No deja de ser una extraña realidad el hecho de que yo vea mucho menos de mí misma de lo que ve el resto de la gente. Puedo bajar la mirada y ver mis dedos tecleando en el ordenador. Puedo observar mis zapatos, los detalles del puño de mi camisa, mirarme las piernas mientras estoy sentada y fijarme cómo me quedan un par de medias nuevas, pero si quiero verme de cuerpo entero el único lugar donde puedo hacerlo es ante el espejo. Sólo entonces veo mi cuerpo como lo ven los demás. Pero ¿la imagen que me devuelve el espejo es la que me representa realmente como persona dentro de este mundo? Esa mujer que se echa un rápido vistazo, que comprueba que no le haya quedado ningún resto de perejil entre los incisivos para no tener los dientes verdes al sonreír, que se acerca al espejo para mirarse las últimas arrugas recién descubiertas o las manchas rojas que a veces le aparecen en el rostro, un rostro que últimamente parece envejecer con demasiada rapidez, ¿es ella una imagen aproximada de lo que los demás ven? Yo no me veo a mí misma mientras hablo y gesticulo enfáticamente para asegurarme de que se entiende mi punto de vista. No me veo mientras camino por la calle, bailo o tropiezo, ni tampoco sé qué aspecto tengo cuando me río, hago muecas, lloro o estornudo. Lo cual es, sin duda, una bendición. Si pudiera verme a mí misma in medias res, tal vez mis facultades críticas estuviesen siempre alerta y no podría mover ni un dedo sin sentirme atrozmente cohibida.

En lugar de ver nuestro verdadero aspecto, vamos por el mundo con una idea de nosotros mismos. Tenemos una imagen corporal o una identidad corporal. Es la noción consciente de nuestra apariencia. Soy guapa o fea, gorda o delgada, femenina o masculina, vieja o joven. Aunque sabemos que podemos estar equivocados respecto a nuestra imagen corporal. Todos hemos conocido a delgados que se creen gordos y a viejos que se creen que tienen el cuerpo de un treintañero y se visten como tales. Confieso que a veces me sorprendo cuando veo algunas fotografías mías. «¡Santo cielo!», me digo para mis adentros. «¿Ése es el aspecto que tengo ahora? ¿De verdad estoy tan vieja? En otras ocasiones me parece que estoy envejeciendo maravillosamente». «No estoy tan mal para tener cincuenta y seis años. Me mantengo bien». Pero las fotos, esos documentos que capturan un instante, no reflejan a la persona en movimiento. Son estáticas y nosotros no lo somos. De todas formas, me da la impresión de que mi imagen corporal va a la zaga de mi cuerpo real.

Si la imagen corporal se refiere al aspecto que nosotros pensamos que tenemos, podemos decir que el estilo sirve para expresar lo que pensamos que somos y, puesto que pasamos la mayor parte de nuestra vida vestidos y no desnudos, la ropa revela los rasgos del carácter de una persona con bastante claridad. Ya sea una indumentaria sobria y elegante, graciosa, agradable, modesta, ostentosa o arriesgada, siempre sirve como indicador de la personalidad. Cuando me visto, lo hago con la esperanza de que los vestidos, los pantalones, las blusas, las chaquetas, los zapatos, las botas, los pañuelos, los bolsos y todo el resto de la parafernalia del atuendo que selecciono hablen por mí, que le sugieran al mundo la idea que tengo de mí misma. Es interesante plantearse cómo surge esa idea. Después de treinta años de matrimonio he aprendido que a mi marido todas las camisas que tengan el más mínimo brillo le parecen anatema para su forma de ser. Mi hermana Liv usa muchas joyas y le quedan fantásticas. A veces he intentado imitarla, pero siempre acabo quitándomelo todo y dejándome lo que suelo usar a diario: pendientes. Es que si llevo demasiadas joyas no soy «yo». Pero ¿en qué consiste eso de ser «yo»? ¿De dónde surge?

Si todo el mundo tiene una idea de cuál es la ropa que va con él o con ella, quiere decir que todos tenemos un yo ideal a la hora de vestir. Cuando se trata de elegir atuendo, la idea y lo ideal se cruzan; lo real y lo imaginario se unen. A lo largo de mi vida siempre he encontrado mi ropa ideal en las películas. Tengo debilidad por esas imágenes esplendorosas de elaborado glamour y sofisticación producidas en los gloriosos escenarios de Hollywood, con sus monumentales escaleras blancas, ropajes soberbios y resplandecientes lámparas de araña. ¡Cómo he disfrutado mientras observaba desde la oscuridad de la butaca ese mundo en el que las maletas no pesaban y hasta las más humildes dependientas aparecían vestidas con un gusto y un talento dignos de cualquier francesa chic de los Campos Elíseos!

