I América
Me parece que no puede describirse a América, en su conjunto, como un Elíseo, pues sé muy poco de ese país desde el punto de vista corriente. No puedo dar su latitud ni su longitud, tampoco comparar el valor de sus primeras materias, ni tengo un conocimiento profundo de su política. Todas éstas son cosas que no pueden interesarnos, al menos a mí.
Lo primero que me llamó la atención cuando llegué a América fue que, así como los americanos no son los hombres más elegantes del mundo, son, indudablemente, los que van más confortablemente vestidos. Se ven individuos con ese horrible tubo de chimenea; pero hay poquísimos que no lleven sombrero. Se ven hombres que llevan ese horrible traje de etiqueta de cola de urraca; pero también se ven muchos sin él. Hay una nota de conforten el aspecto de la gente que forma un fuerte contraste con Europa, donde tropiezas continuamente con gentes vestidas con harapos.
El segundo hecho, también muy curioso es que todo el mundo corre para tomar un tren. Esta es una situación poco favorable a la poesía o a la novela. Si Romeo y Julieta se hubiesen hallado en un constante estado de ansiedad a causa de los trenes, o si hubieran tenido la cabeza trastornada por la preocupación de los billetes de vuelta, Shakespeare no podría habernos legado esas deliciosas escenas del balcón, tan emocionantes y poéticas.
Creo que América es el país con más ruido que conozco. Uno se despierta por las mañanas, no gracias al canto del ruiseñor, sino a la sirena de algún vapor o fábrica. Es raro que el sentido profundamente práctico de los americanos no haya intentado disminuir ese ruido intolerable, Todo el Arte depende de la sensibilidad exquisita y delicada, y pienso que tal torbellino ininterrumpido acabará por destruir la facultad musical, a la fuerza.
La belleza de las ciudades americanas no supera a la que hay en Oxford, en Cambridge, en Salisbury o Winchester, donde se encuentran las adorables reliquias de una época maravillosa; pero, sin embargo, puede hallarse de vez en cuando bastante belleza en dichas ciudades, aunque tan sólo allí donde los americanos no han intentado crearla. Allí donde los americanos han intentado producir belleza, han fracasado totalmente. Una de las características notablemente yanquis es la manera que han tenido de aplicar la ciencia a la vida moderna del día a día.
Esto que digo es fácil de ver en un simple paseo por Nueva York. En Inglaterra, a un inventor se lo considera casi como a un loco y, en sobrados casos, el inventor termina por desalentarse y hundido en la miseria. En América se honra al inventor, se lo ayuda, y el ejercicio del ingenio, la aplicación de la ciencia al trabajo del hombre, es allí el camino más corto hacia la fortuna. No hay ningún otro país donde la mecánica sea tan bella como en América. He creído siempre que la línea de poder y la línea de belleza no son más que una sola. Esta creencia me quedó plenamente confirmada al contemplar la mecánica americana.
Únicamente cuando vi las fábricas hidráulicas de Chicago comprendí las maravillas de la mecánica; la elevación y la caída de los vástagos de acero, el movimiento simétrico de los grandes volantes, son la cosa más magníficamente ritmada que he visto nunca. Se queda uno impresionado en América; pero impresionado desfavorablemente por la insólita grandeza de todo. Este país, a mi juicio, parece como si quisiese hacernos creer en su poder por su imponente enormidad.
Sufrí una gran decepción al ver el Niágara, lo que debe de sucederles a muchos. Allí acuden todas las recién casadas, y la contemplación de las prodigiosas cataratas representa una de las primeras y seguramente de las mayores desilusiones de la vida conyugal americana. Se ven en malas condiciones, desde muy lejos, y el punto de vista no muestra realmente la magnificencia del agua. Para apreciarla bien hay que situarse abajo, en la caída, y para esto es necesario revestir una piel engrasada y amarillenta, que es tan fea como un impermeable y que creo que ninguno de ustedes se pondrá. Resulta un consuelo saber que una artista tan importante como Sarah Bernhardt además de ponerse ese ropaje amarillo y horroroso, ha dejado hacerse una fotografía con él.
