«Esa tal Estelle —dice la nota— es en parte la razón de que actualmente George Sharp y yo estemos separados». Salto de cama de crepé de China sucio, bar del hotel de la estación de Wilmington, 9.45 de la mañana de un lunes de agosto.

Como la anotación está en mi cuaderno, imagino que en algún momento debió de significar algo para mí. Me paso un buen rato examinándola. Al principio solo tengo un recuerdo muy vago de lo que yo estaba haciendo un lunes de agosto por la mañana en el bar del hotel de delante de la estación de la Pennsylvania Railroad de Wilmington, Delaware (¿esperando un tren?, ¿perdiéndolo?, ¿era 1960?, ¿1961?), aunque sí que recuerdo haber estado allí. La mujer del salto de cama de crepé de China sucio había bajado de su habitación para tomar una cerveza, y el camarero ya había oído antes la razón por la que George Sharp y ella estaban separados en la actualidad.

—Sí —le dijo, y siguió fregando el suelo—. Ya me lo contó usted.
En el otro extremo de la barra había una chica. Estaba hablando, ostensiblemente, no con el hombre que tenía al lado sino con un gato que había acostado en el triángulo de luz del sol que entraba por la puerta abierta. Llevaba un vestido de seda a cuadros de Peck & Peck y se le estaba deshaciendo el dobladillo.

He aquí lo que pasó: la chica venía de la Eastern Shore y ahora se volvía a la ciudad, dejando a aquel hombre que tenía al lado, y lo único que podía ver por delante de ella eran las viscosas aceras del verano y las conferencias telefónicas a las tres de la madrugada que la mantendrían despierta y luego el dormirse con pastillas y pasarse dormida todas las humeantes mañanas que quedaban de agosto (¿de 1960?, ¿1961?). Como tenía que ir directamente desde el tren a su almuerzo en Nueva York, le habría gustado tener un imperdible para el dobladillo del vestido de seda a cuadros, aunque también le habría gustado poder olvidarse del dobladillo y del almuerzo y quedarse en aquel bar tan fresco que olía a desinfectante y a malta y hacerse amiga de la mujer del salto de cama de crepé de China. Estaba teniendo una ligera crisis de autocompasión y quería comparar a sus Estelles. Era esto lo que pasaba.

¿Por qué lo apunté? Pues para recordarlo, claro, pero ¿qué es exactamente lo que yo quería recordar? ¿Cuánto de todo aquello sucedió realmente? ¿Acaso sucedió algo? ¿Para qué tengo un cuaderno de notas? Es fácil engañarse a uno mismo en relación con todas estas cuestiones. El impulso de apuntar cosas resulta peculiarmente compulsivo, inexplicable para quienes no lo comparten y útil solo de forma accidental, solo de forma secundaria, de esa misma forma en que todas las compulsiones intentan justificarse a sí mismas. Supongo que es algo que ya empieza, o no, desde la cuna. Sin embargo, aunque he sentido el impulso de apuntar las cosas desde que tenía cinco años, dudo mucho que mi hija lo haga nunca, porque es una criatura singularmente alegre y positiva, a quien le encanta la vida tal como se le presenta, y a quien no le da miedo irse a dormir ni tampoco despertarse. La gente que toma notas en cuadernos íntimos es una especie distinta, gente solitaria y reticente que siempre está cambiando la disposición de las cosas, insatisfechos ansiosos, niños que al parecer sufrieron al nacer cierto presentimiento de pérdida.

Mi primer cuaderno fue un bloc Big Five que me regaló mi madre junto con el sensato consejo de que dejara de quejarme de todo y aprendiera a divertirme apuntando mis pensamientos. Hace unos años me devolvió aquel bloc; la primera anotación trata de una mujer que estaba convencida de estar muriéndose de congelación en la noche ártica, solo para descubrir, cuando amanecía, que había acabado en el desierto del Sahara y que iba a morir de calor antes de mediodía. No tengo ni idea de qué estado de ánimo de una niña de cinco años pudo suscitar una historia tan «irónica» y exótica, pero es cierto que la anotación revela cierta predilección por los extremos que me ha perseguido hasta la vida adulta; tal vez si tuviera inclinaciones analíticas me resultaría una historia más cierta que ninguna de las que he contado más tarde sobre la fiesta de cumpleaños de Donald Johnson o el día en que mi prima Brenda puso arena del gato en la pecera.

