Dentro de la larga lista de calamidades que enfrentan los venezolanos, en las semanas recientes surgió una mayor: decidir si deben o no participar de las elecciones presidenciales convocadas por Nicolás Maduro y su gobierno para el 22 de abril.

Durante los años recientes -casi todos los que ha gobernado Maduro-, el pedido de elecciones generales ha sido parte importante de las demandas de la oposición política y ciudadana. La elección parlamentaria de finales del 2015 hizo creer a los opositores que era posible retomar el poder mediante el voto, después de que este mecanismo les devolviera el control de la Asamblea Nacional tras 16 años de control Bolivariano. 

El golpe institucional que dio Maduro al desconocer la Asamblea Nacional y montar su Asamblea Constituyente dejó clara la tendencia autoritaria del gobierno, por lo que la decisión de participar en nuevos comicios se hace más difícil. 

Obviamente, las opciones son dos: votar o no votar. Sin embargo, la cosa no es tan sencilla.

Al votar se corre el riesgo de validar un proceso que muchos temen resulte fraudulento, como se cree sucedió con las elecciones municipales del 2017 en donde el oficialismo ganó la mayor parte de las alcaldías del país en una votación si veedores internacionales y con resultados al menos dudosos.

No votar implica entregar el país entero sin siquiera dar la pelea. Claro, esta opción tiene como aliciente la sensación de no haber cooperado en el show electoral convocado por un presidente con el agua al cuello que busca validarse en unos comicios sospechosos.  Sin embargo, en el 2005 la oposición venezolana ya intentó este camino, ausentándose de las elecciones parlamentarias que dejaron a Hugo Chávez y su movimiento Quinta República con el control total del Parlamento.

Por lo pronto solo hay dos candidatos confirmados para las elecciones: Nicolás Maduro y el pastor evangélico Javier Bertucci, quien figura en los Papeles de Panamá. 

El opositor Henry Falcón ha coqueteado con lanzar su candidatura, rompiendo la unidad de la Mesa de Unidad (cueck) desde donde se ha señalado sin gran convicción que las elecciones son una trampa. 

Precisamente esa incertidumbre es la que tiene a los venezolanos en vilo: nuevamente, cuando el país necesita un bloque unitario que haga un contrapeso al poder del gobierno, amparado en los aparatos del Estado, la oposición comienza a mostrar sus grietas, dejando en evidencia las ambiciones personales que desembocan en un escenario atomizado que solo favorece al gobierno.

Votar es validar el fraude en la medida en que esa desorganización persista. En las condiciones actuales, con unas elecciones transparentes, cualquier candidato opositor derrotaría al gobierno si logra consolidar una candidatura única. 

El temor a que Maduro meta el bigote en los resultados puede abordarse con el ejemplo chileno y el plebiscito de 1988 para sacar a Pinochet del poder. El recuento paralelo que llevó la oposición democrática en esa elección fue clave para forzar al gobierno a reconocer su derrota. En tiempos de internet y el apartaje 2.0, es imposible creer que la oposición no pueda organizar un mecanismo similar. 

No votar implica apostar por la caída del régimen mediante la presión internacional. Algo que no tendrá un efecto en el corto plazo a menos que Washington decida meter la mano a punta de fusil. El peor escenario posible si se trata de preservar la vida de los civiles. Por estos días se suele escuchar del ejemplo de Panamá en 1989, cuando Bush padre invadió el país para secuestrar a Manuel Noriega. Lo que no se dice tan alto es que durante la operación murieron 3.000 civiles. Ni para qué hablar de los casos de Libia o Irak, aun hormigueros. 

Votar solo podrá ser efectivo en la medida en que los opositores logren unidad. La apuesta del gobierno es por unas elecciones relámpago -en menos de 60 días- que impidan una negociación que deje a todos los miembros de la MUD con el alma en el pecho. 

Por el momento, la ausencia de un pronunciamiento claro solo juega a favor de Maduro: su circo electoral está montado y de seguro no le hará falta público. 

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