El Oeste fue, indudablemente, la parte que más me gustó de América; pero para llegar allí hay que hacer un viaje de seis días, atado a una máquina de vapor, que es una especie de puchero de hojalata. La única pequeña satisfacción que tuve durante ese viaje fue ver que los pillastres que infestan los coches vendiendo todo lo que se puede comer o lo que no se puede comer, vendían asimismo una edición de mis poemas, vilmente impresa en una especie de papel secante gris y al reducido precio de cincuenta céntimos. Los llamé y les dije que, aun cuando a los poetas les gusta ser populares, quieren también ser retribuidos, y que vender ediciones de mis poemas sin provecho alguno para mí era asestar a la literatura un golpe que podía causar un efecto desastroso entre los aspirantes a poetas.
Todos ellos me respondieron invariablemente que sacaban provecho para ellos de la venta y que esto era lo que más los interesaba.
Existe una superstición muy corriente en América: le llaman siempre extranjero al turista. A mí no me han llamado jamás así. En Tejas me llamaban capitán; cuando llegué a la región central, coronel, y al pisar la frontera mejicana, general. Pero, casi siempre emplean señor, la vieja costumbre continental.
La vida antigua del país se encuentra en las colonias y no en la metrópoli. Si se pretende comprender lo que es el puritanismo inglés, no en lo que tiene de peor (siendo, como es, muy malo), sino en lo que tiene de mejor (y entonces no resulta muy bueno), creo que no puede encontrarse mucho en Inglaterra; en cambio, se puede encontrar a cada momento en Boston y en Massachusetts.
Nosotros nos hemos desprendido de él y América, en cambio, lo ha sabido conservar, como curiosidad de bastante novedad, supongo.
San Francisco es una ciudad realmente maravillosa. El barrio chino, poblado de obreros chinos, es el sitio más artístico que jamás he visto. Sus habitantes orientales, extraños y melancólicos, que ciertas personas llaman vulgares y que realmente son muy pobres, han decidido no tener nada a su alrededor que no sea belleza. En sus restaurantes, donde se reúnen a cenar sus marineros, los vi beber té en tazas de porcelana tan delicadas como pétalos de rosa, mientras que en los suntuosos hoteles me lo servían en una taza de pulgada y media de espesor. La cuenta estaba hecha sobre papel de arroz con tinta china y en caracteres fantásticos, como si un artista hubiese grabado pajarillos en uno de sus abanicos.
En cambio, Salt Lake City sólo tiene de notable dos monumentos: el más importante es el Tabernáculo, en forma de sopera, decorado por el único artista indígena y está tratado el asunto con el mismo espíritu ingenuo de los primeros pintores florentinos, representando gentes de nuestros días con trajes de otra época, al lado de personajes bíblicos vestidos con trajes de la época renacentista.
El segundo monumento importante es el Amelia Palace, levantado en honor de una de las esposas de Brigham Young. Cuando éste murió, el presidente de los mormones se irguió en el Tabernáculo y dijo que había tenido la revelación de que era necesario construir el Amelia Palace, ¡y que no habría ninguna otra revelación sobre este asunto!
Desde Salt Lake City puede uno viajar por las grandes llanuras del Colorado y se sube a las Montañas Rocosas, en cuya cima está Leadville, la ciudad más rica del mundo. Tiene también fama de ser la más peligrosa, y todos los habitantes llevan encima un arma. Me habían dicho que si iba a ella me matarían o matarían a mi director de tournée. Escribí allí diciéndoles que nada de lo que pudieran hacer a mi director de tournée me intimidaría. La población está compuesta de mineros y de hombres que trabajan en las fundiciones; por eso les hablé de la ética del Arte. Les leí trozos escogidos de la autobiografía de Benvenuto Cellini y parecieron encantados. Me reprocharon que no lo hubiese llevado allí conmigo.
