Hasta hace un tiempo, la derecha corregía con voz nerviosa cada vez que se le llamaba derecha. Somos  centroderecha, se apresuraban a decir aun cuando en la práctica su batería de ideas políticas estuviese basada en conceptos conservadores en lo moral y liberales en lo económico: básicamente de derecha.

Y es que hasta hace algún tiempo, ser de derecha no estaba de moda. La idea de que los pobres son pobres porque son flojos no caía muy bien en lo círculos intelectuales y pocos se atrevían a decir a cara descubierta que el mejor sistema es el de sálvese quien pueda y todo lo que los “nostálgicos” consideran derechos sociales son, en realidad, bienes de consumo con los que se puede lucrar.

En algunos países, como en Chile, el fantasma de la violencia oficial desde la derecha era tan grande que incluso quienes se beneficiaron directamente de la dictadura buscaban blanquear su paso por el gobierno que asesinó sistemáticamente a más de 5.000 personas por ser de izquierda. 

En otros, como Colombia, donde la violencia más que un fantasma fue una realidad que acabó con casi medio millón de vidas en 50 años, los triunfos de la derecha se justificaron con la “amenaza” de la guerrilla de izquierda. Y aun así, un partido de ultraderecha como la tienda de Álvaro Uribe Vélez se hace llamar Centro Democrático. 

Pero aparece Jair Messias Bolsonaro, un Trump tropical, deslenguado y orgulloso de su fascismo y la cosa parece cambiar. Lo que antes se trataba de esconder debajo de la alfombra es visto ahora como una posibilidad de crecer electoralmente. 

La lógica parece ser que la corrección política pasó de moda. Que la moderación solo sirve para los tibios y los nuevos tiempos necesitan de alguien que se anime a decir las cosas que otros no. El triunfo, de alguna forma, del darwinismo social por sobre la razón. 

Entonces los políticos que pasaron años tratando de mantener sus ideas radicales en un contexto privado, salen corriendo a besarle la mano a un tipo que dice que los negros no sirven ni para procrear. Que hay que matar a los homosexuales. Que las mujeres feas no merecen ni siquiera ser violadas. 

Como sucedió con Pinochet, la derecha del continente comienza a decir que aunque Bolsonaro no es un santo, sacará a Brasil del hueco. La idea sobre el general chileno era: mató pero qué buena economía dejó. Con Bolsonaro los que pierden la vergüenza van defendiendo lo mismo, partiendo por el propio Sebastián Piñera, que en un foro en España no tuvo reparos en decir que Bolsonaro era el camino correcto para Brasil. 

A pocos parece importarles la viralidad violenta que acompaña al militar retirado. Un impulsor de la violencia en un país en el que fueron asesinadas 63.880 personas durante el 2017, un triste récord. 

Buena parte de esta desvergüenza de la derecha tiene que ver con la dominación del discurso público en donde el cerco se corrió gravemente hacia ese lado, dejando a la izquierda acorralada entre definiciones de “nostálgicos”, “añejos”, “fracasados”. Y es que claro: con presidentes que malusan el concepto de izquierda como Nicolás Maduro, es fácil que la idea de un estado de bienestar social se devalúe. Nadie quiere vivir las penurias de Venezuela, aun cuando el gobierno del país impulse más una cleptocracia con un capitalismo de Estado. 

Es normal, en todo caso, que el péndulo se incline hacia la derecha. Son ciclos políticos y después de una década de gobiernos que se arroparon con la bandera de la izquierda, es lógico que aparezca una resistencia o desencanto. Lo que no es normal es que esta se presente en forma de fascismo y reciba apoyo casi irrestricto desde la derecha del continente cuando su discurso no es otro que la violencia.

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