José Antonio Kast está logrando algo que él mismo no debió sospechar: el personaje del ex candidato presidencial chileno desvergonzado de apoyar a Pinochet y de ocupar ese espacio usualmente ridiculizado de la ultra derecha conservadora -opus dei en su caso- que niega derechos sociales establecidos en las democracias admiradas desde el sur del mundo, como el aborto o el matrimonio homosexual; está siendo tomado con una seriedad inusitada en relación al contenido de su discurso.

Cuando la prensa internacional hace notas de contexto como ¿Qué otros Bolsonaro hay en el mundo? La banderita chilena ya lleva la cara de Kast y su movimiento y con mayor frecuencia, el defensor de cerrar las fronteras chilenas aparece en paneles de televisión como si su opinión tuviese algún grado de verdad.

En estos días Kast ha visto alguna competencia a su alrededor en la política chilena. Un par de personajes que han perdido la vergüenza en su amor por el dictador están saliendo a dar la cara por aquellos chilenos que de alguna forma se veían sin representación abierta en un país que ya por legado dictatorial les pertenece. Aunque durante años ningún político quiso cargar con el bulto del cariño por las botas militares, la estructura estatal chilena, sus normas e instituciones siguen siendo a imagen y semejanza del sueño del dictador y sus calienta oreja. 

Lo curioso es que José Antonio Kast ha dejado de ser visto como aquel payasito de ultra derecha que solo aparecía como el arlequín en los medios de centro izquierda como The Clinic que veían en su discurso plagado de odas a los fusiles y al Chile de los Huasos Quincheros un cliché perfecto del conservador fácil de ridiculizar.

Es cierto: Kast no está solo. Pero tampoco está muy acompañado. Sus casi 600.000 votos le dieron cerca de un 8 por ciento de apoyo en la elección presidencial del 2017 que encumbró a Sebastián Piñera. La última encuesta Cadem lo ubicó como uno de los políticos que más arcadas producen entre los chilenos y su casi segura postulación a la presidencia en 2021 solo parece hacer parte del “paquete chileno” de la derechización del mundo.

Por eso, a nadie pareció sorprenderse cuando se reunió con Eduardo Bolsonaro, diputado electo y el hijo del próximo presidente de Brasil. A nadie pareció molestarle que se blanqueara la visita de un tipo que quiere reimponer la pena de muerte en Brasil o que ha dicho que los homosexuales le dan asco. No. Ahí apareció Kast estrechando su mano y los medios prestos para la foto y retratar las nuevas redes del payasito del odio.

Kast se mantiene firme en sus convicciones (tan básicas como la Biblia y la bandera). Por eso mismo resulta curioso que haya logrado sacarse el traje de payaso que le reservaba la política chilena. Su última payasada fue burlarse de una diputada mapuche que habló en mapudungun en la Cámara. La próxima vez que vaya al Parlamento voy a hablar en alemán, dijo como en sus mejores tiempos de cliché. 

¿Es acaso el alemán un idioma originario en Chile? ¿Puede acaso comparar la posición de los inmigrantes alemanes con la de los pueblos originarios chilenos como el Mapuche? Kast es un provocador y sabe que eso le genera prensa. Y la prensa puede estar generando un colchón en el que el este ex diputado quiere caer bajo la promesa “del cambio” a pesar de haber sido parlamentario por 16 años. 

A Kast no hay quien lo frente: en los últimos días aseguró que el modelo de Administrdores de Fondos de Pensiones privados creado en plena dictadura por el hermano del presidente Sebastián Piñera, José Piñera, es el mejor invento de la institucionalidad patria. 

Esto lo dice sin inmutarse a pesar de que más de la mitad de los chilenos se jubilan con menos del sueldo mínimo y desde hace años el sistema se ha convertido en el blanco de las críticas sobre la desigualdad en el país. 

¿Qué busca con este tipo de declaraciones? Posiblemente Kast quiere comenzar a plantearse como un republicano. Un hombre que defiende las instituciones del país -que armó Pinochet- de las amenazas del “comunismo global”. El peligro es que ese hombre ha salido del circo y a nadie parece importarle que siga vestido de payaso. 

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