En realidad, los humanos siempre han vivido en la era de la posverdad. Homo sapiens es una especie de la posverdad, cuyo poder depende de crear ficciones y creer en ellas. Ya desde la Edad de Piedra, los mitos que se refuerzan a sí mismos han servido para unir a los colectivos humanos. De hecho, Homo sapiens conquistó este planeta gracias sobre todo a la capacidad distintivamente humana de crear y difundir ficciones. Somos los únicos mamíferos que podemos cooperar con numerosos extraños porque solo nosotros podemos inventar relatos de ficción, difundirlos y convencer a millones de personas para que crean en ellos. Mientras todos creamos en las mismas ficciones, todos obedeceremos las mismas leyes y, por tanto, podremos cooperar de manera eficaz.
De modo que si el lector quiere culpar a Facebook, Trump o Putin por inaugurar una era nueva y espantosa, recuerde que hace muchos siglos millones de cristianos se encerraron en una burbuja mitológica que se refuerza a sí misma, sin atreverse nunca a cuestionar la veracidad de los hechos narrados en la Biblia, mientras que millones de musulmanes depositaron su fe inquebrantable en el Corán. Durante milenios, muchas de las cosas que pasaban por «noticias» y «hechos» en las redes sociales humanas eran relatos de milagros, ángeles, demonios y brujas, con valientes periodistas que informaban en vivo y en directo desde los pozos más profundos del inframundo. Carecemos de toda prueba empírica de que Eva fuera tentada por la Serpiente, de que las almas de los infieles ardan en el infierno después de morir o de que al creador del universo no le guste que un brahmán se case con una intocable; pero millones de personas han creído en estos relatos durante miles de años. Algunas noticias falsas duran para siempre.
Soy consciente de que a mucha gente le molestará que equipare la religión con las noticias falsas, pero este es exactamente el objetivo. Cuando mil personas creen durante un mes algún cuento inventado, esto es una noticia falsa. Cuando mil millones de personas lo creen durante mil años, es una religión, y se nos advierte que no lo llamemos «noticia falsa» para no herir los sentimientos de los fieles (o provocar su ira). Adviértase, sin embargo, que no niego la efectividad ni la benevolencia potencial de la religión. Justo lo contrario. Para bien o para mal, la ficción figura entre las herramientas más eficaces de la caja de herramientas de la humanidad. Al unir a la gente, los credos religiosos hacen posible la cooperación entre personas a gran escala. Inspiran a la gente para que construya hospitales, escuelas y puentes, además de ejércitos y prisiones. Adán y Eva nunca existieron, pero la catedral de Chartres sigue siendo hermosa. Gran parte de la Biblia puede ser ficción, pero continúa haciendo feliz a miles de millones de personas y todavía puede motivar a los humanos para que sean compasivos, valientes y creativos, al igual que otras grandes obras de ficción, como Don Quijote de la ManchaGuerra y paz y Harry Potter.
De nuevo, algunas personas tal vez se ofendan porque compare la Biblia con Harry Potter. Si el lector es un cristiano de mente científica, podría justificar todos los errores y mitos de la Biblia aduciendo que el libro sagrado nunca se pensó para que se leyera como una narración basada en los hechos, sino como un relato metafórico que contiene una profunda sabiduría. Pero ¿esto no vale también para Harry Potter?