Les expliqué que había muerto hacía algún tiempo, lo cual hizo que me preguntasen: “¿Y quién le pegó el tiro?” Después me llevaron a un salón de baile, donde vi el único sistema coherente de crítica de arte. Encima del piano aparecía impreso el siguiente aviso:
QUERIDO PÚBLICO:
ROGAMOS NO SE ABALANCEN SOBRE EL PIANISTA,
YA QUE LO HACE LO MEJOR QUE PUEDE
  
El índice de mortalidad en el gremio de pianistas es asombrosa allí. Luego me invitaron a cenar y, una vez que acepté, tuve que bajar a una mina, en una artesa muy estrecha, en la cual era imposible resultar bien. Llegado al corazón de la montaña, me sirvieron la cena. El primer plato fue whisky; el segundo, whisky, y el tercero…, whisky Luego fui al teatro, donde debía dar mi conferencia, y me notificaron que precisamente antes de mi llegada, habían sido detenidos dos individuos por haber cometido un asesinato, llevados al escenario de aquel mismo teatro a las ocho de la noche y, después de juzgados, ejecutados, ante una sala rebosante. Pero encontré que fueron unos minutos verdaderamente encantadores y mucho más emocionantes que peligrosos.
Entre las gentes sureñas de más edad, pude observar una tendencia melancólica para situar todos los acontecimientos importantes antes de la guerra.
“¡Qué luna tan hermosa la de esta noche!”, dije un día a un caballero que estaba a mi lado. “Sí -me contestó-; pero ¡tenía que haberla visto usted antes de la guerra!”
Encontré la ciencia del arte tan desconocida al oeste de las Montañas Rocosas, que un aficionado a él, que había sido minero en su juventud, demandó por daños y perjuicios a la Compañía de ferrocarriles porque la reproducción en yeso de la Venus del Nilo, que había hecho traer desde bastante lejos, le había llegado a casa sin brazos. Y lo mejor del caso es que ganó el pleito y fue indemnizado con una suma de dinero nada despreciable.
Pensilvania, con sus desfiladeros de roca pura y sus paisajes selváticos, me recordó a primera vista a Suiza. Las praderas me parecieron igual que una hoja de papel secante.
Tanto los españoles como los franceses han dejado tras ellos huellas en algunos bellos nombres. Todas las ciudades que tienen nombres bonitos se los deben al español o al francés. Cierta ciudad tenía un nombre tan feo, que me negué a hablar allí. Se llamaba Grigsville. Imagínense ustedes que yo hubiese abierto allí una escuela de arte e imagínense un Grigsville primitivo e incluso algo peor: mi escuela enseñando un Renacimiento Grigsville.
Los jóvenes americanos están pálidos, son precoces, amarillos y arrogantes; pero las muchachas son encantadoras y agradables v resultan como pequeños oasis de grata inconsciencia en medio de un vasto desierto donde impera en todo el sentido práctico.
Cualquier joven americana toca a doce muchachos por barba, que le son muy adictos. Son sus esclavos, y ella los gobierna con encantadora despreocupación.
Una gran parte del sector masculino está dedicada casi exclusivamente a los negocios. Tienen, como ellos mismos dicen, su cerebro en la parte de delante de la cabeza. Acogen también con excesivo entusiasmo las ideas nuevas. La educación es eminentemente práctica. Nosotros basamos la educación infantil por entero en los libros, pues nos vemos en la precisión de dar al niño un cerebro antes de poder instruir dicho cerebro. Los niños sienten una antipatía natural hacia los libros; el trabajo manual debería servir de base a la educación. Niños y niñas deberían aprender a utilizar sus manos para hacer algo, y así serían menos propensos a la destrucción y la maldad.
Recorriendo América, ve uno que la pobreza no va unida necesariamente a la civilización. En todo caso, aquél es un país donde no hay ornato ni ostentación, ni ceremonias pomposas. No vi allí más que dos desfiles: uno, el de los bomberos, precedidos por la Policía, y otro, el de la Policía, precedida por los bomberos.
Cualquier ciudadano, al cumplir los veintiún años, tiene derecho a votar y adquiere, por eso mismo, al instante su educación política. Los americanos son el Pueblo, políticamente, mejor educado del mundo. Vale la pena ir a un país que puede enseñarnos la belleza de la palabra LIBERTAD y el valor real de ese concepto.
