Ningún hierro puede despedazar tan fuertemente el corazón como un punto puesto en el lugar que le corresponde”.-Isaak Babel

Me pasa cuando me cruzo en la calle con una escena particular, cuando echo un vistazo breve pero sugerente a una vida ajena. Por ejemplo, me pasó hace poco cuando salí a fumar un cigarrillo nocturno, enfrentándome al frío bogotano de estas fechas, y, como siempre, la mirada se descuida y se deja llevar por todo lo que va pasando. Finalmente me centré en un coche parqueado, un Caprice de los ochenta con la pintura desconchada y el asiento reclinado. Duerme en él hombre de por lo menos 60 años, canoso, de cara rasposa, con un periódico en el pecho y la boca abierta. Atrás suyo está sentada una señora con un grueso abrigo, tiene los brazos cruzados y la mirada perdida en el asfalto. Están parqueados en la parte oscura de la calle, con las luces apagadas y los vidrios abajo. Segundos antes de notarlos, el farol más cercano se apagó de un chispazo. Están ahí por algo pero tardo en entender. Pasó una ambulancia que me recordó que en esa calle hay una clínica de maternidad y luego se dibujó en mi mente el resto de la historia. La señora con cara intranquila espera las buenas o malas noticias que puedan traerle de la clínica. El hombre que duerme con la boca abierta quizá no pudo con el cansancio del trabajo, pero fue a ver nacer a su nieto. Y así me esfuerce como pueda tratando de adentrarme más en esa escena, indagando más en sus miradas, en sus arrugas y en el aire que los rodea, pienso: “Carver haría magia con esto”.

Siempre he tratado de explicarme cómo lo hace y siempre termino absorto leyéndolo, pensando que nació con un don, algo inalcanzable. Él podía ver más allá de las vidas de las personas, más allá de la carne. En lo que narra Raymond Carver, se perfila el género humano y, en pocos detalles, captura sentimientos muy poderosos. Pura poesía.

Ese afán de explicarme su magia me obligó a indagar más sobre él y con eso terminé de asociar cómo es que la vida de Carver se cuela en toda su escritura. En 1938 nació en el seno de una familia de la clase obrera estadounidense y se crio en los suburbios de Yakima, Washington, una ciudad rural. Su padre, Clevie Raymond Carver, trabajaba en un aserradero y su madre, Ella Beatrice Casey, tuvo varios empleos sin durar mucho en ninguno. Su madre sufría de los nervios, guardaba el jarabe que le habían prescrito debajo del lavabo de la cocina, junto al scotch del que Carver padre abusaba. Su padre tuvo problemas con la bebida igual que él. Con una ligereza tremenda, casi infantil, narra en un ensayo personal los esfuerzos de su madre por vaciar las botellas de ese whiskey, una sustancia espantosa que no imaginaba a nadie bebiendo. Carver se consideraba un reflejo de esa figura paterna que nunca pudo entender del todo, con sus mismas debilidades. Reflexionando al ver una foto del viejo Clevie en su juventud, escribió: “Cada cierto tiempo la miraba cuidadosamente, tratando de entender cosas sobre mi padre, y tal vez sobre mí mismo en el proceso. Pero no podía. Mi padre seguía alejándose de mí, cada vez más, perdiéndose en el tiempo”. El viejo solía contarle historias de cacería, de pesca, de su infancia y del abuelo, y a la larga, él considera que eso fue lo que lo envolvió con la idea de ser escritor. Cuando Carver estaba recién graduado del bachillerato, su padre abandonó el trabajo en el aserradero y viajó a otra ciudad por una mejor paga. Él ya tenía una vida planeada con la mujer que amaba y una familia en camino. Un accidente dejó a su padre en cama y le alertaron a él y a su madre, ambos viajaron y lo encontraron demacrado por la enfermedad y la bebida. Se instalaron a vivir con él, en una casa rodante de la compañía, y Carver empezó a trabajar en el aserradero con su padre. Odió el trabajo desde el primer día pero pasó tiempo con el viejo, compartiendo su oficio. Trabajó lo suficiente como para comprar un carro (unos seis meses) y volvió a su ciudad a buscar a su mujer, Mary Ann Burk, con quien se casó y tuvo dos hijos en un lapso de dos años. Si contamos el nacimiento de ambos niños, habríamos recorrido apenas de 19 años de la vida de Raymond Carver.

