Que Nicolás Maduro es una especie cercana al dictador tradicional latinoamericano es un hecho prácticamente irrefutable: el aun presidente venezolano ha hecho méritos para mercerse el mote y pocos podrían defender con hechos que su gestión está limpia de autoritarismo. 

Ahora bien, el odio al heredero de Hugo Chávez ha torcido la interpretación de la realidad venezolana a un punto en el que cualquiera que se atreva a cuestionar las ficciones opositoras es, sin duda, un súbdito del oficialismo. Una muestra más de cuán torcida está la realidad del otrora paraíso caribeño. 

Así, la desinformación ha convertido al espacio mediático en otro campo de batalla donde no caben dudas: la responsabilidad de la crisis humanitaria del país está de lado y lado, según el lector y sus receptores. La objetividad es un bien tan escaso como las medicinas y el opositor que se atreva a dudar de las versiones opositoras será enviado de un plumazo retórico al otro lado del espectro político por el mero hecho de ejercer su sagrado derecho al tomasismo de la duda: no falta quien se atreve a cuestionar la objetividad por no insistir en que la dictadura es dictadura.

De esa corriente de la rabia se desprenden falacias tan bobitas como las que insisten en que diarios del corte del New York Times son amigos del chavismo por mostrar un video sin edición en que los seguidores de Juan Guaidó queman la ayuda humanitaria en pleno show de intervención. Es que nada que pueda parecer un salvavidas para el régimen puede validarse: el plano del discurso está secuestrado: en un ejercicio del Jesús aplican: el que no está conmigo está en mi contra.

Y una realidad tan dura permite que no falte el defensor de la falacia: no puedes defender al régimen así tenga la razón. No puedes ejercer la libertad de la verdad porque hasta la mentira sirve para acabar con un imperio tan terrible. No puedes ser crítico con los que no son chavistas porque todo aquel que no lo sea es un aliado para la caída del terror. 

“Y por la vastedad del vacío van, ciegas las nubes de la tarde, como barcas perdidas que escondieran estrellas rotas en sus bodegas” decía Neruda en ese poemita Tengo Miedo. Y miedo habría que tener en un país donde los colores primarios dejaron de mezclarse y el rojo con amarillo solo producen rojo o amarillo. El tiempo de los naranjas está terminado. 

La verdad es otra víctima. 

El problema que aquel bosque de problemas no deja ver es el futuro: la caída de una dictadura no supone algo mejor. En los papeles todo puede ser mejor que Maduro y su pandilla, pero solo por ser el final de algo que a la vez sería el comienzo de un incierto. Duda que el común de Venezuela acepta porque esta realidad terrible es conocida y la incógnita de algo peor desconocido al menos tiene el brillo de la novedad. 

Cuidado: el camino pavimentado de mentiras de una nueva vida puede ser el espejismo de un terror por estrenar. Alguien alumbraba aquella paradoja en que la sociedad se lamentaba por el apagón de un servicio eléctrico que no tenía que pagar. El futuro puede ser costoso y aunque en la esperanza de lo nuevo brille la ilusión, las mentiras suelen durar poco y en ese blanco y negro de la realidad puede ocultar la pérdida de la objetividad.

Hoy en día, los venezolanos no aceptan versiones que no cuadren con las suyas. No importa la verdad. Importa su construcción. Y cuando Maduro caiga, porque caerá, esa mala costumbre puede poner en riesgo el proceso de democratización en el que lo que no nos gusta también existe. 

Entonces viene un punto curioso: la verborrea crítica contra el autoritarismo se convierte en otra dictadura. El imperio de la verdad que no soporta pedradas. Que no aguanta el disenso porque hay un objetivo superior a completar. Mientras exista una dictadura, la mentira es herramienta, creen algunos sin entender el error en la erosión de la verdad. Extremos que se tocan con la salvedad de la violencia. Pero ¿qué pasará cuando esta borrachera acabe y la resaca de una nueva patria tenga el mareo de las cosas que no son? 

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