Desde hacía tres años sabía que iba ocurrir algo. Estaba viviendo en el revés del tiempo y veía los hilvanes, los forros y los enresortados de los días. Su vida entera era ahora el revés de su vida. Recordaba que cuando era muy pequeña jugando al escondite se metió debajo de la cama de sus padres y quedó paralizada cuando vio, que por abajo, sólo había resortes y que la madera oscura, que terminaba en unas rosas talladas desaparecía, así como los almohadones y la colcha tejida de hilaza blanca. Así descubrió el revés de las cosas y supo que había dos realidades y con tenacidad examinó las sillas, los roperos, las cortinas persas bordadas de jeroglíficos anaranjados, los gobelinos, las estatuillas, los platos, y siempre había un revés que no coincidía con la belleza aparente de lo que la rodeaba. No le comunicó a nadie su desconcertante descubrimiento, lo guardó como un secreto y siguió investigando. Cuando aprendió a leer, supo también que las palabras tenían un revés y quiso leerlas y decirlas al revés, para encontrar que no significaban lo mismo. En su familia se reían asombrados cuando ella hablaba al revés. Se repetía Roislécxe o Lasrevinu, cuando llegaban los periódicos y no encontraba Excélsior o Universal. Era desconcertante. Sin embargo debería existir la razón secreta del revés. Con la convicción de esta verdad avanzó por la vida jugando, ya que durante el juego había descubierto esa segunda realidad, para comprobar que en las situaciones y en los personajes existía también el revés de los gobelinos y de las cortinas y de las palabras. También leyó La Iliada tomándola desde el fin hacia adelante sin entender su clave, para llegar nuevamente a la palabra Canta. El hecho de que La Iliada empezaba con esa palabra hermosa y terminara también con la misma hermosa palabra tomando el libro al revés, la convenció de que la verdadera belleza no era una simple apariencia, sino una incontrovertible realidad, aunque esta fuera inapresable y estuviera cifrada en un lenguaje colocado de cierta manera para facilitar a los mortales la presencia de la belleza. Era un hecho indiscutible, que las personas eran diferentes de espaldas y el hecho de que los ojos estuvieran colocados en el frente no era un simple azar lo desagradable, se llevaba por detrás, de otra manera no podrían vivir el demonio, se colocaba por detrás para ser invisible y engañar a los incautos hasta convencerlos de su inexistencia. Era como los criminales, que siguen a su víctima sin presentarse y la guían hasta el lugar del sacrificio. Con esta certeza contemplaba a las personas y a sus hechos, que nunca coincidían. ¿Por qué Ramírez, aquel hombrecito pequeño, rencoroso y que no usaba calcetines, quería el bien de la Humanidad con mayúscula? ¿Por qué hablaba de justicia y justificaba a ésta con una serie de crímenes injustificables? El momento en que Augusto la llevó a las Juventudes Socialistas, para ayudar a la Humanidad a liberarse del yugo capitalista, quedó en su vida como un presentimiento del horror. No pudo olvidar el patio oscuro que olía a orines, situado en un viejo edificio en la parte antigua de la ciudad. Estaba oscureciendo y en el patio no había sino un «compañero», que orinaba contra un hermoso pilar, construido para un objeto más noble. Entraron a una oficina de duelas astillosas, resecas y sin pulir, en donde habían colocado un escritorio de madera de pino pintada de amarillo y manchada de tinta. Frente al escritorio estaba Ramírez, sentado en una silla que correspondía al escritorio y con los pies colocados sobre éste. Junto a él, estaba «La Estufita», que con la boca entreabierta se dejaba manosear. Ella no dijo nada, contempló a la pareja y guardó silencio, mientras Ramírez, La Estufita y otros dos compañeros discutían con Augusto, en un lenguaje, que a ella le pareció grotesco, y amenazador. Del techo alto de la habitación desnuda y de paredes manchadas, colgaba un foco sucio que daba una luz sucia al grupo y hacía que las palabras y amenazas proferidas por aquellos cuantos personajes se convirtieran en armas dirigidas contra el sol que acababa de ocultarse. Hablaban sin pudor del asesinato en masa de la burguesía. Ella no comprendió que pudiera planearse el crimen, escupiendo por el colmillo y utilizando palabras, como libertad. Ramírez le tendió una revista: UURRSS en Construcción. En la portada aparecía una joven rubia y sonriente, con un pañuelo atado sobre la cabeza, que se asomaba entre ramas florecidas de manzano.
  —La felicidad del pueblo, compañera —le dijo mirándola con sus ojillos negros de rata ávida de desperdicios, y que era el revés de aquella joven sonriendo entre las flores.
