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En 1991 Luis Miguel prometió nunca más volver a pisar suelo boliviano.

La brutalidad de la amenaza del “Sol de México” se convirtió desde entonces en una especie de orgullo patrio boliviano.

La idea de ser una suerte de Afganistán de los artistas, un cementerio de imperios en donde habían fracasado grandes estrellas del cielo americano se sumaba a una serie de anécdotas históricas en que compartían camarote desde Butch Cassidy hasta el Ché Guevara.

La historia se malcontaba a los foráneos en distintas versiones. La más popular decía así:

La hija del alcalde de Oruro se acercó al cantante para darle un beso durante su presentación en la gira Luis Miguel 20 años.

El hijo de Luisito Rey, decían, empujó a la joven y su padre ordenó que lo pusieran preso para castigar la ofensa.

Una vez afuera del calabozo, el cantante declaró: “Las mujeres más feas del mundo están en Oruro”.

La realidad es prima de esta historia. Por ende, distinta:

El cantante recibió un puñetazo en la cara de un padre enfurecido por el desprecio del mexicano a su hija.

“Yo no sé de dónde son las más bellas, pero las mujeres más feas del mundo están en Oruro”, había dicho Luis Miguel, enojado por el acoso de adolescentes, lo que provocó el puñetazo en la cara y la suspensión del concierto que Luismi tenía programado.

Entonces el ídolo fue acusado de incumplimiento de contrato y fue detenido en La Paz, liberado por una gestión de la embajada de México, y allí juró que nunca más volvería a cantar en Bolivia.

Ese nunca más duró lo que duran las promesas: 20 años mal contados, porque en el 2010, ya en retirada, con buenos kilos de más y una carrera deprimida, aun lejos de la nostalgia pop generada por la serie de Netflix, el cantante volvió al país.

No pisó Oruro ni cantó cuando calienta el sol, aquí en la playa.

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