Le ha llevado a la administración de Donald Trump más de dos años darse cuenta, por la vía dura, de lo que ya aprendieron sus predecesores en el cargo: la división de la oposición venezolana ha empujado al país a la parálisis, algo que bien puede explicar por qué Nicolás Maduro sigue aferrado al poder a pesar de la gravísima crisis humanitaria. Tras el fallido pronunciamiento de Leopoldo López y Juan Guaidó el 30 de abril, la Casa Blanca se ha impuesto un mutismo sólo roto por una imprudencia del jefe de la diplomacia estadounidense, Mike Pompeo, quien en una conversación a puerta cerrada proclamó la semana pasada que tratar de unir a los opositores ha resultado ser un desafío «infernal».

Cuando Trump llegó a la Casa Blanca, las condiciones parecían idóneas: la coalición opositora Mesa de la Unidad Democrática había logrado dos tercios de escaños de la Asamblea Nacional en las legislativas de un año antes, el índice de popularidad de Maduro se hundía al 30%, un 80% de venezolanos vivía bajo el nivel de la pobreza y la inflación galopaba descontrolada. Según reveló Fernando Cutz, encargado de asuntos relativos a América Latina en el Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca cuando lo dirigía H.R. McMaster, el presidente pidió en no pocas ocasiones un plan de transición en Venezuela que incluyera opciones militares.

Las razones de Trump no eran simplemente altruistas. El senador republicano Marco Rubio le había recomendado al presidente que comenzara a preparar su reelección en 2020 a través de Florida, un estado decisivo. Allí viven más de 200.000 venezolanos, la mitad de los que se encuentran en EE.UU.

Según admite Pompeo en una grabación a puerta cerrada con líderes judíos en Nueva York, revelada por el diario «The Washington Post», había un problema insalvable: los opositores venezolanos no sólo se oponen a Maduro, sino que también se oponen entre ellos mismos, con igual o mayor intensidad. Y Pompeo lo sabe bien, porque su primer trabajo en el gobierno de Trump fue dirigir la CIA, y uno de sus encargos fue unir a la oposición. «Desde el día en que me convertí en director de la CIA, eso fue algo que el presidente Trump intentó conseguir», dijo el ahora secretario de Estado.

Julio de 2017. Por indicación de Trump Pompeo viajó a Colombia y México, donde se reunió con homólogos para coordinar el cambio en Venezuela. «Intenté ayudarles a entender cómo obtener mejores resultados», dijo después en un foro en Aspen. Inmediatamente, Telesur, el gran medio de propaganda del chavismo, publicó las siguientes declaraciones de Maduro: «El director de la CIA ha dicho que el Gobierno de EE.UU., en colaboración directa con los gobiernos de México y Colombia, trabajan para tumbar el gobierno constitucional de Venezuela».

Cuando Pompeo fue nombrado secretario de Estado (ministro de Exteriores) en abril de 2018 mantuvo esos intentos, a partir de entonces ayudado por el nuevo consejero de Seguridad Nacional, John Bolton. No es casual que un mes después de que ambos ascendieran a la cúpula de la política exterior estadounidense visitara Washington, recomendado por López, un diputado llamado Juan Guaidó, acompañado por Marco Aurelio Quiñones, también del partido Voluntad Popular.

El secretario de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro, se reunió con Guaidó y según dijo a ABC en una entrevista después le causó una buena impresión, el «tipo de líder que Venezuela necesitaba en un momento convulso». Almagro, consciente también de la división de los opositores, puso su grano de arena para unir a estos tras Guaidó al menos hasta que Maduro abandonara el país.

Lo que Pompeo se ha visto obligado a admitir ahora, y nadie en su gobierno ha desmentido, es que Guaidó tiene más apoyos fuera que dentro de Venezuela. El entorno de López, que es quien controla la mayoría de la nueva misión diplomática venezolana en EE.UU., insiste en que Guaidó no es más que una figura de transición. En privado, muchos de estos diplomáticos afirman que las relaciones entre Guaidó y López no siempre han sido fluidas y revelan que López ha sido quien ha impulsado desde su arresto domiciliario muchas de las iniciativas de mayor perfil en meses recientes, como el intento de introducir ayuda humanitaria en marzo.

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