El Fujimorazo de Nicolás Maduro durante esta semana para impedir la sesión ordinaria de la Asamblea Nacional, es otro de los anticipos del chavismo en los que advierte que el juego de “todo o nada” sigue vigente, a pesar de los claros intentos de sectores de un lado y del otro por buscar al problema una salida sin traumatismos ni derramamientos de sangre. Es Maduro quien eleva el costo a su salida, ha dicho Juan Guaidó, presidente de Parlamento y a quien la tiranía no ha podido poner tras las rejas. ¿Por qué no?

¿Por qué no arremete el chavismo de manera directa contra Guaidó? ¿Por qué apuntar únicamente a su entorno? ¿Por qué el que se supone es el jefe de la rebelión cívico-militar del 30 de abril sigue libre? ¿Por qué secuestrar a Edgar Zambrano, primer vicepresidente del Parlamento, y no ir contra Guaidó?

Porque yendo por su entorno, Maduro piensa que podrá asustarlo. Que podrá amedrentarlo y reducir su margen de maniobra. Y se aprovecha del fracaso del 30 de abril para tratar de hacer ver que Guaidó ha perdido respaldo popular. Todo lo contrario. Las encuestas -todas- señalan que Guaidó encabeza las preferencias de los venezolanos.

Y si Maduro no se ha atrevido a ponerlo tras las rejas, es porque a lo interno de la cúpula consideran que todavía no es prudente arriesgarse con Guaidó, reconocido por más de 50 países y la mayoría del país. Y si todavía no es prudente asumir el riesgo, es porque hay alguna debilidad. No es este el mismo Maduro que arremetió en 2013, 2014 y 2017. Este es otro. Sin recursos y con Rusia y Estados Unidos buscando entendimientos para salir de la crisis, a Maduro lo que le queda es resistir hasta que ocurran una de dos cosas: la salida negociada, o la salida por la fuerza. 

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