Estimados señores:

Soy un joven pobre y desempleado con algo de experiencia en el área de los negocios. Mi nombre es Wenzel, y como vengo buscando una posición adecuada, me tomo la libertad de preguntarles, de manera cordial y amigable, si en sus oficinas ventiladas, plácidas y luminosas, tienen un trabajo semejante para mí. Sabiendo que su orgullosa empresa es grande, antigua y próspera, cedo a la placentera tentación de suponer que tienen disponible un lugarcito cómodo y agradable, en el cual pueda yo escabullirme como si se tratara de una cálida madriguera. Estoy excelentemente capacitado, se los aseguro, para ocupar apenas ese modesto refugio, puesto que mi naturaleza es enteramente delicada y en esencia no soy otra cosa que un niño soñador, gentil y tranquilo, que se alegra cuando se topa con gente que entiende que no pido demasiado y me permite tomar posesión de un pedazo pequeño, muy pequeño, de existencia, donde pueda yo ser útil a mi propio modo y sintiéndome en paz. Un lugar pequeñito, dulce, quieto y en la sombra ha sido siempre la materia tierna y sustancial de mis sueños, y si las ilusiones que guardo con respecto a ustedes crecen ahora intensamente, al punto de sembrar en mí la esperanza de que mi sueño, reciente y antiguo, pueda convertirse en deliciosa realidad sensible, entonces déjenme decirles que tienen en mí al más fervoroso y leal de sus servidores, que ejecutará concienzudamente todos sus deberes, llevándolos a cabo con precisión y puntualidad. Pero advierto que no puedo realizar labores grandes y difíciles, y que las obligaciones de largo alcance son demasiado intensas para mi mente. Debo admitir que no soy demasiado listo, y que no me gusta, sobre todo, imponerle a mi inteligencia demasiado esfuerzo. Soy más sueño que pensamiento, nulidad más que fuerza, opacidad más que brillo. ¿Existirá en su inmensa institución, que imagino saturada de oficinas y cargos subsidiarios, algún tipo de trabajo que uno pueda realizar como si lo hiciera en un sueño? –Para ponerlo del modo más claro: yo soy un chino; es decir, una persona que juzga todo lo pequeño y sencillo como algo hermoso y placentero, y todo lo grande y laborioso como algo terrible y horrendo. Apenas sé de la necesidad de sentirme cómodo, de modo tal que cada día pueda yo agradecerle a Dios por el favor de la vida, con todas sus bendiciones. La pasión de llegar lejos en la vida me resulta ajena. Tan ajena como me resulta Africa con todos sus desiertos. En fin, ahora ya saben ustedes qué tipo de persona soy. Escribo, como pueden ver, de manera agraciada y fluida; y no quiero que me imaginen desprovisto de toda inteligencia. Mi mente es clara, señores, no obstante, se rehúsa a abarcar demasiadas cosas y, por tanto, las evita. Soy sincero y honesto, y sé muy bien que estos dones son apenas un pequeñísimo tesoro en el mundo en que vivimos; pero estaré esperando, estimados caballeros, por aquello que se les antoje responder a su respetuoso siervo, de seguro anegado de obediencia.

Atentamente:

Wenzel

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