De manera que el sentido de tener un cuaderno de anotaciones nunca ha sido, ni siquiera ahora, llevar un registro factual preciso de lo que he estado haciendo o pensando. Eso respondería a un impulso completamente distinto, a un instinto de realidad que a veces envidio pero que no poseo. En ningún momento he sido capaz de escribir un diario; mi estrategia para la vida diaria vacila entre el abandono flagrante de mis obligaciones y la simple distracción, y en las pocas ocasiones en que he intentado registrar como Dios manda los acontecimientos de un día, me ha sobrevenido tal aburrimiento que los resultados son en el mejor de los casos misteriosos. ¿Qué demonios quiere decir «ir de compras, mecanografiar artículo, cena con E, deprimida»? ¿Compras de qué? ¿Mecanografiar qué artículo? ¿Quién es E? ¿Estaba deprimida la tal «E» o lo estaba yo? ¿Y a quién le importa?

De hecho, he abandonado por completo esa clase de anotación inútil; ahora cuento lo que algunos llamarían mentiras. «Eso simplemente no es verdad», me dicen a menudo los miembros de mi familia cuando me oyen rememorar algún acontecimiento que compartimos. «La fiesta no era para ti, la araña no era una viuda negra, eso simplemente no pasó así». Y lo más seguro es que tengan razón, porque no solo he tenido siempre problemas para distinguir lo que sucedió de lo que simplemente pudo haber sucedido, sino que sigo sin estar nada convencida de que esa distinción, de cara a lo que a mí me ocupa, importe en absoluto. El cangrejo despedazado que recuerdo haber comido para almorzar el día en que mi padre llegó a casa de Detroit en 1945 casi seguro que es un adorno, encajado en esa jornada para prestarle verosimilitud; yo tenía diez años y no me acordaría del cangrejo.

Los acontecimientos del día no giran en torno al cangrejo. Y, sin embargo, es precisamente ese cangrejo ficticio el que hace que toda la tarde me vuelva a pasar por delante de los ojos, igual que una película casera vista demasiadas veces; el padre que trae regalos, la niña que llora, un verdadero ejercicio de amor familiar y culpa. O por lo menos eso es lo que fue para mí. Asimismo, tal vez no sea verdad que nevara aquel agosto en Vermont. Tal vez el viento nocturno no trajo remolinos de nieve, y tal vez nadie más sintió que el suelo se endurecía y que el verano ya estaba muerto incluso mientras nosotros fingíamos que nos regodeábamos en él, pero así fue como lo sentí yo, y por qué no iba a nevar también, es posible que nevara, seguro que nevó.

Así lo sentí yo: esto se acerca más a la verdad de los cuadernos. A veces me engaño a mí misma sobre las razones por las que tengo un cuaderno de notas, me imagino que conservar todo lo que uno observa es reflejo de cierta virtud ahorrativa. Si ves las suficientes cosas y las apuntas, me digo a mí misma, una mañana en que el mundo parezca despojado de prodigios, un día en que solo esté haciendo de forma automática lo que se supone que tengo que hacer, que es escribir… en esa mañana indigente me limitaré a abrir mi cuaderno y allí estará todo, un relato olvidado y con intereses acumulados, el billete ya pagado de vuelta al mundo exterior: diálogos oídos por casualidad en hoteles y en ascensores y en el mostrador del guardarropía del Pavillon (un hombre de mediana edad le enseña a otro su recibo de guardarropía y le dice: «Es el número que tenía cuando jugaba al fútbol»); mis impresiones de Bettina Aptheker y Benjamin Sonnenberg y Teddy («Mr. Acapulco») Stauffer; meticulosos perfiles de instructores de tenis y modelos de pasarela fracasadas y herederas de magnates navieros griegos, una de las cuales me enseñó una lección importante (una lección que yo podría haber aprendido de F. Scott Fitzgerald, aunque tal vez todos deberíamos conocer en persona a alguien muy rico) cuando al llegar yo para entrevistarla en su sala de estar llena de orquídeas durante el segundo día de una tormenta de nieve que tenía todo Nueva York paralizado, ella me preguntó si estaba nevando fuera.