II El hombre americano
Una de nuestras más queridas duquesas preguntaba el otro día a un distinguido viajero si existía en realidad eso que llaman el hombre americano. Y para poder justificar su pregunta decía, explicándola, que si bien conocía muchas mujeres americanas encantadoras, jamás había conocido padres, abuelos, tíos, hermanos, maridos, primos o simplemente parientes varones de ellas.
La respuesta exacta que recibió la duquesa no es digna de ser citada o reproducida aquí, pues adoptó la forma deprimente de una información útil y precisa; pero no se puede negar que el tema resulta interesantísimo, si observamos el curioso hecho de que, en lo referente a relaciones exteriores, la invasión americana ha sido casi siempre de un carácter marcadamente femenino.
A excepción del embajador de los Estados Unidos, personaje que es siempre bien acogido en todas partes, y de algún elegante advenedizo de Boston o del Far-West, ningún hombre americano hace vida social en Londres. Sus compatriotas femeninos, con sus toilettes maravillosas y su conversación mejor todavía, brillan en nuestros salones y encantan nuestras comidas; nuestros jóvenes gentlemen quedan esclavizados por su admirable cutis y nuestras bellezas envidian su notable ingenio; pero el pobre hombre yanqui queda siempre relegado a último término, sin elevarse jamás por encima del nivel del turista. De vez en cuando, aparece fugazmente en el parque y resulta un poco chocante con su larga levita de paño negro lustroso y su sombrero blando tan práctico; pero su sitio favorito es el Strand y el American Exchange, que él es como se imagina el cielo. Cuando no se mece rockingchair con un puro en la boca, recorre las calles con un saco de mano, adquiriendo, gravemente todos nuestros productos e intentando entender a Europa entera a través de los escaparates de sus tiendas. Se parece al hombre sensual, medio, de Renán; o al filisteo de la clase media de Arnold.
El teléfono es imprescindible para él, y sus más audaces sueños utópicos no pasan nunca del ferrocarril aéreo y de los timbres eléctricos. Su placer principal consiste en caer sobre algún extranjero desprevenido o sobre algún compatriota afín, para dedicarse entonces al juego nacional de las “comparaciones”.
El americano, con una ingenuidad y una despreocupación totalmente encantadoras, compara gravemente el Palacio de Saint-James con la gran estación central de Chicago, o la Abadía de Westminster con las cataratas del Niágara. El volumen constituye su canon de belleza, y la altura, su patrón por excelencia. Para él, la grandeza de un país estriba en el número de kilómetros cuadrados que tienen de superficie; y jamás se cansará de decir a los criados de su hotel que el Estado de Tejas, él solo es más grande que Francia y Alemania juntas.
Pero, en general, el americano se siente más feliz en Londres que en cualquier sitio de Europa. Allí puede hacer siempre algunos conocimientos y, en general, hablar el idioma. En el extranjero es hombre al agua. No conoce a nadie, no entiende nada y lo recorre todo, paseándose de una manera melancólica, tratando al Viejo Mundo como si fuese un almacén de Broadway y cada ciudad un mostrador de productos de pacotilla. Para él, el Arte no encierra ningún maravilloso misterio, ni la Belleza tiene sentido, ni el Pasado le trae mensajes de ningún tipo.
Él piensa que la civilización empezó con el descubrimiento del vapor, y mira con desprecio todos los siglos que no han tenido calefacción central en sus viviendas. La ruina y la decadencia producidas por el paso del tiempo no lanzan para él ningún llamamiento patético. Se aleja de Rávena porque en sus calles crece la hierba y no encuentra ni asomo de belleza en Verona porque sus balcones están llenos de herrumbre. Su único deseo es restaurar toda Europa. Se muestra severo con los romanos modernos porque no encierran el Coliseo en una vitrina de cristal y no lo utilizan como almacén de materias primeras. En resumen: es el Don Quijote del sentido práctico; pero es tan utilitario, que él mismo resulta inútil. No es nada deseable como compañero de viaje, porque parece siempre fuera de sí y se siente deprimido muy a menudo. Realmente, se moriría de aburrimiento si no estuviese en constante comunicación telegráfica con Wall-Street; y la única cosa que puede consolarlo de haber perdido un día en un museo de arte es un número del New York Herald Boston Times. Y, finalmente, después de mirarlo todo y no haber visto nada, vuelve a su país tan contento.
