El tiempo se ha convertido en un factor determinante dentro de la grave crisis venezolana: Nicolás Maduro y su entorno saben que cada hora que puedan sumar dentro del Palacio de Miraflores implica un debilitamiento del impulso opositor. 

Para Juan Guaidó y la oposición, los fallidos intentos por derrocar al chavismo se están convirtiendo en la crónica de un fracaso bucólico: cuando todo parece que ya está listo, vuelve a tropezar y con la promesa de que a Maduro le quedan “pocas horas” han pasado cinco meses.

Por eso comienzan a fallar sus convocatorias a marchar, como sucedió el sábado 11 de mayo cuando la respuesta popular a la convocatoria para tomar la calle apenas si reunió manifestantes. 

De nuevo, el cansancio y la confusión parecen haberse apoderado de la ciudadanía venezolana tras una semana plagada de malas noticias.

Todas comenzaron el 30 de abril con el levantamiento fallido protagonizado por Guaidó y su mentor político, Leopoldo López, el cual culminó con 25 militares asilados en la embajada de Brasil; López, en condición de huésped en la de España y un Guaidó que todavía recoge los pedazos del contraataque chavista.

Nicolás Maduro, relativamente ‘ganador’ tras el episodio, respondió asediando la Asamblea Nacional a través del Tribunal Supremo de Justicia y la Constituyente, que se alinearon para levantar la inmunidad parlamentaria de diez diputados de la oposición y detener, nada menos, que al primer vicepresidente del parlamento, Édgar Zambrano.

A este escenario se sumaron los informes de prensa según los cuales el presidente estadounidense, Donald Trump, se encuentra cada vez más incómodo con el manejo dado a la situación venezolana. Desde reprimendas a sus asesores más cercanos –John Bolton y Eliott Abrams– por haberle hecho creer que la cúpula chavista era más susceptible de resquebrajarse, hasta reconocer que Maduro es una “galleta dura”, como un hueso duro de roer. Estos supuestos comentarios de Trump parecen haber estancado la capacidad de Guaidó de amenazar con una intervención militar.

“Venezuela cuenta con los venezolanos” fue parte de su discurso del sábado, que arrancó algunos aplausos. Sin embargo, pronto apuntaló con el flanco internacional, reiterando su intención de cooperar con el gobierno colombiano para la expulsión y neutralización de los miembros del Eln que han encontrado refugio en Venezuela.

Guaidó también destacó haber recibido una carta de China, que le asegura una “pronta resolución de la crisis a través del Grupo de Contacto”, pero lo que realmente interesó a sus seguidores fue la instrucción dada a su embajador ante Estados Unidos, Carlos Vecchio, de reunirse con el Comando Sur para explorar alternativas. “Debemos, responsablemente, evaluar la mejor opción”, dijo insinuando la posibilidad militar.

Para los asistentes a la concentración, como una muestra mínima de la mayoría de los venezolanos asediados por la hiperinflación y la escasez de mínimos servicios públicos, solo una intervención extranjera –que cándidamente se espera que sea corta y precisa– podría acabar con el régimen de Maduro.

Aunque los sucesos ocurridos el 30 de abril también dejaron claro que dentro de la Fuerza Armada hay una grieta que pudo haber llegado al Alto Mando Militar –sobre todo cuando el ministro de Defensa, general Vladimir Padrino, reconoció que “lo quisieron comprar”–, los venezolanos sienten cada vez más débil la esperanza de que los militares ayuden a deponer el régimen de Maduro.

Aunque sin dar proporciones o números exactos, entre analistas y encuestadoras coinciden en que la popularidad de Guaidó ha disminuido tras el levantamiento fallido, pero sin que el bajón todavía signifique un peligro real.

Por supuesto que el liderazgo de Guaidó quedó con menos fortalezas porque no se alcanzaron los objetivos trazados ese día por la oposición, pero aun con las complejidades, Guaidó aún mantiene una confianza en la mayoría de los venezolanos que desean un cambio político. 

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