  Desde ese instante supo, que el revés de la revolución era la cara de Ramírez y que la cara de la joven del pañuelo era sólo la apariencia. Si la revolución terminaba en el rostro de Ramírez, no podía terminar con el de la joven de las ramas de manzano. El hombrecito le dio miedo, pues supo que al final volverían a aparecer sus ojillos sedientos y afiebrados saliendo de una atarjea vomitando sangre. Acababa de contemplar el revés de la Revolución. Quiso explicárselo a Augusto, pero éste no le creyó, la miró como si estuviera loca: «Estás enajenada por el espíritu de la posesión. Eres una pequeña burguesa», sentenció cuando remontaban la calle vieja por la que caminaban gentes como ella, aunque todavía desconocían el secreto: la determinación de aquel pequeño grupo oscuro que orinaban sobre los pilares de exterminarlos. Ese oscurecer primero pasado por primera vez con los «compañeros» la dejó preocupada. Supo que Ramírez y La Estufa, que era la hija del secretario del Partido se dedicaron a vivir juntos un tiempo y luego León otro compañero, intercambió con Ramírez a su compañera, una yucateca, por La Estufa, sin que nada ocurriera. La proveyeron de folletos sobre el aborto y el amor libre y ambas cosas le parecieron inútiles y contradictorias. El amor era el único acto libre del hombre y si existía el amor, ¿por qué la decisión del aborto? La tenacidad para repetir incansablemente las mismas palabras obtusas y las mismas «verdades racionales para demostrarle que el capitalismo estaba condenado a muerte» sólo la convencieron de la necesidad vital de aquel pequeño grupo de asesinos, para tomar el poder y exterminar a la humanidad. No cabía duda de que miraba el revés del amor, de la justicia y de la libertad y que poco a poco aquel pequeño grupo lograba volver al revés al orden y a la disciplina. Para ellos la disciplina era la capacidad de hacer lo que les viniera en gana siempre que contestaran de palabra los interrogatorios de los miembros del Partido y con hechos las necesidades del Partido para desordenar el orden común y aceptado por todos. Después, el pequeño grupo podía juntarse, abortar, asesinar, injuriar, calumniar, volver al revés los hechos y los objetos, eran en verdad el revés del amor y la paz: el odio y la agresión gratuitas. Apenas un «compañero» se desviaba de esta conducta, era exterminado. Por el contrario, si aceptaba el desorden y el crimen, se le recompensaba con publicidad escandalosa y con dinero. El Deshonor, se había convertido en gloria y el crimen en acto heroico. Vio, cómo poco a poco, las vitrinas de las librerías se fueron llenando de pasquines soeces en donde se aconsejaba, la droga, la homosexualidad y el crimen, mientras desaparecían La Iliada, La tragedia griega y los Clásicos. Parvadas de seres al revés circularon por la ciudad, llenándola de injurias y amenazas y la ciudad se convirtió en un peligro. También vio salir del patio oloroso a orines a La Estufa, a Ramírez, a León, a Rodolfo, a José, para convertirse en burgueses poderosos, encargados de liquidar a la burguesía. Se mudaron a los barrios elegantes y se trasladaban a sus reuniones en automóviles guiados por choferes.
  —Hay un movimiento muy interesante que acaba de surgir en San Francisco: el de los niños flor. Parece que los jóvenes están dispuestos a cambiar el orden de la violencia burguesa por el de paz y amor. Muy interesante en verdad.
  Aseguró Mario, con la piel enrojecida por el vino rosado con el que ella había rociado su mesa burguesa e impecable. Ella, Remedios lo miró asombrada y así empezó todo: lo miró masticar complacido el asado de ternera y luego lo vio irse en su Jaguar. Mario era un revolucionario que dirigía el terror en Guatemala, a salvo en la Ciudad de México. Volvió a su salón y contempló incrédula las rosas colocadas en la mesa, «¿Todavía hay rosas?». se dijo asombrada y recordó a los «niños flor» que Mario acababa de mostrarle en las fotografías, cubiertos de pelos y de mugre y que no eran sino el revés de alguien que pudo ser humano y a quien ahora llamaban flor. Imaginó su casa vuelta al revés: con las camas y las sillas volteadas y las cortinas mostrando el forro y a los pocos días, eso que ella vio se convirtió en realidad: una noche al volver la halló en ese estado. ¿Quién lo había hecho? El mozo, un indígena oaxaqueño, la miró sudando desde su estatura enana:
  —Vinieron… vinieron unos putos…
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