Tenía 17 años cuando compré ‘A Night At The Opera’. Estaba en Alemania y una de mis actividades favoritas era visitar las incontables tiendas de música de la ciudad (cualquiera que haya sido la ciudad en la que me encontraba: Colonia, Hamburgo, Stuttgart, Berlín…). Eran las épocas en las que el Cd aún reinaba; en las que las cajitas plásticas con libritos llenos de fotos deslumbraban nuestros ojos; las épocas en las que las colecciones de álbumes se exhibían en las salas de las casas.

Los alemanes (…siempre, los alemanes…) te ofrecían audífonos y te permitían escuchar los discos antes de comprarlos. Te los colocabas y evaluabas. Te daban la oportunidad de elegir y descartar. Así conocí a Phish, King Crimson, Prince, al Genesis progresivo y a un largo etcétera de bandas y músicos que hasta ahora forman parte de mi playlist vital.

Yo a ellos; a ‘los alemanes’; a mis compañeros germanos; les hice escuchar ‘Fabulosos Calavera’, el mítico álbum cuasi progresivo de los Fabulosos Cadillacs. Por supuesto, les encantó. No podía ser de otra manera. Fue durante una fiesta, cerca de la madrugada, en una casa abandonada, dentro de un sótano con muros de madera. Tanto les gustó la música que, al despertar a la mañana siguiente y con la resaca aún viva dentro de mi cabeza, me encontré con una muy desagradable sorpresa: mi disco había desaparecido. Pregunté, consulté, escuché todas las respuestas. ‘Oh, yo no sé’, ‘Oh, pero qué pena’, ‘Oh, pero, ¿estás seguro, José Andrés?’, me decían los muchachos, los alemanes (siempre…, los alemanes) con su típica cara de sorpresa germana. Cómo no adorarlos, cómo no quererlos; a ellos, a mis compañeros de Alemania. No recuerdo ninguno de sus nombres. Ni siquiera los rostros. Espero que quien haya tomado el disco para sí mismo aún lo escuche; y espero que lo recomiende; y espero que recuerde al muchacho pelilargo y latino que lo puso a todo volumen en la radio…aquella noche…durante esa fiesta…dentro de un sótano con paredes de madera. Espero…

Sí, compré ‘A Night at The Opera’ durante el invierno alemán del año 1998; pero ya conocía Queen. ¿Cómo no conocerlos? Ellos eran parte del mundo que te rodeaba desde la niñez. Llegaban a tu vida ‘de prepo’, sin explicaciones necesarias. Como los árboles, los cielos celestes, las tardes de lluvia, las copas de los árboles. Eran ellos, eran Queen; algo que debías conocer. Los zapateos y aplausos en los estadios, durante los clásicos de fútbol; las guitarreadas con amigos, ‘We Are The Champions’ a toda voz y en un inglés inentendible; las escenas del concierto de Wembley, transmitido cada sábado por la mañana en Canal 11, Red Universitaria; la enigmática historia del cantante fallecido a causa del Sida y su voz, esa maravillosa voz; ‘Wayne’s World’ y la escena en el auto, la melena rubia de Garth al ritmo del headbanging. ¿Qué más podría añadir? Queen era Queen y allí estaban: en el poster, en la radio, en la memoria colectiva, en la historia oficial. Tal vez por eso, mi ‘yo adolescente’ (y no solo el mío, también el de muchos que conozco) los daba por sentado. Muy bien lo sabemos ahora que nos acercamos a las cuatro décadas: a los jóvenes les desagradan las nostalgias. Ellos están para el presente. ¿O me equivoco, acaso?

Sí, compré el Cd de ‘A Night At The Opera’ ese frío invierno en Alemania y al llegar a casa (o mejor dicho: a la casa de los alemanes que me alojaban; una pequeña y coqueta construcción europea; acogedora y delicada; puesta sobre una colina cubierta con nieve y dentro de un barrio impecable y suburbano), lo introduje en el aparato reproductor, me coloqué los audífonos y apreté play.

Y escuché…

Es innecesario explicar más. No hace falta. Sería un ejercicio inútil. Mi consejo: buscá el disco en Deezer o Spotify; escuchalo completo y sacá tu propia conclusión.

Lo que tengo muy claro es que desde esa noche, desde aquella sesión musical dentro de una habitación en una casa cualquiera de la fría nación alemana, mi amor y admiración por la obra de Queenha sido inagotable.

(Ahora mismo y mientras escribo esto suena en mis audífonos ‘I’m in love with my car’)

Un par de días atrás una amiga escribió en facebook que lo más lindo de ‘Bohemian Rhapsody – la película’ (lo único lindo, en realidad, según ella) era que salías de la sala con ganas de escuchar más. Es verdad. Eso hice yo. Llegué a casa, encendí la compu, me coloqué los audífonos, abri Youtube, escribí ‘Queen’ en el buscador y me tiré de lleno dentro de la piscina virtual. Una cosa lleva a otra, eso es inevitable… y así fue. Una canción y luego otra y otra y después una entrevista y un corto reportaje y click aquí y click allá y al cabo de una hora miraba videos documentales acerca de la epidemia del VIH/SIDA en los ochentas, testimonios de sobrevivientes, historias de vida, investigaciones científicas, rostros de terror, cuerpos casi desintegrados, la muerte de una generación.

Hace un año (poco más, poco menos), yo enfermé. No tuvo nada que ver con el VIH, pero sí que me asusté. Para recuperarme y sanarme me sometí a un tratamiento intenso. Los medicamentos que los doctores me recetaron eran gratuitos (al menos, en ese entonces aún lo eran…, ahora no lo sé). Para recogerlos, para que me los entreguen, yo debía dirigirme a centros de salud especializados. Lugares a los que nadie quiere ir, en realidad. Durante estas visitas logré ver de cerca las instalaciones y los consultorios en los que atienden, tratan y medican a las personas que viven con VIH/Sida en la ciudad. Esperaba encontrarme con lugares lúgubres, incluso casi abandonados. No fue así. Todo parecía estar bien y en su lugar… excepto el semblante de los pacientes. Vi rostros de hombres y mujeres, de todo color, de todo tipo, de toda edad. Rostros, solo rostros. Ninguno igual que otro; todos prefiriendo no estar allí. Escuché el silencio en la sala. Percibí la presencia de algo que yo aún no puedo comprender. ¿Temor, resignación, vergüenza, fe? No lo sé.

Me importa muy poco la película de Queen y lo que en ella suceda. Las falsedades, las distorsiones de la realidad, las omisiones, las verdades. Que ellos hagan la película que quieran, yo tengo la mía. Mi historia personal con Queen. Por eso, prefiero quedarme con la siguiente imagen: Una noche de sábado en Santa Cruz de la Sierra. 2007 o 2008, alguno de esos años. Son las 3, casi las 4 de la madrugada. Estamos todos dentro del auto. Yo conduzco, me aferro al volante. Acelero. Tenemos los vidrios abiertos, el viento golpea nuestros rostros, eleva nuestros cabellos, los hace volar. Avanzamos sobre el puente, a toda velocidad, a punto de ingresar a Urubó. Dejamos atrás la ciudad; sus avenidas y sus luces; sus bares y rockolas; su música electrónica. Somos cuatro o cinco o tal vez más. Somos hombres y mujeres. En éxtasis e intoxicados. Deliciosamente extraviados. Somos estrellas de rock, leyendas… somos inmortales. En los parlantes, a todo volumen suena su majestad. Cantamos. Aplaudimos y gritamos… Respiramos.


 

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