POR  FABRIZIO MEJÍA MADRID

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso -).- La nacionalización de la muerte en México es producto de la década de los cuarenta del siglo pasado. Es hasta que Juan Larrea, André Breton, Jean Charlot y Diego Rivera inventan la muerte como identidad nacional que se vinculan el Día de Muertos en los cementerios con las tradiciones indígenas y el nuevo arte moderno. En su libro sobre el tema, Claudio Lomnitz escribe: “Más que una devoción triunfal, el nacionalismo mexicano es el culto vacilante y tímido de un sobreviviente”. 

El país que emerge de la Revolución Mexicana es una comunidad de enemigos. La Virgen de Guadalupe y la Constitución de 1857 fueron los símbolos de esa imposible unidad y convivencia de los enemigos, fueran “gachupines”, monárquicos que trajeron a Maximiliano o bandos revolucionarios contrarios en la fiesta de las traiciones. Pero el rescate de la calaca juguetona funciona para el régimen del Partido Único: en la muerte somos iguales; en el mundo de los muertos se terminan los enemigos. 

La solución de Diego Rivera será la misma que la del retablo barroco: en sus murales caben obreros y capitalistas, zapatistas, juaristas, y conservadores. Y hasta una que otra prostituta que brinda entre un general y un cura. Lo que armoniza la muerte es el olvido de que México es un país de enemigos que procrean. El nacionalismo mexicano se hace gastronómico: la calavera de dulce y el pan en forma de huesos evocan casi infantilmente las derrotas y los muertos de las invasiones extrajeras, la Revolución y la Guerra Cristera. A lo que Lomnitz llama “una reciprocidad negativa” –es decir, una tregua siempre provisional entre enemigos–, siempre con el telón de fondo de la cercanía del desenlace fatal.

Como ideología, la nacionalización de la muerte es la posibilidad de que los poderosos asesinen; total, los mexicanos desdeñan la muerte, la vida no vale nada. Del lado de los dominados, la muerte se usó como una forma de ejercer la crítica de los vivos. Desde finales del siglo XVIII y hasta muy entrado el siglo XIX, las “calaveritas”, es decir, las oraciones fúnebres que condenan a los políticos, jueces, sacerdotes y personas públicas, hermanan la idea del Juicio Final a la rima de la opinión crítica. Pero es Diego Rivera el que se apropia de la calavera con un triple sostén: el nuevo arte muralista “más poderoso que la guerra y más duradero que la religión” tiene a las esculturas precolombinas como modelo universal de armonía formal, al arte popular –llamado despectivamente “de pulquería”– en relación con los artesanos y su vida como método de trabajo “auténtico” y, por último, la figura de la muerte como igualadora de todas nuestras contradicciones. 

El redescubrimiento de un grabador olvidado, José Guadalupe Posada, le sirve a Rivera para enfatizar su idea del nuevo arte de la Revolución. Breton dirá de Posada que es “el inventor del humor negro en las artes visuales”. Rivera, por su parte, detallará tres particularidades del grabador de calacas: su taller estaba frente a la odiada Academia de San Carlos, murió pobre en una tumba sin nombre, y publicó siempre en periódicos tabloides. En 1939, Breton y los surrealistas organizan una exposición de México en París que tiene como objetivo elevar la nacionalidad de la muerte a esencia estética. Posada será presentado como el eslabón entre el arte funerario precortesiano y el arte popular del México moderno. Se enfatizará a partir de ese momento y hasta la segunda exposición de 1952, curada por Fernando Gamboa, en la particularidad de los esqueletos de Posada: si bien la muerte nos iguala a todos, la vestimenta sigue planteando la desigualdad de la vida en México. 

Es el Estado el que retoma con furor la idea de la muerte nacionalizada porque el supuesto “desdén” a la muerte –los mexicanos nos comemos a la muerte y es dulce– le permite la matanza y la represión de trabajadores y estudiantes. El país sigue siendo de enemigos y en cualquier momento se puede desatar el exterminio. Los muertos de esas represiones, incluyendo la de Tlatelolco en 1968, no tienen número preciso, son casi anónimos. Y, mientras tanto, el Estado revolucionario llena la Rotonda de los Hombres Ilustres con los cadáveres de los caudillos que se mataron entre ellos. Manda al poeta Juan de Dios Peza a versificar esta paz social de los sepulcros:

Todo lo muda el tiempo,

todo lo cambian los años;

Sólo el pueblo no pasa ni envejece

Ni muere, ni olvida, ni es ingrato.

