De las comedias más negras que puedan encontrar, “El arte de llorar en coro” es una conmovedora historia que al reírnos conseguirá a la vez erizarnos la piel. Contada a través de la mirada de un niño de once años en la década de los setentas, esta historia trata sobre Allan y su familia, en especial su padre, quien dice padecer una fuerte depresión y amenaza reiteradamente con quitarse la vida poniendo nerviosos a todos a su alrededor. Cada noche en casa de Allan su padre sale de la habitación, baja las escaleras y se pone a llorar desconsoladamente en la sala, mientras su madre, para no escucharlo, se toma un par de somníferos. Entonces nuestro inocente protagonista le pide a Sanna, su hermana de quince años, que baje a consolarlo sin imaginarse la índole de aquél consuelo. Al descubrir tal situación, su hermano mayor, Asger, se va de la casa y Sanne, al borde de perder los estribos, decide ya no “consolar” más a su padre por las noches. Allan, al ver que todo a su alrededor se está desmoronando, adopta la misión de mantener en pie a su familia, en especial a su padre. Pronto descubre una extraña y lúgubre manera: incitar a su padre a dar discursos en los velorios para los familiares de los difuntos pues al parecer tiene un talento nato para lograr que los deudos se quiebren en lágrimas.  “El arte de llorar en coro” es pues una tragicomedia que aborda temas tan escabrosos como lo son el abuso infantil, el incesto, el suicidio, la enfermedad mental y la violencia familiar y a pesar de ello logra arrancarnos risas sobre las lágrimas.

 

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