El periodista Juan Andrés Guzmán escribió un artículo que ha sido ampliamente compartido en redes sociales. Su núcleo argumental evidencia que la supuesta meritocracia de sociedades democráticas occidentales como Estados Unidos y Chile es solamente eso: una suposición. Como en décadas anteriores, concluye que el mecanismo de la sociedad chilena sigue siendo la herencia, ya sea de oportunidades o contactos.

Con su acostumbrado rigor y a hombros de gigantes de la economía y la sociología, como Seth Zimmerman, avisa que en 2013 el 50% de los individuos que ocupaban los cargos más encumbrados de la escalera empresarial en Chile provenían de nueve colegios de élite, o que el hijo del rico tiene más de un 50% de probabilidades de beneficiarse de la posición de sus padres para permanecer en su clase. Y en su mercado laboral.

Son números alarmantes y la tendencia no se ha revertido en cuatro años, sobre todo porque no se ha hecho nada sustancial a nivel político para cambiarlo. Extrapolando, hay fundamentos para pensar que el olvidar los privilegios heredados no solo sucede al nivel de la dirección de las empresas, sino que también funciona como un prisma que difumina su influencia en todas las áreas de la sociedad. Así, tenemos al mundo editorial como caldo de cultivo de un sistema cerrado y potenciado por el poco apoyo estatal que existe para el impulso cultural en Chile.

“Aquí solo publican los que se lo merecen”

No sabemos si es por causa del maltrato psicológico que está sufriendo el Niño Poeta por parte de programas que usufructúan de su adultización forzada, o si es gracias a la renuncia de algunos grupos editoriales fuertes a participar en la Filsa, pero la literatura ha sido una constante en la pauta noticiosa de las últimas semanas.

Con todo esto como antecedente y aprovechando el aventón, podría decirse a voz de micrófono que en este país solo logran publicar libros los que se lo merecen, que la meritocracia funciona a la perfección. Sin embargo, nadie se atreve a decirlo, porque nadie podría mentir con tanta desfachatez teniendo la verdad según la cual es muy difícil que las editoriales lean tu original con celeridad e interés si no llegas con referencias, con nombres. Cualquiera que lo haya intentado puede corroborarlo.

Este punto es muy importante, pues la elite que abraza la meritocracia y festeja el triunfo del individuo nos dice que no importa la cuna, sino las características individuales, las habilidades, talentos y cualidades. Lo que no dice es que esas habilidades y capacidades se cultivan en lugares a los que pocos tienen acceso. Esas cualidades parecen innatas, pero son el resultado del privilegio.

Nuestro país es pequeño y está hecho de contextos pequeños, como el mejor de los círculos viciosos. Nada hace pensar que el mundo editorial se salve de esta endogamia que carcome a la sociedad chilena.

La literatura en particular no está en ningún ranking top 10 de los intereses de los chilenos, y su disfrute continúa siendo un lujo burgués, para unos pocos. Por ello es normal ir a algún lanzamiento y encontrarse a un conocido, ya sea un editor(a) o autor(a) con el que coincidiste en algún proyecto, mediante alguna carta de apoyo en una postulación a Fondart, un taller literario o incluso, sí, en otro lanzamiento, y vuelta a empezar.

“Tengo un amigo que te puede ayudar”

Estos encuentros fortuitos no son lo único que se ha hecho común. También se ha normalizado el conseguir espacios para presentaciones con algún conocido del Centro Cultural X o pillar un hueco en el periódico recurriendo a algún conocido del suplemento artístico y literario tradicional. Por suerte, esta endogamia es mucho menos potente que antes, cuando el menor número de editoriales y grupos no daba paso aún al golpe evolutivo que significó la aparición de las editoriales independientes.

En el artículo citado al principio, el periodista de Ciper —que por cierto ha publicado excelentes libros como Los secretos del imperio de Karadima y La gran estafa— habla de cómo se ha convertido en un tabú discutir sobre la mediocridad de aquellos que han llegado a la cima en el rubro directivo-empresarial.

Como todo virus que se disemina sin importar el ámbito de acción, podríamos colegir que esta mediocridad también ha llegado a rozar el círculo de las publicaciones. No ignoremos lo que Cervantes dijo en su obra magna: “En todas las casas se cuecen habas; y en la mía, a calderadas”. No por ser en teoría más humanista, la alta cultura escapa de vicios como la violencia de género y este del cual hablamos, entre otros.

Khan no cree que los alumnos mientan al declararse resultado de la meritocracia. Piensa, en cambio, que la meritocracia es un discurso que los alumnos de élite son entrenados para repetir y valorar. Pero lo cierto es que son tan geniales y mediocres, tan trabajadores y flojos como cualquier otro grupo de adolescentes.

En la actualidad, hay editoriales que nacen con propósitos limitados, entre ellos el de solo publicar a sus fundadores, a sus amigos y a los amigos de sus amigos. Basta ver el catálogo de algunas nuevas editoriales para confirmar que no se supera el tercer grado de separación. Es, al mismo tiempo, sorprendente y decepcionante descubrir cuántos años duran antes de volverse insostenibles aquellos sellos que no gozaron de perspectiva para sondear a los lectores. Por otro lado, la idea de existir como alternativa a los grandes grupos es noble, pero insuficiente si se toman en cuenta las motivaciones para inaugurar un sello nuevo.

De modo que proliferan editoriales de autoedición para atender a aquellos que han sido marginados del sistema de privilegios (¿los wannabe de esta sociedad en miniatura?), mientras algunos autores que funcionan en zonas de influencia se vanaglorian de cómo han conseguido ser publicados en editoriales de renombre y difundidos en medios importantes. Tal cual como obviamos que la profesión de corrector y editor está precarizada en Chile —otro tema peliagudo, si cabe— olvidamos que son tan solo un grupo de influyentes los que concentran el poder de acción y decisión de algunas empresas editoriales.

¿Realmente puede un autor desconocido, sin mayores ingresos y sin capital social publicar fácilmente? Como ha quedado claro con los juegos de poder con la Filsa como escenario cruento y lleno de tejes y manejes, el sector está infestado por la desigualdad abismante y la consecuente envidia que embetuna a este país devenido en la cabeza de turco del neoliberalismo más crudo. Vivimos en un espejismo tal que incluso quienes publican al alero de esta dinámica y saltan a la fama no se percatan de que muchos pasos difíciles de dar en realidad les vienen garantizados de antemano.

Los buenos escritores que a día de hoy aún no están publicados, porque no han conseguido hacerse un lugar, son los más desfavorecidos por esta vanidad presente en el mundo editorial. Son ellos a quienes se les debe la tarea de apuntar al ideal donde solamente los mejores verán sus libros más allá de sus procesadores de texto.

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