Me imagino, en otras palabras, que el cuaderno trata de los demás. Pero, por supuesto, no es así. No es asunto mío para nada lo que un desconocido le dijera a otro en el mostrador del guardarropía del Pavillon; de hecho, sospecho que la frase «Es el número que tenía cuando jugaba al fútbol» no despertó para nada mi imaginación, sino el simple recuerdo de algo que había leído, probablemente «La carrera de ochenta yardas». Tampoco tengo nada que ver con una mujer vestida con un salto de cama de crepé de China sucio en un bar de Wilmington. Mi interés reside, como siempre, en la chica del vestido de seda a cuadros que no se menciona para nada. «Recuerda cómo te sentías por entonces»: de eso se trata siempre.

Es una idea que cuesta admitir. Nos han inculcado la idea de que los demás, da igual quiénes, todos los demás, son por definición más interesantes que nosotros; nos enseñan a ser tímidos, prácticamente a odiarnos a nosotros mismos. («Eres la persona menos importante de la sala, no lo olvides», le susurraba la institutriz de Jessica Mitford al oído cada vez que tenía lugar un acontecimiento social; yo lo copié en mi cuaderno porque hace muy poco tiempo que he sido capaz de entrar en una sala sin oír una frase parecida en mi oído interno.) Solo a la gente muy joven y a la que es muy mayor se les permite contar sus sueños a la mesa del desayuno, perorar sobre sí mismos e interrumpir a los demás para contar recuerdos de sus picnics en la playa y sus vestidos floreados favoritos y la trucha arcoíris que pescaron en un arroyo cerca de Colorado Springs. Del resto se espera, y está bien que así sea, que finjamos un gran interés por los vestidos favoritos de los demás y por las truchas de los demás.

Y eso hacemos. Pero nuestros cuadernos nos delatan, porque por muy diligentemente que anotemos lo que vemos a nuestro alrededor, el común denominador de todo lo que vemos es siempre, de forma transparente y desvergonzada, el implacable «yo». No estamos hablando aquí de la clase de cuaderno que está obviamente destinado al consumo público, un simple engaño estructural para engarzar una serie de pensamientos elegantes; estamos hablando de algo privado, de fragmentos de la cadena mental que son demasiado cortos para usarlos, de un ensamblaje indiscriminado y errático que solo reviste significado para quien lo lleva a cabo.

Y a veces incluso el que lo lleva a cabo tiene dificultades para entender qué significa. Por ejemplo, no parece tener ningún sentido que yo sepa que durante 1964 cayeron 480 toneladas de hollín por kilómetro cuadrado en la ciudad de Nueva York, y sin embargo, lo tengo en mi cuaderno, con la etiqueta «DATO». Ni tampoco me hace falta acordarme de que a Ambrose Bierce le gustaba escribir «£eland $tanford» en vez de Leland Stanford, ni que «en Cuba las mujeres listas siempre van de negro», un apunte de moda sin mucho potencial para ser puesto en práctica. ¿Y acaso la relevancia de las siguientes notas no parece, en el mejor de los casos, marginal?

