En el centro psiquiátrico donde trabaja la psicoanalista Constance Petersen (Ingrid Bergman), el Dr. Murchison (Leo G. Carroll) anuncia su retiro de la dirección, en cuyo reemplazo llegará el eminente Dr. y escritor Anthony Edwardes, a quien, justamente, Constance admira muchísimo aunque no le conoce… pero, el mismo día en que el joven y apuesto director (Gregory Peck) es presentado ante los directivos, la psicoanalista comenzará a observar signos de un oculto trauma en el nuevo personaje que, enseguida sabremos, también sufre de una grave amnesia.

Como anécdota: Salvador Dalí fue uno de los artistas más grandes en basar su obra en las experiencias oníricas, la confusión de las mismas y la belleza dentro de un mundo que es propio. Y eso lo puso a trabajar con Alfred Hitchcock en esta película.

Pero, ¿cómo se dio esta famosa colaboración entre artistas? En la década de los 40, un poco antes de que Hitchcock se convirtiera en la imagen más grande de Hollywood, el director reunió a Ingrid Bergman y Gregory Peck para un proyecto fílmico titulado Spellbound. La primera idea de esta cinta, en la que el productor David O. Selznick invirtió mucho dinero para poder tomar control en la trama, era presentar los beneficios del psicoanálisis como consecuencia de que el mismo Selznick había probado tratamiento.

Sin embargo, Hitchcock era un controlador aún más grande y no permitía que nadie interfiriera entre él y sus películas. Así que el británico tomó como referencia The House of Dr. Edwardes, una novela de 1927 escrita por Francis Beeding (una colaboración literaria), y construyó la historia final que se presentó en 1954 en Spellbound:  

El filme sigue la historia de la doctora Constance Peterson, la única psicoanalista mujer en el asilo Green Manors en Vermont. Desde el principio, Hitchcock nos presentó a Constance como una mujer fría, con poco apego humano y un aparente dominio total de sus impulsos y sentimientos. El argumento principal comienza cuando la doctora entra en contacto con un paciente llamado John Ballantyne, quien tiene amnesia y dice ser un doctor llamado Anthony Edwardes. Ballantyne no recuerda nada, pero podría ser el autor del asesinato del verdadero Edwardes. La doctora Constance comienza a tratarlo al evaluar y analizar sus sueños para determinar de dónde viene su amnesia y si esta es consecuencia de la culpa que siente por haber asesinado a Edwardes… y aquí es donde un hombre como Dalí puede entrar.

Hitchcock contactó a Dalí para que diseñara el escenario de los sueños de John Ballantyne que son analizados por la protagonista y su mentor, el doctor Burlov. Los sueños, al menos las representaciones que siempre vemos en pantalla, son difusas y no tienen ni principio ni fin; sin embargo, Dalí se encargó con sus pinturas de darle un significado más concreto, y esto es lo que el director quería.

Hitchcock filmó un total de 20 minutos de la escena en la que el paciente describe sus sueños. Pero Selznick borró la mayor parte de la secuencia y dejó sólo dos… sin embargo, se convirtieron en el punto máximo de la cinta, pues Hitchcock utiliza sus innovadoras técnicas visuales con una pintura de Dalí como escenario. ¿Acaso hay algo más cautivante y contradictorio que eso? Hitchcock con una historia basada en una parte de la psicología y Dalí con su percepción de los sueños de personaje…

Ojos enormes en las paredes, un hombre con tijeras gigantes que corta la mirada, hombres sin rostro, techos, ruedas rotas, una casa de juego, una chimenea que esconde a un hombre también sin rostro… y una secuencia cortada que, como los sueños, no presentó ni el principio ni fin, pero sí unió a dos de las mentes más grandes  cautivadores en el mundo del arte. 


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