La victoria del neo fascista Jair Bolsonaro en las elecciones presidenciales de Brasil dejó a los nostálgicos de la Operación Cóndor y de la segregación racial en América Latina con los colmillos largos: creen que de alguna forma el ascenso del Trump tropical podría generar un efecto contagio que reinstale a la ultraderecha en el poder.

¿Qué tan cierto es esto?

Primero que nada habría que analizar por qué llegó Bolsonaro a donde llegó: tras doce años de gobierno del Partido de los Trabajadores de la mano de Luiz Inacio Lula da Silva y Dilma Rousseff la corrupción terminó estallando en la cara del primer gobierno de izquierda en la historia de Brasil: millonarios desfalcos a las empresas estatales acabaron en la salida forzada de Rousseff con la consecuente crisis política.

El golpe constitucional contra la heredera de Lula y el juicio y condena del ex mandatario por corrupción terminaron por componer una crisis política y desconfianza en los partidos tradicionales que impulsó la candidatura de un “outsider” como Bolsonaro. 

Visto en perspectiva, el fenómeno que impulsó al Trump tropical no es muy distante al que instaló a Hugo Chávez, Evo Morales, Rafael Correa o Nestor Kirchner en el poder: el fracaso de los partidos tradicionales por dar un marco de credibilidad a las instituciones terminó fortaleciendo todo lo que prometía acabar con el sistema.

¿Se puede pensar en el efecto contagio?

La llegada al poder de un nostálgico de la dictadura y defensor de la tortura y la violencia en Brasil tiene aterrados a muchos en el continente que creen en la posibilidad terrible de que esto se repita en sus países. 

Sin embargo, puede ser que esto ya haya sucedido y nadie haya pegado el grito. Uno de los ejemplos más claros es el de Colombia: la amenaza guerrillera durante la primera década de este siglo fue la aliada perfecta para instalar en el poder a un tipo como Álvaro Uribe: creador de grupos de autodefensa durante sus años como gobernador del departamento de Antioquia y sospechoso de tener vínculos con Pablo Escobar, durante sus ocho años como presidente impulsó una serie de incentivos perversos que según la ONU habrían acabado con la vida de más de 10.000 civiles disfrazados como guerrilleros en lo que se conoce en el país como falsos positivos.

En paralelo Uribe sirvió como pararrayos de Estados Unidos en la región, instalando ocho bases militares -con la correspondiente inmunidad judicial para los soldados de ese país en Colombia- y llevó adelante una serie de políticas de corte neoliberal que acabaron con buena parte del flojo marco de protección social del país.

Hoy, Uribe gobierna a distancia con su ahijado en el poder, por lo que preguntarse si un Bolsonaro podría surgir en Colombia a estas alturas es anacrónico: allí llegó primero.

Un caso similar pero sin sangre apareció en Chile en diciembre del 2009: después de 20 años de gobiernos de centro o socialdemócratas, Sebastián Piñera llegó al poder acompañado por una serie de personajes con olor a fusil, ex funcionarios de la dictadura de Pinochet y defensores de la bala como política pública. En el 2017 volvió a instalarse en La Moneda, acompañado por el mismo bulto.

Aunque a su derecha existen políticos radicales como José Antonio Kast, un nostálgico de la dictadura de Pinochet que con un flaco 8 por ciento de los votos en las últimas elecciones se ha arrojado la calidad de vocero moral del conservadurismo local y que ahora trata de sacar rédito a la elección de Bolsonaro como si fuera propia. Lo cierto es que el “bolsonarismo” ya gobierna en Chile y que la constitución escrita por Pinochet entre cuatro paredes sigue gobernando. 

En Argentina la derecha regresó al poder con Mauricio Macri después de doce años de gobiernos arropados con un discurso de izquierda y popular. Aunque Macri aparece mucho más al centro que Bolsonaro, varios de sus funcionarios han tenido traspiés -o impulsos de honestidad- respecto a lo desagradable que les resultan los pobres o los inmigrantes. Allí se habla ahora de la posibilidad de un auge de la ultra derecha ante la crisis de credibilidad del oficialismo y la oposición kirchnerista, agujereada por una larga lista de casos de corrupción que podrían terminar con su líder, Cristina Fernández, tras las rejas. 

 La amenaza de correr el cerco

En América Latina ha gobernado la derecha desde hace décadas, sin importar los paréntesis pseudoizquierdistas, el marco siempre ha sido de derecha, regido bajo el atento ojo de Washington -a veces con el garrote-. Sin embargo, se ha tratado de una derecha que ha sabido maquillar su fondo con una hipocresía discursiva en la que defiende valores que no le importan. 

Aun así, esa máscara de mentiras guardaba las formas y contenía cualquier posibilidad de validación de la violencia aun cuando en la práctica esta fuera un acto rutinario en países como Colombia, México, Perú o el mismo Brasil.

Hoy nos enfrentamos a la pérdida de vergüenza y salida del clóset, la ruptura de las formas: aquellos que creían que el único delincuente bueno es el delincuente muerto han perdido el miedo a expresarse y así como sucedió con la elección de Trump y los brotes de racismo en Estados Unidos, el avance de Bolsonaro puede implicar correr el cerco de la decencia. 

Al final de cuentas, la elección popular de una persona que defiende la violación, la tortura, que ataca a los homosexuales sin miedo a ser criticado es solo un premio a esa forma de pensar. Y si ésta se premia, los límites de la cordura se han corrido con el peligro que ello pueda suponer.

 

Brasil camina hacia el fascismo: Bolsonaro arrasa en elección presidencial

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