En el museo que hay en el sótano de los juzgados del condado de Inyo, en Independence, California, letrero sujeto con alfiler a una chaqueta estilo mandarín: «Esta CHAQUETA ESTILO MANDARÍN la llevaba a menudo la señora Minnie S. Brooks cuando daba conferencias sobre su COLECCIÓN DE JUEGOS DE TÉ».Pelirroja saliendo de un coche delante del hotel Wilshire de Beverly Hills, lleva estola de chinchilla y bolsas de Vuitton con etiquetas que dicen:

SEÑORA DE LOU FOXHOTEL SAHARALASVEGAS

Bueno, tal vez no del todo marginal. De hecho, la señora Minnie S. Brooks y su CHAQUETA ESTILO MANDARÍN me llevan de vuelta a mi infancia, porque, aunque nunca conocí a la señora Brooks y no visité el condado de Inyo hasta que tuve treinta años, yo crecí en un mundo parecido, en casas atiborradas de reliquias indias y pedazos de mena de oro y ámbar gris y de los souvenirs que mi tía Mercy Farnsworth se traía de Oriente. Hay un largo trecho entre ese mundo y el de la señora de Lou Fox, que es donde todos vivimos ahora, y ¿acaso no merece la pena recordar eso? ¿Acaso la señora Minnie S. Brooks no me ayuda a recordar quién soy? ¿Y acaso la señora de Lou Fox no me ayuda a recordar quién no soy?

Pero a veces cuesta más discernir el sentido. ¿Qué tenía yo en la cabeza exactamente cuando apunté que al padre de un conocido le costaba 650 dólares mensuales iluminar la casa junto al Hudson en la que vivía antes del crack de la Bolsa? ¿Cómo planeaba yo utilizar la siguiente frase de Jimmy Hoffa: «Puede que tenga mis defectos, pero estar equivocado no es uno de ellos»? Y aunque me parece interesante saber dónde se cortan el pelo las chicas que viajan con el Sindicato cuando están en la Costa Oeste, ¿acaso alguna vez le sacaré provecho al dato? ¿No estaría mejor pasárselo sin más a John O’Hara? ¿Qué hace en mi cuaderno una receta de chucrut? ¿Qué clase de urraca toma apuntes en este cuaderno? «Nació la noche del hundimiento del Titanic». Parece una frase bastante buena, y hasta me acuerdo de quién la dijo, pero ¿acaso no es una frase mejor en vivo de lo que podrá ser nunca en un relato de ficción?
Pero, por supuesto, ahí está la cosa: no en que yo vaya a usar nunca la frase, sino en hacerme recordar a la mujer que la dijo y la tarde en que la oí. Nos encontrábamos en su terraza de la playa y estábamos acabando el vino que quedaba de la comida, intentando tomar el poco sol que había, ese sol del invierno de California. La mujer cuyo marido había nacido la noche del hundimiento del Titanic quería poner su casa en alquiler y volverse con sus hijos, que vivían en París. Recuerdo que deseé haber tenido dinero para pagar aquel alquiler, que eran 1.000 dólares al mes.

—Algún día lo tendrás —dijo ella en tono indolente—. Todo llega algún día.

Allí, al sol en su terraza, resultaba fácil creer que todo llega algún día, pero después tuve una pequeña resaca de esas de tarde y atropellé a una serpiente negra de camino al supermercado y me entró un miedo inexplicable cuando oí que la empleada de la caja registradora le explicaba al hombre que estaba delante de mí en la cola por qué se estaba divorciando finalmente de su marido.

—No me ha dejado opción —repetía una y otra vez mientras pulsaba las teclas de la máquina registradora—. Tiene un bebé de siete meses con ella, no me ha dejado opción.

Me gustaría creer que el temor que sentí entonces fue por la especie humana, pero obviamente era por mí misma, porque por entonces yo quería un bebé y no lo tenía y también quería tener aquella casa que costaba mil dólares mensuales de alquiler y además tenía resaca.

