No necesito que me insistas con la miradita dura en el transporte público: ya lo sé: yo soy el culpable del auge de la ultra derecha en España. Como inmigrante debo asumir mis culpas y aceptar que sí, aquellos neofascistas recién aceptados en sociedad tras las elecciones andaluzas están ahí nada más ni menos que por mi culpa. 

Lo siento, amigos Españoles que tan amablemente me abristeis las puertas. Abristeis ¿no? Abrieron delataría aun más  mi origen sospechoso si es que a alguien aun le quedan dudas a pesar de mi físico rascuache y montañero. Digo rascuache sin ser mexicano y es para hacerles un favor: si del Río Bravo hasta Ushuahia somos el mismo pueblito, a nadie le deberían importar las particuliaridades.

Pues bien, yo soy el culpable de que más de uno -en este caso 400.000- se cabreen por tener que hacer reflexiones sobre el racismo, cuando es tan fácil y bonito dejarse llevar por la fuerza de la tradición. Debería yo mejor agradecer que existió un Bartolomé de las Casas que planteó la posibilidad de que los del otro lado del charco tuviésemos alma.

Además de alma tenemos manos: las mismas con las que amenazamos esa premisa de España para los españoles. Luis Bárcenas o Rodrigo Rato, muy españoles, aplicaron este principio y se embolsillaron su parte, haciendo patria, sin que un solo fascista pegara el grito en el cielo: es que son españoles. O es más: es que entre el Partido Popular y la ultra derecha solo hay maquillaje.

Pero mi culpa en el ascenso de Vox va más allá de la bolsa. Mi presencia colorida ha sido un pretexto para una larga lista de chistes que han hecho que sea más fácil decirle Machu Pichu a un latinoamericano que zángano a un monarca que cobra por existir o fascista a los que veneran a un dictador. Probablemente mi presencia, los problemas que trajimos quienes llegamos, han distraído a los políticos de turno para, por ejemplo, declarar ilegal la Fundación Franco.

Claro: como vinimos a chupar de la teta pública. Por eso es que don Mariano Rajoy con justa razón nos cortó el chorro de la sanidad para ponérselo a quienes sí lo necesitaban. Los bancos, por ejemplo. Un detalle menor será el hecho de que la sanidad se financia con el Impuesto al Valor Agregado (IVA) que paga hasta mi amigo Bodua cuando se compra una botella de agua después de horas de reciclar chatarra con su carrito. 

Pero no nos dejemos llevar por pequeñeces: la culpa es del inmigrante que despertó el sentimiento nacionalista dormido de todo español de bien. El pelo africano de mis colegas fue la falda provocadora de ese ímpetu natural de todo buen español que bien ha aprendido que el inmigrante llega a robar: trescientos años de expolio lo prueban y certifican. 

No busquen la culpa más allá de nosotros: el mal viene de afuera, ustedes solo reaccionan a la amenaza que representamos para su forma de vida y tradiciones sagradas como esa tan peculiar de acuchillar toros y sus curiosas variaciones. 

Soy culpable porque siempre ha sido más fácil definir al machismo como algo bananero, aun cuando españoles muy españoles (saludos, Mariano) asesinaron a una mujer cada tres días durante el 2017. 

Pero qué va, esos son cuentos del progresismo, que acá en España las leyes se respetan y si no, para eso está el vaquero Santiago Abascal, una imagen así, a caballo, fuerte, valiente, fue la última que vio Monctezuma de Hernán Cortez, antes de que lo apedreara valerosamente por la espalda. Una metáfora de cobrar sueldos de 80.000 euros de las autonomías que ahora quiere acabar.

Hay quienes dicen que no hay que nombrarlos. Que hablar de Vox es promocionarlos, así se haga con fines educativos. Peor aun, algunos aseguran que llamarlos fachas, fascistas, nazis, machistas o cualquier otro calificativo que bien puede definir sus ideas pobres solo logrará convencer a más españoles de unirse a ellos. Se equivocan: hablen o no de ellos estaré yo acá para validarlos, para darles una razón de ser solo porque en otros espacios supuestamente reflexivos e incluyentes se me ha considerado, entre murmullos y guardando la corrección política, tan intruso y culpable de los males de España como piensa el vaquero.

Al final de cuentas el éxito de Vox es mi culpa porque es mucho más fácil culparme que mirarse al espejo: cientos de años del discurso de la superioridad que validó la larga noche americana han hecho lo suyo.

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