombrados.

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