Hablamos de un hombre que a los 18 años ya cargaba con la preocupación de mantener un hijo y sostener un techo, junto a su esposa. Él reconoce que solo cuando empezó a regir su propia vida, se encontró con situaciones dignas de convertirse en literatura. En su ensayo Fires, escribió: “La mayoría de las cosas que ahora me parecen material para cuentos me ocurrieron luego de que tuviera veinte años. Realmente no recuerdo mucho sobre mi vida antes de ser padre. Realmente no siento que haya pasado algo en mi vida hasta cumplir veinte, casarme y tener a los niños. En ese momento, las cosas empezaron a suceder”. Él plasmó los sentimientos y angustias del americano trabajador promedio porque vivió en carne propia muchas de sus facetas. Sus personajes se esfuerzan como pueden a pesar de vivir emocionalmente frustrados o en condiciones económicas sofocantes. A veces tienen esperanza, viven a la espera de una paga que está por venir o de una respuesta que necesitan con urgencia, viven como si algo mejor estuviera por pasar pero enfrentando una realidad que les grita lo contrario. Carver vivió así.

Durante casi dos décadas se limitaron a vivir con lo justo porque no había para más. Su esposa trabajó como mesera y vendedora de puerta en puerta, entre otros “trabajos de pacotilla”, mientras que Carver dice haberlo hecho todo. “Nómbralo, lo hice”. Aserrador, conserje, entregas a domicilio, despachador de gasolina. En “Fires” menciona como insólito un verano en el que trabajó recogiendo tulipanes en el día y limpiando un restaurante en la noche. En el par de horas libres que tenía al llegar a su casa se dedicaba a escribir cuentos y poemas, cualquier intento de escribir algo de mayor extensión lo exasperaba, necesitaba algo que pudiera captar su atención e interés y terminarlo en una o dos sentadas en la máquina de escribir, el tiempo no le daba para más. En cambio, la reescritura de sus textos era indispensable y placentera, Carver no apresuraba por nada el acto de reescribir sus cuentos y podía hacerlo muchas veces: “La escritura inicial me parece el momento más duro que tengo que pasar para divertirme luego. La reescritura es algo que me encanta hacer. (…) Quizá la reescritura sea un acercamiento gradual a la pulpa del relato. Tengo que seguir intentándolo para ver si puedo extraerla. Se trata más de un proceso que de algo fijado como definitivo.”, escribió en su ensayo “On rewriting”.

Además de esta precariedad, también tuvieron una vida de nómadas, mudándose al menos a diez ciudades norteamericanas en un lapso de 10 años, persiguiendo un sueño que lastimosamente, y así lo dice Carver, nunca se llegó a concretar. Él y su esposa siempre pensaron en los estudios como una puerta a una vida mejor. Consideró fundamentales para su estilo las clases de escritura de ficción que tomó del escritor, y más adelante su amigo, John Gardner. Se mudaron de Yakima a Paradise, California con el propósito de que Carver viera el curso de Gardner en la Chico State College. Luego siguió estudiando en la Humboldt State College, en Arcata, California, donde obtuvo su título en Estudios Generales en 1963. Fueron días de estudiar de día y trabajar de noche. Un profesor lo recomendó para que cursara la beca del Iowa’s Writers Workshop y se mudó para allá con su familia. Estudió por un año recibiendo un pago total de 500$, pero los sueldos de él y su esposa y su dificultad para adaptarse no lo motivaron a cursar el segundo año necesario para la culminación.

En 1960, Carver trabajó como editor de Selection, la revista literaria de la Chico State College, fundada por él mismo y su compañera de clases, Nancy Parke. Para el lanzamiento, Carver contactó a uno de sus héroes, William Carlos Williams, y logró que le mandara un poema inédito para incluir en la publicación. En la segunda edición, Carver publicó su primer cuento, The Furious Seasons, con un estilo muy influenciado por Faulkner. Luego, publicó sus trabajos en Toyon, la revista de la Humboldt State College, de la cual también fue editor en 1963 en uno de sus números. En Toyon, Carver publicó cuatro cuentos, uno en 1961 y tres más en 1963, en esa edición adoptó el seudónimo de John Vale para publicar el cuento The Aficionados, una sátira de Hemingway y su adoración por las corridas de toros y el heroísmo de sus silenciosos protagonistas. Ese mismo año publicó en otras dos revistas universitarias, un cuento en Carolina Quarterly y otro en Western Humanities Review.