 Dos historias resultan ejemplo del uso y olvido de los muertos. La primera la cuentan los líos con los restos de Hernán Cortés. A diferencia de los conquistadores de otros países latinoamericanos, a Cortés, quien muere en España, no le es concedido el sepulcro en la Catedral Metropolitana. En 1566 sus restos son trasladados a un convento franciscano en Texcoco, pero son llevados a la Ciudad de México inundada en 1629. Se los pelean entre el cabido de la capital y el virrey, y la procesión religiosa se llena de indios que, empulcados, van tocando flautines y tambores. Para el tercero y cuatro reentierro de Cortés, en 1794 y 1823, se cuida que sólo asista la alta sociedad para evitar la presencia perturbadora de los indios conquistados de cuyas verdaderas intenciones siempre se desconfiará. En El Pensador Mexicano, Joaquín Fernández de Lizardi escribió sobre la intención de llevar los restos en procesión a San Hipólito: “Señor, te damos las gracias porque el pícaro Cortés, con sus asesinos y ladrones, vino a este reino a pretexto de su religión mató a millones de indios, violó cuantas doncellas quiso, robó todo cuanto pudo, e hizo esclavos a los que Tú hiciste libres”. Hernán Cortés es condenado así al infierno de la opinión pública. 

El otro relato surge de la boca de una maestra rural en 1949. Eulalia Guzmán, quien daba clases en Ichcateopan, Guerrero. Ella entró en contacto con Salvador Rodríguez, quien le aseguró saber dónde estaban los restos de Cuauhtémoc, el guerrero azteca que se opuso a la invasión de Tenochtitlán. Están, según un documento firmado por Motolinía, a un costado de la iglesia del pueblo. De inmediato, el presidente Miguel Alemán forma una comisión de la Secretaría de Educación para que determine si los huesos ahí enterrados son del héroe azteca. Pero Eulalia Guzmán y don Salvador no están de acuerdo y forman entre ellos una “contracomisión” que se opone al dictamen de Alfonso Caso, Manuel Gamio, Julio Jiménez Rueda y Manuel Toussaint. Es Luis Echeverría el que reaviva la polémica en 1970, cuando recibe a la maestra y juega con la idea de dar por bueno el entierro: organiza una carrera atlética a Ichcateopan. Será el arqueólogo Eduardo Matos el que le dé la puntilla final al establecer que todos los documentos presentados son falsificaciones de puño y letra de don Salvador Rodríguez y que los huesos enterrados en el lugar son “de una joven mestiza revueltos con otros siete cadáveres de hombres muertos muy recientemente”. 

Me gustan estas dos historias porque dicen mucho de cómo usamos la muerte nacionalizada: negamos a Cortés e inventamos a Cuauhtémoc. En ese lío que tenemos con los muertos lo capta con claridad Juan Rulfo en su célebre cuento “Luvina”. Es sobre un pueblo detenido en el tiempo que sólo espera la muerte. Mucho de lo que sucedió en la cultura del viejo régimen priista tiene que ver con un presente detenido y, por lo tanto, eterno. Rulfo no le da a sus personajes ni un pasado –las voces de los fantasmas de Pedro Páramo se la pasan preguntándose fechas y sucesos que no pueden recordar– y, por lo tanto, tampoco un futuro. El viejo régimen usó la presencia de la muerte para detener el tiempo de una Revolución que siempre se aceptó como provisional, traicionada, interrumpida, en espera de su propio desenlace fatal. En ese país de enemigos en tregua taimada, siguen sonando las voces de los muertos que se secretean una historia que no recuerdan. 

Sin embargo, está el otro país, el de los 240 mil muertos de la “guerra calderona” y los 30 mil desaparecidos. La muerte no nacionalizada sino democratizada debe pronunciar sus nombres, contarnos la historia de sus muertes violentas, de la violación sistémica de sus derechos humanos. Y llenarnos la boca con su amargura…


Esta columna se publicó el 28 de octubre de 2018 en la edición 2191 de la revista Proceso, Mal Salvaje la reproduce sin autorización pero con cariño.

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