Hay en la forma de hacer entretención de Caiga Quien Caiga un vicio aburrido y de limitada novedad: la maña fácil del lugar común en donde no hay nadie como el que habla para imponer verdades desde el pedestal de la prepotencia.

El episodio de Cannes solo internacionalizó la estupidez de un programa que cree graciosa la reiteración de los clichés del poder, en este caso el dicho manilargo y sin sentido de que una mujer es para un hombre poco más que una carga postcoital. 

En la pregunta de Gonzalo Feito a Javier Bardem (“¿Qué se siente ser el único hombre que disfruta de trabajar con su mujer?”) se esconde sin esconderse una defensa de la norma desde lo que el programa considera humor. Entonces, bajo la excusa de que es solo un chiste, se insiste en el estereotipo violento, en la tradición machista que no acepta un cambio de paradigma y que justifica todo desde la intención del chiste. 

En Chile se sabe hace años que CQC no es más que la reserva moral de la estupidez. Bajo la dinámica de mercado los productores del programa insisten en que si tiene raiting es porque eso es lo que quiere el pueblo, aplicando la máxima populista del político que se considera vocero de las mayorías por defender los lugares comunes.

No se trata de algo reservado exclusivamente para el campo del género: al machismo de sus presentadores y línea editorial se suma el clasismo y el racismo en el que el humor se expresa en burlarse del lenguaje de los desfavorecidos. El simplismo del chiste basado en la ignorancia ajena no solo desconoce que una persona puede hablar de una forma por falta de educación, sino que peligrosamente valida la lógica mocha de que el que no tiene es porque es bruto. 

Y ahí, en el campo de la prepotencia intelectual, los creadores de CQC saben moverse. Son representantes de aquel Chile chaquetero y fanfarrón que usa como argumento la degradación para decir que el que no es exitoso -¿qué es el éxito?- no puede hablar. No se nos olvide el posteo poco creativo de Sebastián Eyzaguirre cuando no le gustó que lo criticaran por decir que una mujer estaba “para matarla”. El clásico “a quién le ha ganado” como fórmula para invalidar al otro, una sombra del Chile malo que se consuela con que el otro no triunfe para excusar su mediocridad.

 

Desde su importación a Chile, los periodistas de CQC han abusado de esa idea absurda de que la libertad de expresión consiste en vulnerar la intimidad ajena y todo lo que frene al abuso es censura. Son cientos los momentos en que sus noteros han aludido a la censura porque no los dejaron insultar a un entrevistado. O más simple: porque no cumplieron con protocolos de acreditación. 

Entonces, excusados bajo el paraguas de una supuesta defensa de la libertad, pretenden insultar confundiendo el acoso con la profundidad, invadiendo la intimidad bajo el pretexto de que “la gente quiere saber”. 

Caiga Quien Caiga no es un programa contra el poder: es un espacio mediático que da la razón a los radicales de la estupidez, la validación del machismo, la xenofobia, el clasismo y otras formas de asentamiento del establishment. 

Así, los predicadores del cliché se han convertido en el sustento de la mala onda. Si van a Bolivia sus chistes serán la ola en el estadio o sobre el pacífico.

Y no es cosa del pasado: así entonces.

Así ahora.

Porque en el bullying han encontrado un espacio para reirse del indefenso, para burlarse del que no tuvo suerte, para denunciar la pobreza como un crimen y a las mujeres como un objeto con agujeros. El regreso de CQC a la televisión abierta en Chile es solo una muestra de la desconexión de la prensa tradicional que bajo la bandera de la irreverencia refuerza los clichés que hacen de Chile un país peor.

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