¡”Ciberbolivarismo, compañera! ¡Ciberbolivarismo!”, proclama, al borde de las lágrimas, el ministro de tecnología del gobierno de Salvador Allende, Fernando Flores, creador de Synco, un sistema informático capaz de transformar en algoritmos irrefutables las necesidades del pueblo y, así, asignar con la más absoluta eficiencia la energía que cada chileno debe invertir para satisfacer esas necesidades sin caer en la codicia. Jorge Baradit (1969) en “Synco” consigue algo que tal vez no se hubiera imaginado: un mundo sin excedentes, una ciberdemocracia socialista donde cualquier voluntad creadora está sometida a las fórmulas perfectamente económicas de un soporte computacional inteligente tipo Skynet o Hal-9000.

“Synco” es la historia conjetural de un Chile donde el golpe de Estado ha sido neutralizado por Pinochet. Donde Carlos Altamirano ha sido reducido a operar en las sombras. Donde Ricardo Lagos es subsecretario de tecnología. Donde quienes quieran acceder al subterráneo que alberga a Synco deben oler como los genitales de Fernando Flores. Donde Michael Townley no es del todo malo. Synco es el lugar artificial donde Miguel Serrano es Canciller, Michelle Bachelet está muerta –asesinada por el Comandante Proxy en Berlín oriental– y el GAP moldeado a imagen de las SS. “Synco” es, a fin de cuentas, la apauesta de un escritor de ciencia ficción por hacerse cargo de los sucesos, personas y lugares que alimentan las metáforas centrales de la identidad chilena.

Y el esfuerzo, aunque disperso, es meritorio. La literatura chilena se ha hecho cargo del golpe desde el lugar de los vencidos y los vencedores, pero rara vez considerando qué habría pasado si Allende siguiera en el poder. La respuesta de Baradit es moderna: el Chile allendista no es el Chile de Marx y sí el de Foucault; una nación panóptica, pero también una nación chauvinista, en la que el nombre de Allende se invoca como si se tratara de un ángel, un pequeño dios o una estrella de cine filantrópica. “Synco”, en este tópico, está emparentada con“Mano de obra”, de Diamela Eltit, aunque en esa novela la vigilancia se concentra en el cuerpo. Quizá sea mejor acercar “Synco” a las distopías de Orwell y Dick, o a los extensos pastiches humorísticos y paranoicos de Thomas Pynchon. Lo cierto es que Baradit explota el miedo universal al control absoluto dándole una cara típicamente chilena: falta de sentido del humor, embelesada hasta en el más inocuo de los ámbitos con el poder, obsesionada con la raza –y aquí el fantasma de Nicolás Palacios, autor de ese delirio grandilocuentemente místico que es “Raza chilena”, se frota las manos–, temerosa del cambio, insistentemente provinciana.

Como en casi cualquier obra de ciencia ficción, la tecnología es el vertedero donde todos los miedos y fascinaciones se resumen. Como en “Ygdrasil”, su primera novela, Baradit explota la relación de sustento entre tecnología y cuerpos mutilados. Así, huérfanos son vinculados sin ningún pudor al mainframe informático, convirtiéndose en engranajes imprescindibles para su funcionamiento; niños con síndrome de Down conforman un escuadrón militar y un político antisistema puede seguir vivo conectado a una máquina infernal que funciona a base de sangre porcina. Casi como si lo hubiera escrito T. W. Adorno, para quien el implacable avance de la tecnología tenía un correlato de vacío y amoralidad.

Pero también “Synco” se puede leer como una parodia a la política chilena. Los innumerables cameos de figuras neurálgicas de la historia nacional –de Arellano Stark a Aylwin– dan a esta novela el carácter de un documento histórico apócrifo, una especie de relato anárquico de la reciente historia chilena. Una de los aspectos más increíbles de “Synco” es la cantidad de gente hoy viva que Baradit mata. Cuesta creer que esas personas estén muy felices de saber que, si existiera un mundo paralelo, su vida carecería de valor.

No carece de pifias “Synco”. Martina Aguablanca, la protagonista, es algo esquemática, sus reacciones pocas veces varían. Las nociones dementes de Serrano no son del todo ridiculizadas, lo que no hace de esta novela una filonazi, sino más bien una que no logra aprovechar el potencial de burla que hay en los arranques vagamentes literarios de Serrano. Nada de esto opaca, a la larga, una novela atractiva y provocadora, y que recuerda a todos sus detractores que la ciencia ficción es una forma de la literatura tan válida como cualquiera.


Vía The Clinic

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