¿Está sucediendo? No, no está sucediendo.
Y sin embargo hay algo que está por venir.
En la espera, cualquier llegada
contiene y abandona.
MAURICE BLANCHOT
Los intervalos o los umbrales forman parte de la topología de la pasión. Son zonas de olvido, de pérdida, de muerte, de miedo y de angustia, pero también de anhelo, de esperanza, de aventura, de promesa y de espera. El intervalo, en muchos sentidos, también es una fuente de sufrimiento y dolor. La pasión recuerda, en su lucha contra el tiempo, aquello que lo acontecido relega al olvido. La novela sobre el tiempo de Proust es, visto así, una historia de la pasión. La espera se convierte en pasión cuando el intervalo temporal que separa el presente del futuro esperado se prolonga en lo abierto. Provoca sufrimiento cuando el cumplimiento de lo ansiado o prometido, es decir, el momento de la posesión o de la llegada definitivas, se dilata.
  El intervalo temporal se extiende entre dos situaciones o acontecimientos. El intermedio es un tiempo de transición, en el que uno no se encuentra en una situación definida. Nada puede definir este «en medio de». El exceso de indefinición genera un sentimiento de inquietud y angustia, más concretamente, un sentimiento límite (Schwellengefühl). El paso a lo desconocido inquieta y angustia. En el umbral el andar vacila. También el recelo forma parte del sentimiento límite. El intermedio que separa la partida de la llegada es un tiempo indefinido, en el que hay que prever lo imprevisible. Pero también es el tiempo de la esperanza o de la espera que prepara la llegada.
  El camino que separa el lugar de partida de la meta también es un intervalo. Posee una semántica rica, como el propio lugar. La peregrinación, por ejemplo, no es un espacio intermedio vacío que habría que recorrer lo más rápido posible. Es, más bien, constitutiva de la meta a la que se llega. Estar en camino adquiere aquí una gran importancia. El caminar apunta a la penitencia, la sanación o el agradecimiento. Es una plegaria. El peregrinaje no es un mero andar, sino una transición hacia un lugar. El peregrino se dirige, temporalmente, al futuro, en el que espera la curación. En este sentido, no es un turista. Este no conoce ninguna transición. En todos los sitios se trata del aquí y el ahora. El turista no está en camino en sentido estricto. Los caminos son reducidos a trayectos vacíos que no merecen visita alguna. La totalización del aquí y el ahora despoja a los espacios intermedios de cualquier semántica. En la actualidad, esa experiencia se caracteriza por ser muy pobre en transiciones.
  Cuando uno se dirige únicamente a un objetivo, el intervalo espacial hasta el destino solo es un obstáculo que debe superarse lo más rápido posible. La orientación exclusiva a una meta hace que el espacio intermedio no tenga ninguna importancia, lo reduce a un pasillo sin valor propio. La aceleración es el intento de hacer desaparecer el intervalo temporal necesario para la superación del intervalo espacial. Desaparece la prolífica semántica del camino. Es más, el propio camino desaparece. Este ha perdido su aroma. La aceleración conlleva un empobrecimiento semántico del mundo. El tiempo y el espacio ya no tienen demasiada importancia.
  Cuando el intervalo espacio-temporal solo está ligado a la negatividad de la pérdida y el retraso, todos los esfuerzos se concentran en hacer que desaparezca. Las memorias electrónicas o cualquier otra posibilidad técnica de repetición anulan el intervalo temporal, que es el responsable del olvido. Hacen que el pasado esté disponible al momento. Nada debe impedir el acceso instantáneo. Se eliminan los intervalos, que se oponen a la instantaneidad. La instantaneidad del correo electrónico se debe a que este acaba con los caminos como intervalos espaciales. Se libera del propio espacio. Los intervalos son suprimidos en pos de una proximidad y simultaneidad totales. Se elimina cualquier distancia o lejanía. Se trata de hacer que todo esté a disposición aquí y ahora. La instantaneidad se convierte en pasión. Todo lo que no se puede hacer presente no existe. Todo tiene que estar presente. Los intervalos espaciales y temporales que se oponen al presente son suprimidos. Solo hay dos estados: nada y presente. Ya no hay intermedio. Pero el Ser es mucho más que la presencia. La vida humana se empobrece cuando se queda sin cualquier intermedio. La cultura humana también es rica en intermedios. A menudo, las fiestas dan forma al intermedio. Como la época de Adviento, que es un entretiempo, un tiempo de espera.
  La totalización del aquí aleja el allí. La proximidad del aquí destruye el aura de la lejanía. Desaparecen los umbrales que distinguen el allí del aquí, lo invisible de lo visible, lo desconocido de lo conocido, lo inhóspito de lo familiar. La ausencia de umbrales conlleva una visibilidad total y una disponibilidad absoluta. El allí se desvanece en una sucesión ininterrumpida de acontecimientos, sensaciones e informaciones. Todo está aquí. El allí ya no tiene ninguna importancia. El hombre ya no es un animal de umbrales. Los umbrales provocan sufrimiento y pasión pero también hacen feliz.