Si el lector es un cristiano fundamentalista, es muy probable que insista en que todas y cada una de las palabras de la Biblia son literalmente ciertas. Supongamos por un momento que tiene razón, y que la Biblia es en efecto la palabra infalible del único Dios verdadero. Así pues, ¿qué hacemos con el Corán, el Talmud, el Libro de Mormón, los Vedas, el Avesta y el Libro de los Muertos egipcio? ¿No le tienta decir que dichos textos son ficciones complejas creadas por humanos de carne y hueso (o quizá por demonios)? ¿Y cómo considera el lector la divinidad de emperadores romanos como Augusto y Claudio? El Senado romano afirmaba tener el poder de convertir a los hombres en dioses, y después esperaba que los súbditos del imperio adoraran a estos dioses. ¿No era esto una ficción? De hecho, tenemos al menos un ejemplo en la historia de un falso dios que admitió la ficción por su propia boca. Como se ha indicado anteriormente, el militarismo japonés en la década de 1930 y principios de la de 1940 se basaba en la fe fanática en la divinidad del emperador Hirohito. Tras la derrota de Japón, Hirohito proclamó públicamente que tal divinidad no era cierta, y que después de todo él no era un dios.
De modo que, aunque estemos de acuerdo en que la Biblia es la verdadera palabra de Dios, todavía tenemos a miles de millones de devotos hindúes, musulmanes, judíos, egipcios, romanos y japoneses que durante miles de años depositaron su confianza en ficciones. De nuevo, esto no significa que estas ficciones sean necesariamente inútiles o perjudiciales. Aún pueden ser hermosas e inspiradoras.
Desde luego, no todos los mitos religiosos han sido igual de beneficiosos. El 29 de agosto de 1255 se encontró en un pozo de la ciudad de Lincoln el cuerpo de un niño inglés de nueve años llamado Hugh. Aunque no hubiera Facebook ni Twitter, rápidamente se propagó el rumor de que Hugh había sido sacrificado por los judíos locales en un ritual. El rumor no hizo más que crecer a medida que se contaba, y uno de los cronistas ingleses de más renombre de la época, Mateo de París, dio una descripción detallada y sangrienta de cómo judíos prominentes de toda Inglaterra se habían reunido en Lincoln para engordar, torturar y finalmente crucificar al niño secuestrado. Se juzgó a diecinueve judíos y se los ejecutó por presunto asesinato. Libelos sangrientos similares se hicieron populares en otras ciudades inglesas, lo que condujo a una serie de pogromos en los que se masacró a comunidades enteras. Al final, en 1290, se expulsó a toda la población judía de Inglaterra.
La historia no terminó aquí. Un siglo después de la expulsión de los judíos de Inglaterra, Geoffrey Chaucer (el padre de la literatura inglesa) incluyó un libelo sangriento fundamentado en el relato de Hugh de Lincoln en Los cuentos de Canterbury («El cuento de la Priora»). El cuento termina con los judíos ahorcados. Libelos sangrientos parecidos se convirtieron luego en parte esencial de todo movimiento antisemita, desde la España medieval tardía hasta la Rusia moderna. Un eco distante pudo oírse incluso en el relato de «noticias falsas» de 2016 según el cual Hillary Clinton encabezaba una red de tráfico infantil que retenía a niños como esclavos sexuales en el sótano de una popular pizzería. El cuento lo creyeron los suficientes norteamericanos para que perjudicara la campaña electoral de Clinton, y una persona incluso fue a la pizzería armada con un fusil y exigió ver el sótano (resultó que el local no tenía sótano).
En cuanto a Hugh de Lincoln, nadie sabe cómo encontró en verdad la muerte, pero lo enterraron en la catedral de Lincoln y lo veneraron como santo. Se le atribuyeron varios milagros, y su tumba continuó atrayendo a peregrinos incluso siglos después de la expulsión de todos los judíos de Inglaterra. No fue hasta 1955 (diez años después del Holocausto) cuando la catedral de Lincoln repudió el libelo de sangre, y colocó una placa cerca de la tumba de Hugh que reza así:
Relatos falseados de «asesinatos rituales» de muchachos cristianos por parte de comunidades judías proliferaron en toda Europa durante la Edad Media e incluso mucho más tarde. Estas ficciones costaron la vida a muchos judíos inocentes. Lincoln tuvo su propia leyenda y la supuesta víctima fue enterrada en la catedral en 1255. Tales relatos no redundan beneficio del cristianismo.

Bueno, algunas noticias falsas solo duran setecientos años.

En 21 lecciones para el siglo XXI

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