De Iowa regresaron a California, esta vez Sacramento, y trabajó brevemente en una biblioteca. Tomó un trabajo nocturno de conserje en una clínica, le satisfacía mucho que de todo el turno solo tuviera que realizar tres horas, quizás un poco más, y luego podía irse a casa, dormir bien y trabajar sus historias en la mañana. En 1966, la revista December publicó su cuento “¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?”, y un año más tarde, el editor de esa revista, Curt Johnson, lo sorprendió con la noticia de su inclusión en la antología anual de mejores cuentos estadounidenses editada por Martha Foley. Carver admite que cuando llegó el ejemplar de la antología, durmió esa noche con él bajo la almohada. Curt le presentó a Carver a Gordon Lish, quien para esos años era editor de un diario avant garde llamado Genesis West, con sede en Palo Alto, muy cerca del próximo trabajo de Carver.

En 1967 le ofrecen su primer trabajo de ejecutivo en Palo Alto, California, como corrector de una editorial educativa llamada Science Research Associates. Trabajó allí durante tres años, con un paréntesis de un año por una beca que recibió su esposa para estudiar en Tel Aviv. Israel no fue lo que la beca les prometió: “Nos prometieron una villa en el mediterráneo… En vez de eso, la casa era horrible, los niños eran miserables y nos quedamos sin dinero”, cuenta Carver al respecto. Volvieron a Estados Unidos por medio de un crucero, parando en Grecia, Italia y Francia. En 1970 lo promovieron pero en septiembre del mismo año, su cargo fue rescindido. Ese año de desempleo fue un gran descanso, afortunadamente había ganado antes de su despido un premio como poeta emergente con metálico de 3000$, proveniente del National Endowment for the Arts. Vivió del dinero del premio y del trabajo de su esposa -quien se graduó de la universidad en ese período-, y en una racha de buena productividad escribió la mayoría de los cuentos de su primer libro de ficción que publicó 6 años después.

Cuando Gordon Lish y Carver se conocieron, Lish estaba pensando en crear una nueva revista literaria. Tomó a Carver como candidato para colaborar, Lish dijo haber pensado “bueno, aquí hay alguien que se podría dedicar a la tarea”. Su amistad fue acercándolos y conversaron para crear una publicación que se llamaría The American Journal of Fiction, lo cual no sucedió. En 1969, Lish estaba lidiando con el divorcio de su primera esposa, Frances Fokes. Su nueva pareja y futura esposa, Barbara Works había sido amenazada por Frances y, según Barbara, en una ocasión casi fue atropellada por ella. Lish y su pareja ya no se sentían seguros en Palo Alto, por lo que decidieron mudarse a New York, ahí Gordon Lish toma el trabajo de editor de ficción de la revista Esquire. Gordon le propuso a Carver que le hiciera el favor de recoger su correspondencia y echar un ojo de vez en cuando a Frances y los niños, él le devolvería el favor leyendo sus cuentos. Tiempo después, Carver admitió nunca haber cumplido con su parte del trato, pero Lish sí le pidió a Carver sus manuscritos, según Lish cuenta, estaba ansioso por leer textos de escritores nuevos y los de Carver eran algo con lo que podía “joder” (“fuck with”) en búsqueda de algo nunca antes visto, lo que él llamaba “La nueva ficción”. “Ciertamente, en él había un prospecto. El germen de las cosas de Ray se hacía visible en el catálogo de su experiencia. Era prometedor, era algo con lo que podía jugar y hacer una cosa novedosa. “Fat” fue el primer cuento que revise pero Gingrinch (publicador y fundador de Esquire) lo rechazó. Hice que saliera en Harper’s Bazaar”, dijo en una entrevista para Paris Review, en la edición de invierno de 2015. En agosto del 70, Carver le envió a Lish un cuento titulado “The Neighbors”, el cual Lish editó y publicó con el nombre de “Neighbors”. Carver no pudo contener su afecto y agradecimiento al enterarse de que su cuento había sido aceptado, para él eso fue “un hito, un punto de inflexión” en su carrera.

