En 1912 se instaló en Montmartre para hacerse pintor. Alquiló un estudio y se presentó a los vecinos: Luis Quintanilla Isasi, de Santander. Tenía 19 años. Miraba a su alrededor y veía el lugar exacto en el momento adecuado. Había llegado a Francia escapando de una vida que no le pertenecía: era un niño de 1893 nacido en una familia acomodada que lo quería abogado y respetable; para esquivar los estudios de Derecho se matriculó en la Escuela de Naútica, que no terminó.

París, entonces, era una fiesta que hacía justicia a los recuerdos de juventud de quienes sobrevivieron para escribir sus memorias. En los callejones bullía una ciudad despreocupada y alegre que nunca fruncía el ceño. Era el París cubista que preparaba una revolución en vísperas de la Gran Guerra. En los cafés los pintores alternaban con espías, prostitutas y escritores modernistas. Quintanilla se infiltró en el ambiente de la mano de Juan Gris y durante un tiempo sobrevivió como boxeador, hasta que alguien le convenció de que los golpes en la cabeza afectan al pulso y desorientan el pincel.

Conoció a Modigliani, a Degas, a Chagall. Aprendió nuevas formas de mirar. Viajó a Alemania para estudiar la obra de los maestros expresionistas y completó una formación sólida que le ayudaría a cruzar las siguientes décadas como un pintor cotizado. Pero entonces mataron a un archiduque en Sarajevo y se abrieron las trincheras. Los soldados marchaban al frente, Europa se preparaba para la guerra. Quintanilla regresó a España. Había civilizado su talento natural, se había convertido en pintor.

Viajó durante meses con un cuaderno de dibujo por el país que había perdido para ilustrar un libro que nunca fue publicado. Frecuentó tertulias artísticas y trabajó en los decorados de una película sobre una obra de Jacinto Benavente. En 1920 regresó a París. Alternó con Hemingway en tardes de café con sabor a epílogo. Por el barrio de los pintores, después de la guerra, planeaban sombras densas. Volvió a Berlín, al expresionismo pendiente. Aprendió nuevas técnicas: el repujado en cuero y el grabado con buril. En 1924 obtuvo una beca para viajar a Italia. En el país del Renacimiento estudió el arte de la pintura al fresco. En aquellas paredes viejas de monasterios, iglesias y palacios Quintanilla encontró algo decisivo.

Pero Europa parecía incapaz de aguantar sin resquebrajarse. Mussolini y los camisas negras marchaban hacia Roma prefigurando climas hostiles, anunciando las guerras que vendrían. Del asalto fascista a las instituciones italianas aprendió Quintanilla que una sociedad justa, como la felicidad, se construye con esfuerzo y se defiende con las propias manos. Que los enemigos no descansan.

A su vuelta a España pintó frescos por encargo en el Palacio de Liria, en el Pabellón de la Nación de Buenos Aires en la Exposición de Colonia, en el Consulado de Hendaya y en la Ciudad Universitaria de Madrid. En 1934 expuso su colección de grabados en la Biblioteca Nacional. Son años de reconocimiento y consagración. También de lucha política. La experiencia italiana lo mantiene alerta. Comprende que los tiempos requieren acciones concretas.

En los meses previos a la revuelta de octubre, la policía encontró un Comité Revolucionario al completo en el estudio de Quintanilla. Durante su estancia en la cárcel bocetó a sus compañeros de celda y cuando recuperó la libertad publicó el resultado en un libro, La cárcel por dentro, que cruzó la frontera para avisar al mundo de la tensa situación española. En Nueva York Hemingway y Dos Passos consiguieron exponer parte de los grabados en la galería Pierre Matisse. Llegó el año 1936. Llegó julio, llegó el verano y llegó la guerra. 

Fue soldado y espía en defensa de la República, participó en el asalto al cuartel de la Montaña y en el asedio del alcázar de Toledo y organizó la red Quintanilla, una telaraña de espías que operó en el País Vasco francés. En 1937, siguiendo órdenes de Negrín, recorrió el frente atrapando imágenes. Un año después recibió el encargo que ejerce como frontera en su biografía: cinco frescos para la Exposición Universal de 1939 en Nueva York.

