Dicen que la música está en la esencia del ser humano. Otros añadimos que dicha esencia se encuentra en África, por tanto la música y África van de la mano desde nos primeros días. Quizás es por eso que cada estilo o influencia musical que llega a África, de algún modo vuelve. Se transforma con una autenticidad descarada fruto del enorme dinamismo cultural característico en cada palmo del continente.

Con esta introducción podría hablar del Afrobeat, del Zamrock, el jazz etíope o la rumba congolesa por poner algún ejemplo. Géneros que se crearon de la fusión, que emprendieron un viaje de vuelta a la tierra de la que partieron sus ritmos originales. No obstante quería hablar de un género menos reconocido y valorado.

En pleno Apartheid surgió un género musical llamado Bubblegum. Fruto de la mezcla de géneros locales como el Jive o el Mbaqanga con las nuevas influencias occidentales, sobretodo de Estados Unidos como el pop/disco o funk y una base electrónica tras la llegada de los sintetizadores en los años 80.

En la Sudáfrica de la segunda mitad del s.XX la gran mayoría de músicos con reconocimiento internacional habían emigrado. Hablamos de la generación de Miriam Makeba, Hugh Masekela, LettaMbulu o Abdullah Ibrahim.

En Sudáfrica como en muchos otros sitios la música proveniente de Estados Unidos domina el panorama; desde Motown hasta los cantautores folk pasando por los nuevos ritmos funk y discos. Pero en los 80 y a medida que aumentaba el embargo y la presión internacional contra el régimen del Apartheid, los sudafricanos tuvieron que empezar a consumir música producida localmente. 

Las leyes segregacionistas del gobierno racista sudafricano en que separaba la cultura por grupos lingüísticos y otorgaba a su vez diferentes emisoras de radio y espacios culturales separados entre si acabó girándose en su contra ya que fomentó las diferentes escenas musicales siendo a pesar de todo, un potenciador cultural para los grupos étnico-culturales (me acabo de inventar el término) como los Zulú o los Tshonga por ejemplo. retomaron su tradición musical y la mezclaran con los nuevos géneros foráneos como el funk, el soul o el rock. Los townships vuelven entonces a ser centros de creación musical, mezclando los ritmos occidentales con las distintas músicas locales como el Kwela o el Mbaqanga y realizando todo un ejercicio de experimentación “pop” con los instrumentos como los sintetizadores y unos recursos más que precarios. Aparecerá entonces gente como Sipho “Hotstix” Mabuse quien fundaría Harari, grupo de música disco-funk referencia o Sello Chicco Twala que se convertirá en un artista y productor clave en el género.

A pesar que inicialmente se imitaba un género comercial y occidental nunca abandonan el componente cultural propio como la lengua o los compases tradicionales, confluyendo en el denominado Bubblegum, producto de consumo que se encuentra muy lejos del reconocimiento del jazz sudafricano por ejemplo pero creado localmente. 

El Bubblegum es música pop con gran presencia de sintetizadores y bases electrónicas al estilo “italo-disco”. A pesar del contexto político del momento, inicialmente podemos considerar que tiene un discurso superficial. Sus letras suelen tratar temas como el amor, la fiesta o el éxito material. Sin embargo esta música de acordes simples y armonías sencillas fue cambiando su mensaje sutilmente haciéndose eco de la realidad sudafricana; tomando un cáliz más reivindicativo en lo político y también en lo cultural. Realzando la comunidad y la tradición y clamando bajo los ritmos desenfadados del sintetizador los anhelos de democracia y libertad.

Un ejemplo de ese cambio se puede ver en cantantes como Brenda Fassie, el propio “Chicco” con We miss you Manelo, donde sustituyeron Mandela por Manelo para burlar la censura, o Ivonne ChakaChaka en Stimela o Freedom.

El Bubblegum se convierte rápidamente en una música de masas que nace y se desarrolla en los townships donde eclosionará en los últimos años del Apartheid coincidiendo con la expansión de los bailes Pantsula, una expresión cultural de protesta surgida a finales de los 50 en los suburbios de Johannesburgo y por entonces extendida por toda la población negra como expresión de resistencia durante la lucha política y aglutinante entre los distintos grupos de población negra sudafricana. Con la liberación de Mandela y el fin del Apartheid algunos artistas se consolidaron como Peta Teanet, Brenda Fassie o Patricia Majalisa con Dalom Kids, mientras otros caen en el olvido como producto de una moda pasajera y banda sonora de tiempos difíciles. No obstante el Bubblegum sentó las bases de la escena que vendría después con el Kwaito y la música electrónica en general en la nueva Sudáfrica port-Apartheid. Un país con mucha prisa por olvidar y aceptarse a sí mismo.

 

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