Bandari significa “puerto” en persa y entre otras cosas es un género musical originario del sur de Irán y la zona del golfo pérsico. Se trata de una música mestiza africana, árabe y persa que se baila, se marca por el ritmo de la percusión y en muchas ocasiones se acompaña de palmas. Sus instrumentos principales son percusión y una especie de gaita hecha con piel de chivo llamada Ney-anbān.

No recuerdo cuando topé con esta música pero fue producto de una de esas borracheras de youtube, de enlace en enlace uno sabe dónde empieza pero no donde acaba y por ahí acabaría más o menos, en la región de Hormozgan.

El bandari es ante todo música popular, mestiza y multicultural; originaria de los enclaves costeros de Persia, zona del mundo donde todo parece tomar un cariz ancestral, milenario. Como lo es la navegación en estas costas desde los tiempos de Ur y Acad y sus redes comerciales con la civilización del valle del indo. También personajes como Simbad el Marino, surgen de estas aguas. Originario del puerto de la actual ciudad iraquí de Basora. Seguro que bajo las velas de su barco sonaban ritmos similares. La evidencia más palpable de la tradición marinera persa o iraní son seguramente las comunidades de los shirazi, población que en algún momento de la historia llegó de la ciudad iraní de Shiraz al Este de África, donde se asentaron en la costa Suajili de Kenia y Tanzania, especialmente en la isla de Zanzíbar donde viven y mantienen sus rasgos culturales.

Como en todos sitios el intercambio cultural suele ser de ida y vuelta. Con las mercancías viajan personas y con las personas viajan tradiciones, costumbres, músicas y otras maneras de entender la vida. Sin embargo, no siempre estos intercambios son tan halagüeños y equitativos. Como en otras partes del mundo la influencia africana y por ende su música entró con grilletes y a la fuerza. El índico y Oriente Medio no fueron ajenos al tráfico de esclavos y miles de ellos fueron vendidos en la ciudad de piedra de Zanzíbar por árabes y también shirazis, todo sea dicho. Su destino fue Oriente Medio, el extinto Imperio otomano y también Irán. No es casualidad que sus descendientes, los orígenes afro iraníes, en su gran mayoría se encuentren en las regiones costeras del sur, la tierra del bandari.

De la diáspora africana y de los elementos árabes y persas surgió una tradición musical considerada como un género menor sin el prestigio y el reconocimiento de otras músicas del país mucho más vinculadas al legado Persa y a su exaltación. Ese menosprecio por parte de los eruditos del discurso monocultural no ha evitado que se popularice en los últimos años especialmente entre la diáspora iraní creando un género prácticamente nuevo, fusionando ritmos del bandari tradicional con una base pop y “dance” dando paso a una versión algo descafeinada donde se canta sobre los tópicos que los iraníes asocian al sur; mar, calor, amor, etc.

Así lo explica Saeid Shanbehzadeh virtuoso del ney-anban y uno de los máximos exponentes del bandari fuera de Irán.

En este contexto, el afroiraní, es despojado de cualquier complejidad cultural y se limita a cumplir con el cliché “tropical” y del africano, desinhibido y simplón, estas connotaciones se plasman en su música reducida a ser feliz y despreocupada. De esta manera, y debido a su supuesta futilidad se justifica su mínima representación en la sociedad, donde la voz de las numerosas minorías del país y la patente multiculturalidad se acalla bajo el discurso persa.

El histórico ninguneo a los afro descendientes y el hipócrita menosprecio a su legado cultural nos es familiar en otras latitudes. Así como también lo es la imposición de un discurso cultural por el grupo étnico predominante, protagonista en el relato nacional.

Al fin y al cabo el bandari no es más que la voz de la historia de los olvidados. La música de las historias cantadas junto al fuego por esclavos, comerciantes, pescadores y gente anónima que navega por las turbulentas aguas globales de la modernidad.

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