Su publicación en la revista Esquire por el editor Gordon Lish representó una serie de beneficios y reconocimientos que el alcoholismo de Carver opacó. Tantos años de supervivencia lo habían desesperanzado y se encontraba hundido en una rutina de bebidas y excesos que no podía controlar y que solo podían empeorar. Consiguió trabajos de prestigio en varias universidades pero su matrimonio se desplomó. Fue invitado a dar clases en el Iowa Writers Workshop junto a John Cheever pero, más que escribir y enseñar, se dedicaron a beber furiosamente. Los mediados de los 70 para Carver fueron borrosos y llenos de espacios en blanco, fue ingresado de emergencias tres veces debido a los daños que le estaba ocasionando el alcohol. En 1976 publicó su primer libro de cuentos “¿Puedes hacer el favor de callarte, por favor?” y representó un hito en la cuentística norteamericana. A pesar de vender menos de cinco mil copias, quedó en la lista de finalistas del National Book Award. Carver tocó fondo en su problema de alcoholismo y el 2 de Junio de 1977 dejó de beber definitivamente. Sabía con certeza que si no dejaba el alcohol iba a morir en cualquier momento. Empezó una nueva vida con nuevos amigos, una nueva mujer y nuevos intereses.

Dejó atrás un matrimonio fallido y se quedó con las experiencias de una vida angustiosa de trabajador de clase media baja. A pesar de comentar tener una pésima memoria, dice que los recuerdos son materia prima para sus historias. Por ejemplo, menciona una frase que le habían dicho algún diciembre, “Esta es la última navidad que nos arruinas”. Años después usó esa idea para “Una conversación seria”, narración de un divorcio reciente lidiando con el hecho de que deben compartir con sus hijos y es navidad. Un cuento de uno de los libros más importantes del cuento norteamericano, “De qué hablamos cuando hablamos de amor”.

La participación de Lish en la escritura de Carver ha sido un tema de mucha polémica desde que sus manuscritos sin corregir salieron a la luz pública. Lish se encargó de editar y publicar el primer libro de cuentos de Carver, “Would you please be quiet, please?”, él hizo el contacto con la editorial McGraw-Hill y su condición para trabajar con ellos fue que le permitieran publicar el libro de Carver. A pesar de ser una editorial especializada en libros de “no ficción”, aceptaron publicar los cuentos del autor para entonces poco conocido. Lish ya había revisado 7 de los cuentos elegidos para el libro y los otros 15 los tomó de fotocopias de revistas donde fueron publicados y, de igual forma, los modificó a su juicio, cambiando títulos y palabras, borrando oraciones y párrafos. Carver le había dado esta libertad desde un principio y al leer el resultado final, agradeció a Lish por todo el esfuerzo que había invertido, le pareció un trabajo genial. En una de sus cartas de cuando estaba recién publicado el libro, dijo a Lish “Y por supuesto que sabes, viejo amigo, cuánta ha sido la influencia que has ejercido sobre mi vida (…) Tú, mi amigo, eres mi idea de un lector ideal, siempre lo has sido y siempre lo serás”.

En 1977, Lish dejó su cargo en Esquire y asumió el rol de editor en la firma Alfred A. Knopf. Tres años después, Carver le escribió a Lish que ya había reunido una buena cantidad de cuentos, suficientes para publicar un nuevo libro, así que agendaron una reunión en Nueva York en mayo de 1980 en la que Carver le entregó el manuscrito sin editar de lo que sería “What we talk about when we talk about love”. Según la perspectiva de Carver, el manuscrito entregado a Lish estaba substancialmente terminado (así lo apuntan los investigadores William H. Stull y Maureen P. Carrol en el tomo de cuentos completos de Carver de Library of America), ya varias historias habían sido anteriormente revisadas por Lish y todas habían sido publicadas en revistas o tirajes pequeños. Sin embargo, Carver, dijo a Lish que no se preocupara si tenía que meter su lápiz en el asunto, y que si veía una forma de darle más músculo a sus historias no dudara en ejecutarla. Carver luego de ese encuentro, tuvo un verano atiborrado de reuniones y conferencias en universidades estadounidenses. Tal vez por eso no pudo leer la primera versión revisada que le envió Lish cinco semanas después de verse, pero igual no dudó en mandar su visto bueno, diciendo que “la colección se ve genial, aunque no he tenido tiempo de leer más que el título, el cual está bien, me parece”. Solo en la primera versión revisada, ya el manuscrito se había reducido en un 55%, a causa de los cortes en las tramas, reducción en el desarrollo de personajes y la casi total supresión del lenguaje figurado. Además, Lish se tomó la libertad de cambiar títulos de varios de sus cuentos y en algunos casos alterar las mismas historias, cambiando los finales. Carver siguió ocupado en sus obligaciones como profesor y escritor, y Lish siguió trabajando en el manuscrito, terminando una segunda versión y luego una versión final, que es la que finalmente Carver leería.