Todo vuelve. Tal vez sea difícil entender qué valor tiene el rememorarse a uno mismo en ese estado de ánimo, pero yo sí que lo entiendo. Creo que siempre es aconsejable mantener una relación cordial con la persona que éramos en el pasado, da igual que nos resulte una compañía atractiva o no. De otra manera, esa persona aparece sin avisar y por sorpresa, se pone a aporrear la puerta de la mente a las cuatro de la madrugada de una mala noche y exige saber quién la abandonó, quién la traicionó y quién va a reparar el daño causado. Nos olvidamos demasiado deprisa de las cosas que nos creíamos incapaces de olvidar. Nos olvidamos de los amores y de las traiciones por igual, nos olvidamos de lo que susurramos y de lo que gritamos, nos olvidamos de quiénes éramos. Yo ya he perdido el contacto con un par de personas que yo era en el pasado; una de ellas, una chica de diecisiete años, no presenta gran amenaza, aunque me resultaría de cierto interés volver a saber qué se siente al estar sentada en el atracadero de un río bebiendo vodka con zumo de naranja y escuchando a Les Paul y Mary Ford y a sus ecos cantar «How High the Moon» en la radio del coche. (Fíjense que todavía conservo las escenas, pero ya no me percibo a mí entre los presentes y ni siquiera soy capaz de improvisar un diálogo.)

La otra, la de veintitrés años, me inquieta más. Siempre causó muchos problemas, y sospecho que reaparecerá cuando menos la quiera ver, con sus faldas demasiado largas y su timidez casi insultante, siempre sintiéndose ofendida, siempre llena de recriminaciones y pequeños agravios y cuentos que no quiero volver a oír, a la vez entristeciéndome y enfureciéndome con su vulnerabilidad y su ignorancia, una aparición todavía más insistente por el mismo hecho de llevar tanto tiempo desterrada.

Es buena idea, por tanto, mantener ese contacto, y supongo que ese es el sentido mismo de los cuadernos. Y cuando se trata de mantener esas líneas de comunicación abiertas para nosotros mismos, siempre estamos solos: el cuaderno de ustedes nunca me podrá ayudar, ni a ustedes el mío. «¿Y qué hay de nuevo en el negocio del whisky?» ¿Qué podría significar eso para ustedes? Pues para mí significa una rubia con bañador Pucci sentada con un par de hombres gordos junto a la piscina del hotel Beverly Hills. Otro hombre se acerca y todos dedican un momento a mirarse en silencio.

—¿Y qué hay de nuevo en el negocio del whisky? —pregunta por fin uno de los gordos a modo de bienvenida, y la rubia se levanta, arquea un pie y lo sumerge en la piscina, sin dejar de mirar ni un momento la caseta donde Baby Pignatari está hablando por teléfono.

Y no hay más que eso, salvo por el hecho de que varios años más tarde vi a la rubia salir del Saks de la Quinta Avenida de Nueva York con su bronceado de California y un voluminoso abrigo de armiño. Bajo la ventolera que hacía aquel día la vi vieja e irremisiblemente cansada, y las pieles del abrigo de armiño ni siquiera estaban cortadas como se estaban cortando aquel año, ni tampoco como ella las habría querido, y ese es el sentido de la historia. Después de aquello me pasé una temporada sin querer mirarme al espejo, y cada vez que ojeaba el periódico solo veía las necrológicas, las víctimas del cáncer, los infartos prematuros y los suicidios, y dejé de coger la línea del metro de Lexington Avenue porque me di cuenta por primera vez de que todos los desconocidos a los que yo llevaba años viendo —el hombre del perro lazarillo, la solterona que todos los días leía los anuncios clasificados, la chica gorda que siempre se bajaba conmigo en Grand Central parecían más viejos que en el pasado.

Todo vuelve. Hasta aquella receta de chucrut: hasta aquello me trae algo. Fue en Fire Island donde preparé aquel chucrut por primera vez, y estaba lloviendo, y bebimos mucho bourbon y nos comimos el chucrut y nos fuimos a la cama a las diez, y yo escuché la lluvia y el Atlántico y me sentí a salvo. Anoche volví a hacer el chucrut y no me hizo sentir a salvo en absoluto, pero eso, como suele decirse, es otra historia.

Opina que es gratis