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Como si el tiempo fuese un barniz de inocencia, un juicio y condena que purga las penas, aparecen hoy en la prensa internacional una serie de delincuentes con traje de analistas políticos validados por la urgencia mediática de cuestionar a diferentes gobiernos. 

Algo muy similar a lo que ocurrió durante años con el delincuente cubano Luis Posada Carriles, responsable de hacer estallar un avión comercial de la línea Cubana de Aviación en 1976 asesinando a 73 personas. 

Hoy el que aparece con una sonrisa socarrona y una prosa florecida respecto a las “amenazas de la dictadura castrochavista” de Bolivia es Carlos Sánchez Berzaín.  El ex ministro boliviano pasó más de diez años en las sombras, calladito en Miami escondido después de huir del país en 2003 dejando una estela de casi 100 muertos entre los episodios de febrero y octubre de ese año, cuando ejerció como ministro de Interior y de Defensa de Gonzalo Sánchez de Lozada.

Ambos fueron sentenciados este año por un tribunal civil de Estados Unidos: culpables de genocidio. 

Ahora resulta que el susodicho es analista político. Un tipo que prefirió salir corriendo del país que juró amar y defender y todas esas cosas bonitas que se dicen a la hora de asumir un cargo público. Un hombre que está ligado a las peores masacres de Bolivia en los últimos 30 años. Un hombre que no solo no dio la cara, sino que se escondió activamente durante los primeros años de su fuga, asumiendo la responsabilidad en las muertes.

Y no: como para algunos medios la misión es enlodar al gobierno de Evo Morales -al que no le faltan razones para ser blanco de críticas, claro está- contactan a Sánchez Berzaín desde su exilio millonario para que despotrique y supure el odio del delincuente contra sus persecutores. 

El culpable, obvio, no es solo Sánchez Berzaín: los principales responsables de su lavado de imagen son los medios de comunicación donde el prófugo de la justicia boliviana aparece como un intelectual loable, como un tipo capaz de orientar al público respecto de la coyuntura de un país en el que fue autoridad por más de 20 nefastos años.

El “Zorro” se ha convertido en un invitado habitual de activistas políticos como Ismael Cala durante sus días en CNN, quien lo ha entrevistado cada vez que Bolivia es noticia, sea por la demanda marítima o por cuestiones internas, Sánchez Berzaín aparece con muletillas similares: “esta dictadura narco comunista”, “la dictadura castrochavista”, “el régimen del dictador Morales”. 

El ex ministro dice a modo de invitado todo lo que la línea editorial de Cala -quien ya se agarró personalmente con autoridades bolivianas- no puede decir en voz propia para guardar la idea de objetividad. Algo similar pasa con Fernando del Rincón: otro que lo tiene de entrevistado de cabecera cuando se habla de Bolivia.

Así, como un ladronzuelo que se esconde detrás de los enemigos de su víctima, Sánchez Berzaín se ha convertido en un titerillo triste de la derecha internacional, naufragando en su traje siempre de otra talla, el ex hombre fuerte de Bolivia pasea su impunidad por la televisión latinoamericana diciendo que Evo Morales es un dictador. 

El caso de CNN no es el único. Este prófugo aparece como columnista del diario digital Infobae. Hoy, por ejemplo, se despacha con una columna titulada La dictadura castrochavista de Bolivia no puede ser encubierta. Una oda a la larga lista de clichés con los que los vencidos han tratado de restar legitimidad al gobierno de Morales, que se esfuerza por darles la razón.

Lo curioso es que en el texto, el autoproclamado “estadista perseguido y exiliado político” habla de masacres. Sí, como las suyas. 

El régimen de Evo Morales en Bolivia es dictadura, forma parte de la organización de crimen organizado transnacional castrochavista, es una amenaza para el mundo y viola los derechos humanos y las libertades de los bolivianos. Más de 20 masacres con más de 100 muertos en Cochabamba, El Provenir en Pando, El Hotel Las Américas en Santa Cruz, La Calancha en Sucre, Los Yungas de La Paz, zonas mineras y otras lo prueban. 

Sánchez Berzaín no tiene vergüenza y en ello los medios de comunicación, eco de su defensa y cómplices de su impunidad, tienen un rol importante: validar a un hombre que huyó del país que gobernaba para no rendir cuentas ante la justicia es solo otra forma de respaldar al crimen. Lo que queda es solo apagar el televisor. 

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