Al enfrentarse al manuscrito final, Carver estaba en shock. Por ejemplo, uno de sus cuentos de 37 páginas llamado “A small, good thing” había sido reducido a 12 páginas y renombrado “The Bath”. Hasta uno de los cuentos que anteriormente había sido revisado por Lish y publicado dos veces en revistas, había sufrido reducciones, ese es el caso de “Mine” de 500 palabras, reducido aún más y renombrado “Popular Mechanics”.

“8 de Julio, 8 a.m.

Queridísimo Gordon,

Tengo que salirme de esta. Por favor, escúchame. He estado despierto toda la noche pensando en esto y nada más que esto, así que ayúdame…”

Así inicia la carta de Carver que demuestra su desacuerdo con el manuscrito final. En ella hay dos miedos que fundamentan su postura radical de detener definitivamente la publicación del libro. En primer lugar, Carver habla de una profunda conexión con la escritura de esos cuentos en relación a la vida de alcohólico que superó y la importancia que tienen para su bienestar y su fortaleza:

“Veo “De qué hablamos cuando hablamos de amor” (-Cuento que originalmente se llamaba- “Principiantes”) y veo lo que has hecho, lo que has logrado con él, y estoy sorprendido y asombrado, incluso sobresaltado, con tus percepciones. Pero para mí sigue muy reciente esa historia. Mucho de esto tiene que ver con mi sobriedad y mi recién encontrada (y frágil, por lo que veo) salud mental y bienestar. Te diré la verdad, mi propio juicio está en riesgo aquí.”… “Todo esto está atado de forma complicada, y tal vez no tan complicada, con mis sentimientos de valor propio y autoestima desde que dejé la bebida”.

La segunda mayor preocupación de Carver al enfrentarse al manuscrito tiene que ver con que la mayoría de los cuentos ya habían sido revisados cuidadosamente por sus amigos Richard Ford, Tobias Wolff, Geoffrey Wolf, Donald Hall y por su nueva esposa, la escritora Tess Gallagher. Incluso, uno de los cuentos ya estaba pautado para ser publicado en la revista TRIQUARTERLY que incluso había planeado postularlo para el premio O. Henry:

“¿Cómo podría explicarle a mis colegas cuando los vea, qué les pasó a las historias en este entretiempo, luego de que el libro esté publicado? Tal vez si el libro fuera a publicarse dentro de 18 meses o dos años, sería diferente. Pero justo ahora, todo es muy reciente.”… “Si siguiera con esto tal y cómo está, no sería bueno para mí. El libro no sería, como debiera, una causa de celebración, más bien sería causa de explicaciones y defensas”

El tono de Carver, sin quererlo, se vuelve profético casi al final de la carta. Deja en claro que su intención con esos cuentos era más que tallar su nombre en piedra, su relación con esta escritura en particular tenía un fin más personal:

“Aunque puede que estén más cercanos a ser obras de arte que los originales, y aunque la gente siga leyéndolos dentro de 50 años, aún son capaces de causar mi fin.”

A pesar de lo que Carver demostró en esta primera respuesta, William H. Stull y Maureen P. Carrol narran que la posición de Gordon Lish prevaleció luego de una llamada entre ambos de la cual no quedó registro alguno. La forma de hablar de Carver se apacigua en sus siguientes conversaciones, empezando a ceder terreno con la idea de publicar el libro pero reclamando algunas restauraciones del texto original que Lish había eliminado. Su posición más firme era para evitar la inclusión del cuento que saldría en TriQuarterly, originalmente se llamaba “Where is everyone?” y la trama giraba en torno a un alcohólico que había marcado un punto decisivo para su propia recuperación. Carver mantuvo siempre firme su decisión de evitar que se publicara la versión de Lish, renombrada “Mr. Coffee and Mr. Fixit”. Carver confió en que sus correcciones se harían, pero el accionar de Lish pasó completamente por encima de esas correcciones y virtualmente ninguna de ellas fue incluida, y por si fuera poco, el libro incluyó también “Mr. Coffe and Mr. Fixit”. “Mi juicio al respecto fue que había una carta y yo solo tomé la delantera”, así respondió Lish al preguntársele al respecto en New York Times Magazine.

