Cada vez usamos menos la ropa que compramos. Y el dato es importante, pues habla no solo del apetito voraz por el consumo, también del impacto ambiental que esto tiene. La Fundación Ellen MacArthur, una de las organizaciones más volcadas en investigar nuevos modelos de negocio que sean más inteligentes y menos consumidores de recursos, ha estudiado la evolución de cuántas veces nos ponemos una prenda antes de tirarla a la basura: ha disminuido un 36,3% en todo el mundo entre 2002 y 2016.

Claro que luego hay diferencias según las regiones. En China, donde se está imitando el estilo de vida y de consumo de los países ricos de Occidente, esta media se ha disparado. Si una persona se ponía una prenda 206,4 veces en 2002, quince años después ha bajado a 62. Sin embargo, Estados Unidos, es el reino del ‘fast fashion’, como se ha llamado a la industria textil convencional por trasladar el modelo de la ‘comida basura’ a la ropa que nos ponemos cada día: barata y de baja calidad, lo cual influye en su menor duración. En 2002, un estadounidense se ponía una prenda 41,4 veces; quince años después, 34,6. Europa es la que mejor parada sale en esta comparación, pues de 102,5 ocasiones se ha pasado a 95,6.

Evolución del uso de la ropa entre 2002 y 2016.

Desde la isla de Wight, al sur de Reino Unido, donde está la sede de la fundación, la analista Laura Balmond, una de las responsables del estudio A new textiles economy, explica cómo se ha llegado a estas conclusiones: “Por un lado, analizamos el ritmo al que crece la población en las distintas regiones y lo comparamos con la evolución de las ventas. Por ejemplo, en China, mientras la población ha crecido a un ritmo del 0,5%, el mercado de la ropa lo ha hecho al 60% ó 70%”. Esto significa que prácticamente el mismo número de personas adquiere mucha más ropa.

Después, estimaron la cantidad de prendas que solemos llevar cada día en función del lugar donde vivamos. Como explica Balmond: “En Europa, por ejemplo, estas suelen alcanzar cinco o seis”. Esta información se extrapoló después a una media anual. 

Los analistas de este trabajo concluyen que, para darle la vuelta a esta tendencia, el reto de los mercados maduros como el europeo es que la gente deje de percibir la ropa como un bien de consumo “desechable”. Sin embargo, en los países emergentes, donde el nivel de renta aumenta, se trata de “mantener el nivel de uso de la ropa a medida que los ingresos suben y la clase media se expande”.

Y añaden algo más: proponen crear una nueva economía de la ropa, en la que se limite la compra de prendas de vestir a aquellas que sean de buena calidad y duraderas, y que se hagan cada vez más habituales los servicios de suscripción y tiendas de segunda mano.  

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