En occidente -o los países que tenemos ese síndrome wanna-be-occidente- solemos llenarnos la boca con los derechos humanos. Una larga lista de gritos desgarrados y lastimeros recorren las mesas en la cena: ay, qué horror más horroroso lo que viene haciendo Nicolás Maduro en Venezuela, suelta alguno como forma de meter el dedo en una llaga autoinflingida al amigo/pariente/conocido de izquierda.

Cada vez que un sátrapa usurpador del discurso de la izquierda se vuelca contra su pueblo en cualquier polo de América Latina, aparecen los voceros del oportunismo -sí, si eres español estarás pensando en Albert Rivera- para decir que cómo puede ser posible que la comunidad internacional guarde este ignominioso silencio ante los abusos del dictador. 

Hoy este lado del mundo no ve una larga lista de protestas que le resultan inútiles en la construcción de discurso. ¿A quién mierda le importa lo que pasa en un país sin peso en la política internacional como Sudán? La repuesta está quizás en otra pregunta ¿Realmente los autoproclamados defensores de los derechos humanos defienden los derechos humanos?

Desde hace cuatro largos y dolorosos años Yemen es víctima de una agresión armada encabezada por Arabia Saudita y a nadie parece importarle. La mayor crisis alimentaria del planeta se vive hoy en este país de la península de Arabia y por fuera del ámbito de las ONGs es un tema que difícilmente se aborda.

Hoy los sudaneses se encuentran movilizados. “La revolución del pan”, se ha etiquetado desde la poca prensa interesada en el tema. Realmente las cosas no se pueden resumir en el alza del precio de la vida. O sí: los precios, su alza, son una excusa para salir a la calle y manifestar el descontento por 30 años de un gobierno más cercano a las armas que a los ciudadanos de Sudán. Un gobierno escondido detrás de elecciones de cartón y donde las libertades están supeditadas a la cercanía con las autoridades. Una dictadura en toda regla, como el fantasma que ven los autoproclamados defensores de los derechos y libertadas cada vez que aparece alguien contrario a su corriente política. 

La prensa internacional insiste en el pan como una forma de etiquetar un tema al tiempo que lo reduce: “salen a la calle porque les subieron los precios, de lo contrario estarían contentos” parecen decir con esa idea, ignorando tres décadas de abusos y violaciones a los derechos humanos en las que cada intento de protesta ha sido sofocada a plomo.

Omar Bashir lleva 29 años en el poder. Sólo cuando llevaba 21 años de gobierno -en 2010- introdujo las “elecciones” -o un simulacro de ellas- en el país. Sin embargo, su nombre casi nunca aparece en los “listados del mal” cuando se habla de grandes violadores de los derechos humanos alrededor del planeta.

Cada demócrata del mundo, cada defensor de las libertades individuales o perseguidor de sus detractores, debería tener una palabra por Sudán en estos días tanto como por Venezuela. Lo mismo con aquellas dictaduras de una paz forzada por la violencia como, por ejemplo, Guinea Ecuatorial: un país que en sus 50 años de independencia ha tenido dos presidentes.

El argumento básico de quien no pone a Sudán en una conversación sobre libertades es la distancia. Las ambigüedades para juzgar su forma de gobierno y su sociedad. “Es un país islámico, tienes que entender”, dicen desde esa silla de la relatividad donde pretenden que otros acepten para sí lo que ellos condenarían enérgicamente en su patio, en su casa.

Si Sudán no es un tema internacional por estos días es porque no es un instrumento. Porque no sirve como excusa para embadurnar de mal ciertas causas. Porque de alguna forma estamos acostumbrados a que “en África las cosas son así”: una idea terrible bajo la cual aceptamos las vulneraciones como parte de una tradición. La dictadura, sus protestas y sus muertos se han convertido en esa parte del folclor africano que a muchos parece aliviar: por suerte vivimos en esta esquina del mundo, parecen decirse algunos cuando miran en silencio a los sudaneses caer ante las balas de Bashir. 

¿Por qué deberían importarnos las protestas en Sudán? Es tan simple que parece absurdo tener que decirlo: las libertades y su defensa no pueden ser un beneficio exclusivo para quienes viven en una orilla del mundo. Si te importan los derechos humanos te debería importar Sudán y sus más de cuarenta muertos. 

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