En su medio natural resulta delicioso, pues lo más extraño del pueblo americano es que las mujeres resultan más encantadoras cuando están fuera de su país y los hombres, al contrario.
En su país, el americano es el mejor de los compañeros, de igual modo que el más hospitalario de los anfitriones. Los muchachos son particularmente agradables, con sus bellos ojos brillantes, su energía incombustible y su divertida habilidad. Se lanzan a la vida mucho antes que nosotros. A una edad en que nosotros somos aún boys en Eton o Jadies en Oxford, ellos ejercen una profesión importante, haciendo del dinero un complejo negocio. Adquieren la verdadera experiencia con tanta antelación a nosotros, que no son nada torpes ni tímidos y no dicen tonterías jamás, salvo cuando nos preguntan la diferencia que hay entre Hudson y el Rín, o si creemos que el puerto de Brooklyn es más impresionante que la cúpula de Saint Paul. Tienen una educación totalmente diferente de la nuestra. Conocen a los hombres mucho mejor que los libros, y la vida los interesa más que la literatura. No tienen tiempo de estudiar nada más que los mercados bursátiles, ni ratos libres para leer más que periódicos. A decir verdad, sólo las mujeres americanas tienen ratos de ocio, y como resultado necesario de ese curioso estado de cosas, no es dudoso que de aquí a un siglo toda la cultura del Nuevo Mundo estará en enaguas. Pero, aunque esos jóvenes especuladores y tan sagaces, puedan ser a veces algo incultos, según lo que nosotros entendemos por cultura, es decir, como conocimiento de lo mejor que se ha pensado y que se ha dicho en el mundo, no por eso resultan, en modo alguno, fastidiosos. El americano no es estúpido. Muchos americanos son horribles, vulgares e impertinentes, lo mismo que muchos ingleses; pero la estupidez no es uno de los vicios nacionales. Realmente, en América no hay salida posible para un imbécil. Ellos piden incluso a un limpiabotas que tenga cerebro y lo más curioso es que lo consiguen.
En cuanto al matrimonio, es una de las más puras instituciones para el hombre americano. Se casa pronto y la mujer americana se casa a menudo; y se entienden extraordinariamente bien. Desde la infancia el marido ha sido educado conforme al sistema muy perfeccionado del “sal a buscar y trae algo”, y su respeto al sexo débil tiene cierto tono de caballerosidad obligatoria; mientras que la mujer ejerce un despotismo absoluto, basado en el aplomo femenino y suavizado por el encanto de su sexo. En general, el gran éxito del matrimonio en los Estados Unidos se debe, en parte, a que el hombre americano no es ocioso y en parte también a que ninguna esposa americana se hace responsable de la calidad de la alimentación de su marido. En América, los horrores de la vida doméstica son casi desconocidos. No hay riñas por la sopa ni peleas por el primer plato, y como, por medio de una cláusula inscrita en todo contrato matrimonial, el marido se compromete solemnemente a usar botones de muelle y no botones ordinarios para sus camisas, uno de los principales motivos de discordia en la vida de la clase media queda suprimido casi en su totalidad. También la costumbre de residir en hoteles o pensiones de familia anula esos monótonos tête-á-tête que son el sueño de los novios y la desesperación de los hombres casados.