Cuando pienso en Carver, me vienen a la mente las portadas de los libros que le editó Anagrama, esos cuadros de Hopper de horizontes amplios y solitarios, con personajes introspectivos y distantes. Y sobre todo pienso en la portada de Catedral, un gran edificio de amplias ventanas en un terreno árido. Para mí, leer a Carver era como mirar una ventana en los suburbios, ver por un momento una vida ajena y sentir todas sus angustias, alegrías y nostalgias. Sentía que lo que estaba leyendo estaba sucediendo afuera en algún lugar y era tan trágico como hermoso. Ese edificio en la portada de Catedral es una alegoría apropiada de la obra de Carver, e incluso de su vida. Carver coleccionaba citas de escritores en pequeñas notas adhesivas y pegaba algunas en la pared de su estudio. Una de ellas de V. S. Pritchett decía que “un cuento es un atisbo visto con el borde del ojo al pasar”, Carver dijo que le interesaba lograr que a ese atisbo se le diera vida, que iluminara el momento y que, tal vez con suerte, alcanzara un gran significado con mayores consecuencias. Las ventanas de Carver son un atisbo poderoso de muchas vidas surgidas de una gran y particular vida.

Llegó a los 40-y-tantos sin saber pescar y los hermanos de su segunda esposa se encargaron de enseñarle. Contaban que Carver era un desastre en un bote, no hacía las cosas como debía y sin embargo siempre conseguía pescar algo, tenía una suerte increíble. Es irónico, Carver pensaba que una gran ayuda para que un escritor triunfara era un poco de suerte y ambición, y si a esto se sumaba una forma especial de ver el mundo, ese escritor podría ser reconocido y “quedarse alrededor por un rato”.

Pasó sus últimos días en Syracuse, New York, con Tess. Se conocieron en 1977 y empezaron a vivir juntos en 1979. Su casa era un foco para las visitas de entusiastas y alumnos, muchas veces debían pasar días con el teléfono descolgado y un letrero que decía “Escritores trabajando”. En 1983 fue publicado Catedral, el último libro de cuentos que Carver publicó en vida. Se editó en el sello Alfred A. Knopf que seguía bajo el mando editorial de Gordon Lish, pero esta vez Carver salvaguardaría la integridad de sus cuentos, dejando en claro que no habría cambios en los títulos, ni en los textos, por lo que no había manera de que pasara lo mismo que pasó con su anterior libro. Lish acató las normas y mínimas modificaciones fueron realizadas con el consentimiento de Carver. El libro fue muy bien recibido por la crítica, catalogado por The New York Times Book Review como un cambio en una dirección más versátil y con mayor generosidad en cuanto al desarrollo de los sentimientos. Sin las tijeras de Lish, Carver también alcanzó grandísimos méritos. Catedral se convirtió en un libro de cuentos emblemático, con relatos memorables. Quedó como finalista del premio Pullitzer en 1984.

En 1987 a Carver le diagnosticaron cáncer de pulmón y lo intervinieron quirúrgicamente, extirpándole uno de sus pulmones. En 1988 sufrió una recaída, el cáncer de pulmón había vuelto con metástasis en el cerebro. Seis semanas antes de morir se casó con Tess. El último cuento lo escribió antes de conocer su enfermedad, un relato llamado “Tres rosas amarillas” que narra los últimos días de Anton Chejov, escritor adorado por Carver y que, según Roberto Bolaño, comparte o disputa con él el título de mejor cuentista del siglo veinte. La famosa biografía de Chejov por Henri Troyat fue la compañía que inspiró a Carver a describir el desarrollo fatal de la tuberculosis que mató a Chejov. Una escena particular de la biografía fue el germen del cuento: el médico que pidió champaña a medianoche para beber con el cuentista ruso que exhalaba su último aliento.

Un año después Carver también murió a causa de un mal pulmonar. En su tumba hay dos de sus poemas, en uno se lee:

“FRAGMENTO TARDÍO

¿Y conseguiste lo que

querías de esta

vida, a pesar de todo?

Sí, lo hice.

¿Y qué es lo que querías?

Llamarme amado,

sentirme

amado en la tierra.”

Murió con cincuenta años el 2 de agosto de 1988 en su casa de Port Angeles, Washington. Otra nota adhesiva, la que más le intrigaba, decía: “… y repentinamente, todo se le hizo claro” —A. Chejov. “¿Y ahora qué?”, le hacía pensar.


Angelo Marcano es periodista y habitual colaborador de medios literarios de América Latina 

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