Escasamente un año después del fin de la IIGM, cuando en Norteamérica todo era triunfalismo y regocijo por la reciente victoria, llegó a las pantallas una película de William Wyler que enfrió un poco los ánimos y que mostró a mucha gente un aspecto de lo costosa que había sido la victoria.

Los mejores años de nuestras vidas” fue producida por Samuel Goldwin. En 1944 su esposa Frances leyó un artículo sobre las difíciles experiencias de los veteranos de guerra tras su regreso a casa y Goldwin consideró que ese tema podría ser la base de un guión. Contrató a un escritor para que realizara una novela y luego a otro para que a partir de dicha novela realizara el guión. Como director escogió a William Wyler.

Wyler quiso que su película tuviera casi un tono documental. No sólo uso el blanco y negro, sino que gracias a Greg Toland utilizó la técnica de Foco Profundo que permite tener enfocado toda la profundidad de campo (Toland fue el fotógrafo de “Ciudadano Kane“). Adicionalmente casi toda la plantilla eran veteranos de guerra y se procuro que el vestuario no fuera nuevo, sino gastado y de segunda mano para dar la sensación de uso.

La trama se centra en tres veteranos que vuelven a una pequeña ciudad del interior de los Estados Unidos: un capitán de las fuerzas aéreas (Dana Andrews), un sargento de infantería (Frederich March) y un marinero (Harold Russell) que perdió ambas manos cuando su portaviones fue alcanzado. Ambos ansían volver a sus casas pero también tiene miedo pues saben que las cosas han cambiado.

La cinta nos muestra esos cambios de muchas maneras. En su vuelta a casa a bordo de un B-17 sobrevuelan un gigantesco campo lleno de aviones listos para el desguace, hay nuevos edificios en la ciudad, los lugares que frecuentaban han puesto neones,… Uno de los cambios más llamativos es la vuelta a los empleos civiles. El sargento es un alto directivo bancario y el capitán de aviación solo era un camarero de heladería. Pero los mayores cambios los encontrarán tanto en su entorno familiar como en ellos mismos. El marinero tendrá miedo de ser una carga para su prometida. El sargento descubrirá que es un extraño para sus hijos. Y el capitán que se ha convertido en un “ángel caído” y que su mujer sólo le quiso por lo guapo que estaba en uniforme.

La película fue un gran éxito. Consiguió siete oscars, entre ellos el de mejor película, mejor director, mejor actor para Frederich March, mejor fotografía y mejor actor secundario para Harold Russel. Era la primera vez que se daba un oscar a un actor no profesional. Russel perdió las manos en 1944 cuando realizaba una demostración detonando explosivos para un film de adiestramiento. Después de su rehabilitación ingresó en la Universidad de Boston. Allí intervino en un documental sobre la rehabilitación de veteranos de guerra. Cuando ese documental fue visto por Wyler el director se dio cuenta de que tenía al actor que debía representar a los mutilados de guerra en su película.

Fue el propio Wyler el que le aconsejó que: ” No hay muchos papeles para un tipo sin manos. Vuelve a tu universidad y licénciate”. Russel acabó sus estudios de empresariales, llegó a ser presidente de la Asociación de Veteranos y como tal escribió una carta apoyando al presidente Truman en su decisión de relevar del mando a MacArthur durante la guerra de Corea.

A lo largo de sus casi tres horas de duración la película está llena de momento muy llamativos e incluso proféticos y que dan una idea muy buena de lo que pensaba la gente de aquella época. Uno de ellos es cuando March llega a su casa y le entrega a su hijo sus recuerdos de guerra. Estos consisten en una espada samurai y una bandera ensangrentada firmada por los familiares del finado soldado japonés. El hijo no está muy entusiasmado por dichos presentes e incluso se atreve a criticar veladamente la situación bélica cuando hace referencia al poder destructivo de la bomba atómica. Posteriormente, también se hará otra referencia a que en caso de una nueva guerra no habrá nada de que preocuparse pues todos estarán muertos.

La escena más famosa de la película es aquella del “simpatizante nazi” en la que éste dice a Russel que ha perdido sus manos porque los USA lucharon en el bando equivocado (una visión retorcida del lema “Why we fight“). Sin embargo en mi opinión la mejor escena es aquella en que el personaje de Dana Andrews pasea entre los restos de los aviones. Los numerosos aviones parecen tumbas. Todo ese gran poderío militar ahora es simple chatarra y es así como él se siente. Sólo le queda la opción de reciclarse, pues la vida debe de continuar.

Probablemente la mejor película sobre el tema de la vuelta a casa de los veteranos de la IIGM.

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