El principio de los opositores a la legalización de la interrupción voluntaria del embarazo se monta sobre la nada despreciable falacia de la defensa de la vida para impulsar la restricción de las libertades ajenas. Eso se sabe, se ha dicho y se dirá.

Que si es un ser humano, que si Dios, que si háganse cargo de sus calenturas y una larga fila de silogismos rabiosos altaneros con los que aseguran que abortar es igual a asesinar.

Sin embargo, el aborto es una realidad. La legalización de su práctica solo pretende dar un techo a los miles y miles de casos que gancho en mano terminan en hemorragias y muertes.

Entonces ¿quién se beneficia con el estatus quo?

La idea de que oponerse al aborto es defender la vida funciona dentro de un frasco. En la realidad, el aborto existe y la supuesta defensa de la vida es una defensa de la precariedad, vecina de la muerte.

Una de las ideas que suele salir cuando se debaten temas como este o el matrimonio homosexual tiene que ver con que se trata de una posibilidad. No una obligación. Permitir que quienes quieren, lo hagan. Así, la aprobación del aborto tiene la lógica cara de la negación. Algo que obviamente no sucede con la postura contraria: si no es legal, su práctica amparada no es una posibilidad.

Entonces ¿qué ganan quienes se oponen?

Básicamente, el poder de decidir por los demás, imponiendo una visión del mundo propia, sin concesiones en donde aquello que se cree, es. Esta visión de alguna forma tiene un carácter mesiánico ligado sin duda a la moral católica. Así, los opositores al aborto suelen considerarse a sí mismos soldados del ejército de Dios. Visto desde una perspectiva kantiana, lo hacen porque se supone que es lo que deben hacer. Lo que se espera de ellos.

Desde un punto de vista político, el rechazo del aborto mantiene vigente el debate. No cierra el tema y da capital político a quienes basan su identidad en una serie de principios conservadores para mantenerse a flote a pesar de la presión social por dar vía libre al aborto. 

Por otro lado, la ilegalidad siempre va a convenir al mercado negro. La droga es la mejor prueba de ello: el mercado de las drogas existe en todo el mundo pero al ser ilegales sus precios incluyen el costo de estar en el lado oscuro de la fuerza. Lo mismo sucede con el aborto. Las clínicas que lo realizan de manera clandestina cobran tarifas que incluyen la ilegalidad. La penalización genera así más desigualdad, más riesgos para las más pobres y por tanto más muerte.

Sin embargo, los principales triunfadores con el rechazo son quienes creen que las mujeres no pueden -ni deben- tener los mismos derechos que los hombres. Se trata de un triunfo del patriarcado en términos de autonomía femenina: es un recordatorio a las mujeres de que no se mandan solas, como creen los favorecidos con el sistema actual. 

Sin duda es un triunfo del macho, del que no tiene problemas por su género, del que recibe un mejor sueldo por igual trabajo, del que sabe que las cosas le seguirán sonriendo porque no tienen que cargar con hijos no deseados. Gana también todo aquel que acaricia sus beneficios de clase, porque sabe que podrá practicarse un aborto cada vez que quieran, porque pueden. 

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