Cuando Quintanilla tituló la obra Ama la paz, odia la guerraera consciente del peso de las palabras que escogía. Viajó a Estados Unidos para crear un conjunto que debía denunciar la intromisión fascista en la democracia española. Preparó cinco grandes paneles móviles sobre los que aplicó dos estratos a base de cal y polvo de mármol. Eligió cinco nombres: hambre, soldados, dolor, destrucción y huida. Y pintó, durante meses, basándose en su propia experiencia, la experiencia universal de la humanidad en guerra.

Pintó madres desesperadas, niños detenidos en el tiempo, soldados tristes. Pintó sobre fondos de color pastel a los muertos desnudos. Pintó rostros espectrales, ojos cerrados, ciudades rotas. Pintó el desamparo, el miedo, la angustia y la dignidad de las víctimas, el dolor invencible de los derrotados.

Era una obra que no podía contemplarse con impunidad. Cuando la guerra terminó en 1939 los frescos de Quintanilla fueron inutilizados por el Gobierno de Franco, que impidió su exhibición en la Exposición Universal para la que habían sido concebidos. Los frescos pasaron al territorio de la memoria y de la memoria al olvido. Quintanilla aseguró que se habían perdido en una inundación que derrumbó el techo del almacén donde los guardaba.

El mundo creyó la versión del pintor. Comenzaba la Segunda Guerra Mundial y los recuerdos eran un artículo de lujo. Quintanilla encontró trabajo en Hollywood como escenógrafo y retratista de estrellas de cine. Durante años vivió de su trabajo en un apartamento de la calle ocho de Nueva York con su esposa y su hijo. El declive empezó sin hacer ruido, casi imperceptible, hasta que un día dejaron de llegar encargos. La decisión fue drástica, como todas las decisiones meditadas: en 1958, con 65 años, Quintanilla dio por terminado su matrimonio y se trasladó a París en un intento desesperado de recuperar el crédito y la juventud. Pero ni París ni Quintanilla eran ya los mismos de 1912.

Hay algo que duele en el hombre casi anciano que se resiste a su destino que nos obliga a seguir mirando. En una escena verosímil y por tanto tan real como cualquier otro apunte biográfico Quintanilla recorre el barrio de sus años de formación con Ernest Hemingway. El pintor y el escritor, afectados por el mismo tumor de nostalgia, exigen al mundo que se detenga, al tiempo que retroceda. Fuman, recuerdan, se emborrachan, infantiles y vivarachos. Hemingway se pegará un tiro pocos meses después, Quintanilla vivirá lo suficiente para morir en Madrid en 1978, en el 40 aniversario de su marcha al exilio.

Queda el epílogo, el destino de cinco frescos olvidados que aparecieron en 1990 en los pasillos de un cine porno en el 144 de Bleeker Street, en el Village de Nueva York. Quintanilla mintió, por supuesto. No hubo inundación, ningún derrumbe arruinó las pinturas. El artista las había cedido a la Free World House, una organización antifascista que cerró en 1946 dejando paso a un restaurante. El nuevo dueño del local heredó los frescos y pidió al artista Sydney Simon que los repintara. Simon reconoció la mano de Quintanilla y se negó a cumplir el encargo.

Las pinturas fueron arrinconadas en un pasillo de emergencias. El restaurante cerró en 1962 para mutar en un cine de arte y ensayo que quebró sin hacer ruido. Fue adquirido por un empresario llamado John Souto que lo convirtió en un cine porno gay. Los frescos siguieron acumulando polvo e insectos, ajenos a los movimientos en el registro de la propiedad del inmueble. Cuando el cine cerró un periodista de The New York Times encontró Ama la paz y odia la guerra entre los despojos de medio siglo de negocios fallidos.

Los frescos fueron autentificados y adquiridos en 2006 por la Universidad de Cantabria tras años de negociaciones con Souto y desde el año 2007 pueden  visitarse en el Paraninfo de la Universidad en Santander. Lejos de Nueva York y de 1939 las pinturas de guerra de Luis Quintanilla siguen vivas, tan vigentes como su mensaje de paz.

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