La gente viene de todas partes a consultarme, trayendo sus extremidades desprendidas, incontables veces, ellos no saben por qué mi pórtico está lleno de manos, traen su sangre guardada en frascos, traen los miedos de su corazón, que se escuchan o no en las noches, me ofrecen su dolor, esperando una palabra a cambio, una palabra, cualquier palabra de entre todas las que han sido atacadas diariamente con palas, hachas, sierras eléctricas por los que callan, los que han sido acusados de callar porque no pueden hablar en el lenguaje recibido.

Paso mis días con mi cabeza presionada contra la tierra, las piedras, los arbustos, recolectando las pocas sílabas apagadas que quedaron: en las tardes los despacho, una carta a la vez, trato de ser justa con los suplicantes que claman, que han construido complejas escaleras a través del suelo para poder acercarse de rodillas a mí. Alrededor todo está desgastado: el pasto, las raíces, la tierra, nada queda más que la roca desnuda.

Ven conmigo, me dijo, viviremos en una isla desierta.

Yo soy una isla desierta, le dije. No era lo que él tenía en mente.

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