Por vulgar que pueda parecer una mesa redonda, es preferible, en todo caso, a ese eterno dúo sobre cuentas y bebés en que incurren James y Beatrice con tanta frecuencia, cuando uno de ellos ha perdido su ingenio y la otra su belleza. Hasta la libertad del divorcio en América, por criticable que pueda parecer en algunos puntos, tiene, al menos, el mérito de aportar al matrimonio un elemento novelesco de incertidumbre y misterio. Cuando las personas están unidas para el resto de sus vidas, consideran demasiado a menudo las buenas maneras como algo superfluo y la cortesía como una cosa poco útil; pero si el lazo puede ser roto con facilidad, su misma fragilidad constituye su fuerza y recuerda al marido que siempre debe procurar agradar, y a la esposa que jamás debe dejar de ser una mujer fascinante.
La consecuencia de esta libertad, o quizá a pesar de ella, los escándalos son muy raros en América, y si hay alguno, es tan grande la influencia sobre la sociedad, que no se perdona jamás al hombre. América es el único país del mundo donde no se aprecia a Don Juan y donde no se tiene simpatía por George Brummel, el dandy.
Así pues, en su conjunto, el hombre americano en su tierra es una persona dignísima. Sólo tiene un aspecto desilusionante. El humor yanqui es una pura invención del turista: no existe. A decir verdad, lejos de tener humor, el hombre americano es el ser más normalmente serio que existe. Dice que Europa es vieja pero es él y sólo él quien no ha sido joven jamás. No sabe nada de la irresponsable ligereza de la infancia, de la graciosa inconsciencia del espíritu animal. Él ha sido siempre prudente y práctico, y paga una multa abrumadora por no haber cometido nunca ningún pecado. Justo es consignar que puede exagerar; pero hasta su exageración tiene una base racional. No está fundada en el talento o en la fantasía; no brota de una imaginación poética; es simplemente un serio intento por parte de la lengua para estar en armonía con la enorme superficie del país. Es evidente que allí donde se necesitan veinticuatro horas para atravesar una sola parroquia y siete días consecutivos de tren para no faltar a una comida en otro Estado, a la que se ha comprometido uno a asistir previamente, los recursos ordinarios de la oratoria humana resultan completamente insuficientes para el esfuerzo que se les pide y es necesario inventar nuevas formas lingüísticas y nuevos sistemas de descripciones imaginadas. Pero ello se debe únicamente a la influencia fatal de la geografía sobre los adjetivos, pues el hombre americano humorista, por naturaleza, no lo es. Verdad que cuando nos lo encontramos en Europa en conversación, nos mantiene en constante hilaridad; pero es tan sólo porque sus ideas resultan incongruentes por completo en un ambiente europeo. Colóquenlo en su propio ambiente, en medio de la civilización que se ha creado para él y de la vida que es obra de sus propias manos, y esas mismas observaciones suyas no provocarán ni una sonrisa. Habrán pasado ya a la categoría de verdades insignificantes o de observaciones discretas; y lo que parecía una paradoja cuando lo escuchábamos en Londres, se convierte en algo vulgar cuando lo leímos en el Milwaukee. Europa aún no ha sido perdonada por América; la odia en cierta manera por haber sido descubierta un poco antes en la Historia que ella. Y, sin embargo, ¡cuán inmensas son sus obligaciones para con nosotros! ¡Qué colosal su deuda! Para tener fama de humoristas, sus hombres tienen que venir a Londres; para hacerse célebres por sus toilettes, sus mujeres tienen que hacer sus compras en París.
Pero, a pesar de que el americano no sea humorista, sí que es un ser innegablemente humano. Se da perfectamente cuenta del hecho de que hay mucha naturaleza humana en el hombre, y procura agradar a todo extranjero que llega a sus costas. Se halla saludablemente libre de todos los viejos prejuicios; considera las presentaciones como restos de la etiqueta medieval, y se las arregla de tal modo, que cada visitante fortuito puede creerse que es el huésped dilecto de esa gran nación. Si la muchacha inglesa se lo encontrase en sociedad, se casaría con él; y si se casase con él, sería feliz. Pues por atolondrado que pueda parecer en sus poses y por falto de la pintoresca insinceridad novelesca que pueda hallarse, es amable en todo momento y atento y ha logrado convertir su propio país en el Paraíso de las Mujeres.
A pesar de que sea ésta, posiblemente, la razón por la que las americanas, como Eva, continuamente desean salir de él.
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