  Los intervalos no funcionan únicamente como retardadores. También tienen como misión ordenar y articular. Sin intervalos no hay más que una yuxtaposición o un caos de acontecimientos desarticulados, desorientados. Los intervalos no solo estructuran la percepción sino también la vida. Las transiciones y los cortes le confieren una orientación determinada, es decir, un sentido. La desaparición de los intervalos genera un espacio desorientado (ungerichtet). Al no haber ningún segmento definido, ninguna fase puede llegar a su final ni integrarse juiciosamente en la siguiente. Cuando los acontecimientos se relevan rápidamente, tampoco puede surgir la firme determinación de concluir. En un espacio desorientado, se puede interrumpir la acción en cualquier momento y comenzar de nuevo. Ante una multitud de posibilidades de enlace, la conclusión acaba por no tener mucho sentido. Quien llega a una conclusión, incluso puede quedarse sin conexión. Un espacio formado por posibilidades de enlace no conoce ninguna continuidad. Aquí se decide constantemente, y todo el tiempo nuevas aparecen posibilidades, lo que da como resultado un tiempo discontinuo. No hay decisión que sea definitiva. Cada vez que se toma una decisión, surgen otras nuevas. El tiempo lineal e irreversible, es decir, el tiempo del destino, queda superado (aufgehoben).
  El espacio de la red tampoco tiene dirección. Es un tejido de posibilidades de conexión, de links, que en lo fundamental no se distinguen demasiado los unos de los otros. No hay rumbo, ninguna opción cobra preponderancia absoluta sobre las demás. En una situación ideal, en cualquier momento se puede producir un cambio de direción. Nada tiene un carácter definitivo. Todo está en la cuerda floja. El espacio de la red no se transita paseando, caminando o marchando, sino surfeando o explorando. Estas formas de movimiento no tienen dirección. No siguen ningún camino.
  El espacio de la red no está formado por fases continuadas y transiciones, sino por acontecimientos o circunstancias discontinuas. Allí no hay progreso ni desarrollo alguno. No tiene historia. El tiempo de la red es un tiempo-ahora (Jetzt-Zeit) discontinuo y puntual. Se va de un link al otro, de un ahora al otro. El ahora no tiene ninguna duración. No hay nada que incite a detenerse durante mucho tiempo en un punto del ahora (Jetzt-Stelle). La multitud de posibilidades y alternativas hace que uno no tenga la obligación ni la necesidad de demorarse en un lugar. Demorarse largo y tendido solo provocaría aburrimiento.
  El final de la condición lineal del mundo no solo genera pérdidas. También hace que sean posibles y necesarias nuevas formas del Ser y de la percepción. El progreso deja lugar a una suspensión (Schweben). La percepción cobra sensibilidad ante los comportamientos no causales. El final de toda linealidad narrativa, que encaja a los acontecimientos por medio de una estricta selección en una trayectoria estrecha, hace que sea necesario moverse y orientarse entre una gran espesura de acontecimientos. El arte y la música actuales también reflejan esta nueva forma de percepción. Las tensiones estéticas no se crean a partir de un desarrollo narrativo, sino de una superposición y densificación de acontecimientos.
Si los intervalos se acortan, se acelera la sucesión de acontecimientos. La densificación de acontecimientos, informaciones e imágenes hace imposible la demora. El veloz encadenamiento de fragmentos no deja lugar a una demora contemplativa. Las imágenes, que pasan de manera fugaz por la retina, no logran captar una atención duradera. Propagan su atractivo visual y se desvanecen. En contraposición al saber y la experiencia en sentido intenso, las informaciones y los acontecimientos no tienen un efecto duradero o profundo. La verdad y el conocimiento, entretanto, suenan arcaicos. Remiten a la duración. La verdad debe perdurar, pero se disipa en virtud de un presente cada vez más breve. Y el conocimiento es el resultado de una recolección temporal que incluye el pasado y el futuro en el presente. Tanto la verdad como el conocimiento se definen por una extensión temporal.
  Los intervalos cada vez más cortos también definen la fabricación de los productos técnicos o digitales. Hoy en día quedan obsoletos muy rápido. Las nuevas versiones y modelos hacen que tengan una vida muy breve. El impulso de la novedad reduce los ciclos de renovación. Ello se debe a que nada es capaz de generar una duración. No hay ninguna obra, ningún final, solo una sucesión infinita de versiones y variaciones. También el diseño, como libre juego de formas —en el sentido kantiano de la belleza «libre», es decir, de la bella apariencia sin sentido profundo, sin la dimensión trascendental que da lugar a una «satisfacción» desinteresada—, apunta desde su definición misma a un cambio constante, a una variación constante que debe servir para activar el ánimo (Gemüt), en otras palabras, mantener la atención. No hay un sentido que otorgue una duración a la bella apariencia. No hay un sentido que rija el tiempo.
  La retracción del presente no vacía ni diluye el tiempo. La paradoja consiste en que todo es en un presente simultáneo, todo tiene la posibilidad, o debe tenerla, de ser ahora. El presente se acorta, pierde la duración. Su marco temporal es cada vez más pequeño. Todo apremia simultáneamente en el presente. Eso tiene como consecuencia una aglomeración de imágenes, acontecimientos e informaciones que hacen imposible cualquier demora contemplativa. Así es como vamos haciendo zapping por el mundo.
En El aroma del tiempo
Opina que es gratis