Creo que todo empezó con una película de Walt Disney, Pollyanna, protagonizada por Hayley Mills. Basada en una horrible novela rosa publicada en 1913 y que fue un éxito de ventas, la película me cautivó por completo. Cuando la estrenaron en 1960 yo sólo tenía cinco años, así que supongo que debí de verla algunos años más tarde, pero no muchos. De todas formas, me sentí totalmente identificada con Hayley Mills ataviada con su traje marinero blanco con ribetes azul marino. (Yo no tenía ni idea de que mi madre había pasado buena parte de su infancia en el sur de Noruega vestida del mismo modo, un atuendo característico de los niños de clase media en la década de 1920). Para mi joven intelecto, el vestido marinero debió de ser el emblema de aquella historia: una joven de incesante alegría que supera con dulzura una amargura tras otra hasta conquistar a todo un pueblo. Yo suspiraba por un vestido así. Lo veía como un vehículo necesario para la transformación. Vestida así, yo también podría convertirme en la heroína adorada, realmente adorada, por todos y cada uno de los habitantes de mi pequeña ciudad.

Aquella fijación por la vestimenta marinera se me pasó, pero no mi identificación con el mundo cinematográfico. La primera vez que vi a Marlene Dietrich deslizarse escaleras abajo ataviada con un esmoquin en la película Marruecos, de 1930, decidí que nunca más volvería a ponerme un vestido, sólo llevaría trajes de hombre y chaquetas de esmoquin. Cuando vi a Lana Turner con un turbante blanco en El cartero siempre llama dos veces me planteé llevar yo también turbante. Aunque no llegué a hacerlo, sí me compré un esmoquin. Soy perfectamente consciente de que no me parezco nada a Marlene Dietrich cuando me lo pongo, pero tengo que reconocer que ella fue mi inspiración. Quizás mis películas preferidas son las comedias de Hollywood de las décadas de 1930 y 1940. En esas películas los protagonistas masculinos y femeninos no sólo son capaces de expresarse en un correcto inglés, sino que además tienen un gran sentido del humor. Saben cómo soltar una pulla, sorprendernos con una ocurrencia y lanzar de improviso un cumplido irónico. Sus chispeantes diálogos son inseparables de los personajes, cuyo carácter se expresa, al menos en parte, a través de su indumentaria.

En las películas me encanta fijarme en el movimiento de la ropa: el vuelo de un vestido mientras la actriz cruza una habitación, baila o, aún mejor, corre. Ya casi al final de Sucedió una noche, vemos a Claudette Colbert (que ha dejado de ser una heredera caprichosa, transformada por las aventuras vividas durante el viaje que compartiera con Clark Gable, ese hombre de enorme carisma) delante del clérigo que la está casando con un frívolo playboy, el perfecto bobo de las películas. Cuando el clérigo le pregunta si acepta a ese hombre como esposo, ella niega enérgicamente con la cabeza, no, no lo acepta, levanta la inmensa cola de su vestido y echa a correr, mientras a sus espaldas se arrastra por la hierba el velo que debe de medir como un kilómetro de largo. Es una escena magnífica, que tiene la fuerza de esas imágenes salidas de un sueño y que se nos quedan grabadas para siempre.

Como muchísimas otras personas antes y después de mí, yo también me enamoré de Katharine Hepburn, me enamoré de su estilo. No es ninguna noticia que era una mujer que desafiaba las normas convencionales y su forma de vestir era un signo de esa rebeldía. Todo lo que se ponía tenía un toque masculino, incluso cuando llevaba un traje de noche. La recuerdo ataviada con unos pantalones anchos, caminando por un campo de golf con Spencer Tracy en La impetuosa. Y la recuerdo en Vivir para gozar, con un sencillo vestido negro de cuello alto que era glorioso. Nada de ropas rebuscadas, frufrús ni tonterías; nada de blusas transparentes, grandes lazos o zapatos ridículos.

