En un período de desintegración cultural, como el que vivimos hoy en Occidente, no es fácil calcular el valor del talento individual. Algunos artistas tienen claramente más talento que otros, y se espera que quienes entienden profundamente el medio en el que operan sepan distinguir entre los más y los menos dotados. A la mayor parte de la crítica contemporánea solo le interesa establecer esta distinción; en general, el crítico actual acepta los objetivos del artista (siempre que no supongan un desafío a su propia función) y se concentra en la facilidad o la aptitud con las que los persiguen, o la carencia de las mismas. Pero esto elude la cuestión principal: ¿hasta qué punto puede el talento librar al artista de reflexionar sobre la decadencia de la cultura a la que pertenece, hasta qué punto puede eximirlo de cuestionarla?

Puede que nuestra obsesión con el genio, en contraposición al talento, sea una reacción instintiva a este problema, pues por definición el genio es una persona que supera de un modo u otro la situación que hereda. Para el propio artista, el problema es con frecuencia profundamente trágico: esta era la cuestión que obsesionaba a hombres como Dylan Thomas y John Minton. Posiblemente también obsesionaba a Jackson Pollock, y puede explicar, en parte, por qué dejó prácticamente de pintar en los últimos años de su vida.

Pollock tenía mucho talento. A algunos les sorprenderá oírlo. Ya hemos visto las consecuencias de las hoy famosas innovaciones de Pollock: los miles de lienzos tachistas y de action painting toscamente, arbitrariamente, cubiertos de pintura, casi se diría que “atacados” con pintura. Ya conocemos la leyenda que envuelve su método de trabajo: dejar gotear la pintura o lanzarla directamente desde la lata sobre el lienzo dispuesto en el suelo, el delirio del viaje del artista hacia lo desconocido, etc. Hemos leído las pretenciosas cábalas escritas en torno al tipo de pintura al que Pollock dio vida. Qué sorprendente resulta entonces enterarse de que fue un artesano de lo más puntilloso, sensible y “encantador”, con más afinidades con un artista como Aubrey Beardsley que con cualquier iconoclasta furioso.

Sus mejores lienzos son grandes. Cuando te pones delante de uno ellos, ocuparán todo tu campo de visión: grandes muros de nebulosas de color plata, rosa, oro nuevo y azul pálido vistas a través de unas densas madejas de líneas veloces, oscuras o claras. Es cierto que estas pinturas no están compuestas en el sentido renacentista del término; no tienen un centro focal hacia el que se dirija el ojo, o se aleje de él. Están diseñadas como patrones planos continuos, perfectamente unificados sin el uso de motivos repetitivos obvios. No obstante, su color, la consistencia del gesto, el equilibrio de sus pesos tonales son prueba de un talento pictórico natural. Estas mismas cualidades revelan que el método de trabajo de Pollock le permitió, en relación con lo que quería hacer, tanto control como, pongamos por ejemplo, el que el método impresionista permitía a los impresionistas.

Pollock, pues, tenía unas dotes pictóricas excepcionales, y sus cuadros pueden deleitar al ojo sofisticado. Si se transformaran en diseños textiles o en papeles pintados, también podrían gustar al ojo no sofisticado. (Solo el ojo sofisticado puede disfrutar de una calidad aislada, individual, separada de cualquier contexto normal y buscada por sí misma, en este caso la cualidad de la decoración abstracta.) Pero ¿podemos dejar ahí el asunto?

Imposible. En parte, porque su influencia en cuanto que figura representativa de algo más que eso constituye hoy un hecho demasiado acuciante para poder ignorarlo, y, en parte, porque sus cuadros deben verse también —y probablemente así fueron concebidos— como imágenes. ¿Cuál es su contenido? ¿Qué significan? Un comisario de arte muy conocido, al que vi en la galería, me dijo: “Son tan elocuentes”. Pero esto, por supuesto, era un ejemplo más de esa manera estúpida de poner del revés los adjetivos cualitativos, algo constante hoy, ya que todo el mundo se quiere apropiar del vocabulario común para su uso personal y único. Estos cuadros carecen de significado alguno, pero su manera de no tenerlo es significativa.

Imaginemos a una persona criada desde su nacimiento en una celda blanca, de modo que nunca ha visto nada más que el crecimiento de su cuerpo. Y entonces imaginemos que de pronto le dan unos palitos y unas pinturas de llamativos colores. Si fuera una persona con un sentido innato del color y de la armonía, cubriría las paredes de su celda de la misma manera que Pollock pintaba sus lienzos. Querría expresar sus ideas y sentimientos sobre el crecimiento, el tiempo, la energía, la muerte, pero carecería de un vocabulario visto o recordado de imágenes visuales con el que hacerlo. No tendría nada más que los gestos que podría descubrir en el acto mismo de aplicar sus marcas de color en las paredes blancas. Estos gestos pueden ser apasionados y frenéticos, pero para nosotros podrían no significar sino el trágico espectáculo de un sordomudo intentando hablar.

Yo creo que Pollock, en su imaginación, en su subjetividad, se aisló casi hasta ese punto. Se diría que sus cuadros son imágenes pintadas en las paredes de su mente. Y el atractivo de su obra, especialmente para otros pintores, es del mismo tipo. Su obra equivale a una invitación: olviden todo, sepárence de todo, habiten en su celda blanca y —la paradoja más irónica de todas— descubran el universal que hay en vosotros, pues son universales en su mundo propio.

El problema constante al que se enfrentan los artistas occidentales es encontrar temas que puedan conectarlos con su público. (Y por tema no me refiero a un asunto concreto como tal, sino a la evolución de su relevancia como tema.) Pablo Picasso y los pintores mexicanos le influyeron al principio de su carrera. Se inspiró mucho en ellos, estilísticamente, y en su fervor, que le sirvió de sostén artístico, pero por más que lo intentó no consiguió hacerse con sus temas, sencillamente porque no eran aplicables a su visión personal de la situación social y cultural en la que estaba. En su desesperación, acabó por convertir en tema la imposibilidad de encontrar un tema. Teniendo la capacidad del habla, actuaba como un mudo. (Un poco en esto como James Dean.) Teniendo como tenía toda la libertad y todos los contactos, se condenó a sí mismo a la reclusión en la celda blanca. Intentó perder todos los recuerdos y las inumerables referencias al mundo exterior que poseía. Y habiendo echado por la borda todo lo que pudo, intentó preservar solo su conciencia de lo que sucedía en el acto de pintar, ese momento.

De no haber tenido el talento que tenía, esto no sería así de claro; en su lugar, sencillamente se hubiera considerado que su obra era incompetente, irrelevante o falsa y se la hubiera desechado sin más. Pero el talento de Jackson Pollock hizo que su obra fuera relevante. A través de ella se percibe la desintegración de nuestra cultura, pues naturalmente lo que acabo de describir no fue un plan consciente y deliberado; era la consecuencia de suscribir y de guiarse por cosas tales como el papel del sujeto, la naturaleza de la historia y la función de la moralidad, que no son más que una manera de engañarnos.

Y puede que hayamos llegado a algo parecido a una respuesta a la cuestión que planteaba al principio. Si un artista de talento no puede ver o pensar más allá de la decadencia de la cultura a la que pertenece, si la situación es tan extrema como la nuestra, su talento solo revelará negativamente, pero de una forma extraordinariamente vívida, la naturaleza y el alcance de esa decadencia. En otras palabras, su talento revelará hasta qué punto ha quedado desaprovechado.

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