El nueve de octubre de 2016, dos días después de enterarse de que había ganado el Premio Nobel de La Paz, el entonces presidente de Colombia Juan Manuel Santos viajó a uno de los lugares más emblemáticos de la guerra civil que desangró al país por más de 50 años: el pequeño pueblo de Bojayá. 

En mayo del 2002, un enfrentamiento entre la guerrilla de las Farc y paramilitares de derecha acorraló a los civiles en la iglesia Bellavista del pequeño pueblo en el departamento del Chocó, en la costa pacífico del país. 

Una de las armas “no convencionales” de la guerrilla, los cilindros bomba, impactó la iglesia y mató a más de cien personas. 

Por eso, en el 2016 Santos decidió que como acto simbólico para su premio Nobel, se reuniría con los familiares de las víctimas de la masacre de Bojayá.

Llegó hasta el lugar con su mujer, vestido de blanco y lanzó una promesa que nadie le pidió: se comprometió a donar los 8 millones de coronas suecas que entrega el premio al fondo de víctimas.

“Y quiero decirles además, este gran Premio Nobel que algunos lo consideran el más    importante de todo el planeta, viene acompañado de un premio también monetario. 8 millones de coronas suecas”, dijo entonces.

“Quiero anunciarles que anoche me reuní con mi familia. Y hemos tomado la decisión de donar esos 8 millones de coronas suecas para que las víctimas puedan ser reparadas”, prometió.

Han pasado dos años desde aquel día y según cuenta Las 2 Orillas, de la plata prometida ni los intereses. 

Como recuerda el medio digital colombiano, el ex presidente se ha pasado su vida tras el poder en conferencias sobre el acuerdo de paz con la guerrilla de las Farc y el trato a las víctimas, el destino del dinero ganado con el premio es aun un misterio para las víctimas en Bojayá. 

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