Yo tenía diecinueve años la primera vez que vi Vivir para gozar, la comedia romántica de 1938 dirigida por George Cukor y basada en la obra de Philip Barry. Entonces yo cursaba mi primer año en la universidad y experimenté mi segunda identificación profunda con un ser salido del celuloide: el personaje de Linda interpretado por Katharine Hepburn. ¿Qué importaba que ella fuera la hija de un empresario multimillonario y yo la hija de un profesor no muy bien pagado? ¿Qué importaba que ella viviera en una mansión de Park Avenue, que tenía hasta ascensor, y que yo hubiera crecido en una casa modesta con vista a trigales y campos de alfalfa? ¿No era acaso una incomprendida al igual que yo? ¿No deseaba ella con todo su corazón escapar de todo aquel lujo y de aquella disparatada superficialidad? Y aunque yo no tuviera ningún lujo del que escapar, ¿no fantaseaba también con tener otro tipo de vida? Esa clase de pensamiento es, por supuesto, fundamental para vivir lo que se denomina «la magia del cine».

Mientras veía la película, extasiada, no me veía a mí misma sentada en una butaca de cine con mis vaqueros y mi suéter viejos, ambos comprados en rebajas. En ese momento era como si no estuviera en Minnesota. Una especie de ser idealizado había tomado cuerpo en la pantalla, un personaje con el que yo no tenía nada en común, excepto una realidad emocional, un sentimiento de infelicidad y de estar atrapada existencialmente. Yo participaba de la fábula que se desarrollaba ante mis ojos y, al hacerlo, me imaginaba vestida con aquellas ropas, la ropa de Linda, no la que llevaba su estirada y superficial hermana, cuyo caro guardarropa resultaba muy recargado en comparación. No, yo era la que llevaba aquel traje de noche negro y lo llevaba del mismo modo que Linda, como si no me preocupara que fuese tan sumamente elegante, puesto que yo tenía en la cabeza otras cosas mucho más importantes y urgentes. Estaba viviendo mi amor por otro espíritu libre, encarnado por Cary Grant.

Pocas personas son inmunes a ese hechizo, un hechizo muy anterior a las películas. También nos identificamos con los personajes de las novelas y nos imaginamos inmersos en sus historias y envueltos en los ropajes que llevan durante sus aventuras, algo que es posible gracias a que no nos vemos a nosotros mismos mientras lo hacemos. Cuando somos invisibles a nosotros mismos, cualquier transformación es posible. Las películas brindan un marco visual a los miles de sueños que soñamos despiertos. Los maravillosos personajes de la pantalla ocupan nuestro lugar en el espejo durante un rato y nos reflejamos en ellos. La capacidad de proyectarnos en otros es un fenómeno fisiológico y social. Nacemos con la capacidad de imitar las expresiones de los demás, pero también somos criaturas de nuestro entorno cultural con sus innumerables imágenes de lo que es elegante y bello. Cuando elegimos qué ponernos, no sólo elegimos una ropa en particular, la elegimos porque dice algo sobre nosotros, algo que esperamos transmitir a los demás.

Últimamente me doy cuenta de que me compro ropa parecida a la que ya tengo. Puede que esto me haga parecer un poco aburrida y es probable que lo sea. Mi imagen corporal ha cambiado; ya no soy la jovencita de diecinueve años que se sentaba en el cine a soñar con Vivir para gozar. Me fui de Minnesota apenas unos años después de ver aquella película y me mudé a la ciudad de Nueva York. Dejé atrás mi pequeña ciudad y las limitaciones de la vida provinciana. Es justo decir que todavía hay algunas estrellas de cine que siguen rondando mi guardarropa. Katharine Hepburn es un ideal de elegancia que no ha dejado de susurrarme al oído desde que la vi aparecer en la pantalla con aquel maravilloso vestido, hace ya muchos años. Evito llevar fruslerías y adornos excesivos de cualquier tipo. Me gusta la ropa con un aire masculino pero que no me haga parecer un hombre. Me gustan los zapatos que me permitan moverme con comodidad y bailar e incluso correr si fuese necesario. Los tacones altísimos, las plataformas y los calzados llenos de tiras complicadas que parecen grilletes no van «conmigo». Me gusta la ropa que protege y realza mi dignidad, pero que no es tan sobria y seria como para hacerme parecer sosa. Eso es lo que quiero transmitir cuando me visto. Sinceramente, no sé si lo logro. No me veo a mí misma con la frecuencia necesaria. Antes de salir de casa por la noche para ir a alguna cena o fiesta, me detengo apenas un momento delante del espejo para comprobar que todo esté bien y salgo disparada hacia la puerta, felizmente ajena al aspecto que presento al vivir mi vida.

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