Por  Cecilia González

La inesperada masividad de una marcha dotó de aire fresco al presidente de Argentina, Mauricio Macri.

Hace dos semanas, después de perder con más de 15 puntos de diferencia las elecciones primarias frente al candidato peronista, Alberto Fernández, diversos sectores comenzaron a tratar a Macri como presidente saliente, dieron por terminado el ciclo de su gobierno, que quedará marcado por la crisis económica, y hasta propusieron el inicio de una transición de poder. Que todavía falten dos largos meses para las elecciones presidenciales del 27 de octubre parecía, para ellos, un mero detalle.

Los cambios fueron evidentes y acelerados. El Poder Judicial, que suele acomodarse a los vaivenes políticos, aceleró causas que afectan al macrismo y frenó las que involucran al kirchnerismo. Periodistas, escritores y personalidades públicas que apoyaban con fervor a Macri comenzaron a criticarlo. Algunos, de plano, se alejaron. La derrota siempre funciona como repelente.El gobierno sobrevivía a pura tensión, pero el sábado por la tarde una multitud se reunió de manera espontánea para apoyar al macrismo en Buenos Aires y en las principales ciudades del país.

Y revivió la esperanza.

“No se vaaaa, Mauricio no se vaaaa…”, fue uno de los principales hits que corearon los simpatizantes oficialistas que organizaron una marcha a partir de premisas confusas, contradictorias. La convocatoria nació en las redes sociales bajo el lema de “defender la República”, aunque la República no está en peligro alguno. La solidez democrática de Argentina quedó demostrada en las elecciones primarias. Millones de ciudadanos votaron, unos candidatos ganaron y otros perdieron. Pero como el resultado no les gustó a muchos macristas, lo impugnaron y hasta sembraron sospechas sobre la transparencia del proceso. En el colmo del absurdo, culparon a la oposición de hacer fraude en unas elecciones que organiza, supervisa y controla el propio gobierno. Sin presentar prueba alguna, la diputada Elisa Carrió incluso acusó al “control narco” de haber intervenido para que el oficialismo perdiera.

Más allá de sus motivaciones, miles de personas ejercieron su democrático e incuestionable derecho a marchar para apoyar al gobierno.

En Buenos Aires se citaron en el Obelisco. La bandera fue su principal símbolo y el clasismo, un sello de identidad. “No somos iguales“, decían algunos que se resistían a cerrar calles para no ser “confundidos” con los manifestantes de las protestas que suelen impedir el paso vehicular. “Vinimos en colectivo” y “acá no hay choripanes”, gritaban a cada rato para diferenciarse y reforzar el prejuicio de que en otras marchas la gente es llevada a cambio de comida. Es la permanente y falsa idea de que unas protestas son más válidas, “mejores” que otras.

Los carteles escritos a mano demostraban el éxito de los eslóganes promovidos por el gobierno. Tanto asustó Macri con que “Argentina se va a convertir en Venezuela” si vuelve a gobernar el peronismo, que muchos le creyeron. En la cabecera de la marcha, la manta con la frase: “Juntos por la Democracia y la República”, con imágenes del presidente y de la gobernadora de la provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, convivía con la bandera del país caribeño, en una muestra más del uso y abuso electoral de su tragedia humanitaria.

La idea central de los manifestantes es que “la Patria está en peligro” si vuelven “los delincuentes”, es decir, quienes formaron parte del pasado gobierno de la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner, hoy candidata a la vicepresidencia de la mano de Alberto Fernández. La fórmula de ambos ganó las primarias con casi el 48% de los votos. Por eso, la palabra “corrupción” era la más repetida en las pancartas.

Son muchas las convicciones de los macristas. La más importante es que Macri encabeza a un gobierno honesto, aunque haya estado en los Panama Papers y en los tribunales argentinos estén latentes las causas por conflicto de interés de varios funcionarios. Hay un sentimiento de superioridad moral promovido por el gobierno bajo la idea de que son mejores, decentes y éticos; de que dicen la verdad, no hacen cadenas nacionales, no son prepotentes con la prensa ni intervienen con la Justicia (a pesar de que hay probadas muestras de lo contrario); de que Argentina “volvió al mundo” y cuatro años no alcanzan para reparar “el desastre” que dejó el kirchnerismo. Que es la reelección de Macri o el abismo” del regreso a un gobierno “populista”. Reconocen, eso sí, el fracaso del modelo económico porque en esa área no hay elementos para defender al gobierno.

Con la Plaza de Mayo llena, el presidente decidió ir de improviso a la Casa Rosada para recibir en persona el apoyo masivo desde el balcón, de frente a la multitud. Abrazado a su esposa, Juliana Awada, Macri lloró y agradeció con mensajes grabados para redes sociales. Esa noche fue un líder abrazado por las masas. Hizo así su mejor acto de campaña con una postal digna del mejor populismo tradicional que tanto ha denostado.

Reconfortado, el macrismo comenzó a usar de inmediato otro lenguaje. Se alejó de la resignación derrotista que invadía a muchos funcionarios que ya daban por perdida la reelección. Después del abrazo popular, hoy hablan de lograr el “milagro”, la “hazaña”; de hacer una “gesta patriótica” con “mística”; confían en que “estamos de vuelta” y “la vamos a pelear” porque “resucitamos” y “es una nueva oportunidad”. El jefe de gabinete, Marcos Peña, ya advirtió que saldrán a pelear votos en el territorio, en las calles. Sale el big data y entra el cuerpo a cuerpo. La tarea es titánica: rumbo al 27 de octubre, la intención de voto de Fernández debería reducirse y quedar por abajo del 45%, sólo así el macrismo tendría la posibilidad de disputar una segunda vuelta el 24 de noviembre. Y soñar con ganarla.

El problema es que el contexto le juega en contra al presidente.

Su coalición, Cambiemos, está resquebrajada, con pleitos internos que se profundizan cada día, como la pelea entre Carrió y Jaime Durán Barba, el (¿ex?) asesor estrella de Macri; o la de Vidal, el jefe de Gobierno de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta, y el ministro del Interior, Rogelio Frigerio, contra el jefe de Gabinete.

La situación económica sigue en rojo. Este lunes, mientras el gobierno negociaba con el FMI el desembolso de 5.400 millones de dólares (parte del préstamo de 57.000 millones de dólares otorgado por el organismo), 13 gobernadores impugnaban ante la Corte Suprema las medidas impuestas por el presidente para bajar el IVA, congelar aumentos de combustibles y rebajar un impuesto a las ganancias. Cuando vayan a votar en octubre, los argentinos ya habrán sentido en su bolsillo el nuevo impacto de la devaluación y la inflación, y se habrá oficializado el aumento de la pobreza. No habrá tiempos para nuevas marchas de apoyo.

La historia ha demostrado, además, que hay políticos que llenan las plazas, pero no llenan las urnas. Veremos cuál es el caso de Macri.

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