¿Son los libros acaso simples juguetes, los juguetes de la conciencia?
  ¿Entonces, qué es el hombre? ¿El niño eterno y cerebrito?
  ¿No es el hombre nada más que un niño cerebrito en imperecedera diversión con esos juguetes impresos llamados libros?
  Eso también. Hasta los hombres más insignes se pasan la mayor parte del tiempo haciendo juguetes llenos de elegancia e ingenio. Como Los papeles del Club Pickwick o Dos en una torre.
  Pero eso no queda ahí.
  El hombre es un aventurero del pensamiento.
  El hombre es una gran aventura en la conciencia.
  Dónde empezó la aventura, y dónde acabará, nadie lo sabe. Pero aquí estamos: con un buen trecho recorrido ya, y sin señales de final alguno en el horizonte. Aquí estamos, perdidos por los páramos en el caos del mundo, pobre Israel de la conciencia humana que ha montado el campamento entre risas nerviosas y cháchara incomprensible. Para qué queremos ir más lejos.
  Bien, montemos el campamento, y a ver qué pasa. Cuando las cosas se pongan feas, seguro que saldrá un Moisés con su serpiente de bronce. Y podremos emprender camino entonces.
  El hombre es un aventurero del pensamiento. Se ha abierto camino pensando desde el alba de los tiempos. Por aquel entonces su pensamiento se expresaba en figuritas de madera o de piedra: luego en jeroglíficos grabados sobre obeliscos, tablas de arcilla y papiros. Ahora se expresa en libros, entre dos tapas.
  Lo peor de un libro es cómo se cierra hermético entre dos tapas. Cuando los hombres escribían sobre las rocas y los obeliscos era más difícil mentir. La luz del día era demasiado fuerte. 
Pero bien pronto empezó su aventura en cuevas y agujeros secretos y templos, donde podían crear su propio entorno y contarse mentiras a sí mismos. Y un libro es un agujero con cubiertas bajo el suelo. Un sitio ideal para contar mentiras.
  Lo que nos lleva al verdadero dilema del hombre en la larga aventura de la conciencia. Es un mentiroso. El hombre se miente a sí mismo. Y una vez que se ha contado una mentira, va por ahí persiguiéndola, como si tuviera una cerilla encendida en la punta de la nariz. La columna de humo y la columna de fuego aguardan a que termine, retiradas y en silencio, esperando a que se sacuda el fuego fatuo de la punta de la nariz. Pero cuanto más tiempo persigue una mentira, más seguro está de que ve una luz.
  La vida del hombre es una aventura sin fin en la conciencia. Allá que va la columna de humo por el día, la columna de fuego por la noche, a través de los páramos del tiempo. Hasta que el hombre se cuenta a sí mismo una mentira, otra mentira. Y la mentira va delante de él, como la zanahoria delante del burro.
  Hay en la conciencia del hombre dos corpus de conocimiento: las cosas que se cuenta a sí mismo, y las que descubre. Las que se cuenta a sí mismo son casi siempre agradables, y casi siempre mentira. Las que descubre son generalmente dolorosas al principio.
El hombre es un aventurero del pensamiento. Pero por pensamiento entendemos, claro está, el descubrimiento. No nos referimos a la costumbre de contarse a sí mismo datos trasnochados y extraer conclusiones falsas, lo que habitualmente se tiene por el pensamiento. El pensamiento es una aventura, no un truco.
  Y por supuesto, es una aventura del conjunto de la persona, no solo del cerebro. Por eso no se puede creer en Kant, ni en Spinoza. Kant pensó con la cabeza y con el espíritu, pero nunca pensó con la sangre. La sangre también piensa, dentro de nosotros, oscura, pesadamente. Piensa a través de deseos y rechazos, y llega a conclusiones extrañas. La conclusión a la que llegan mi cabeza y mi espíritu es que este mundo del hombre sería perfecto si todos los hombres se amaran los unos a los otros. La conclusión a la que llega mi sangre dice que eso es una bobada, que una proeza así le parece incluso repugnante. Mi sangre me dice que la perfección no existe. Que solo hay una larga, interminable aventura en la conciencia por este peligroso y empinado valle de lágrimas.
  El hombre se da cuenta de que la cabeza y el espíritu lo han llevado por el camino erróneo. En estos momentos estamos irremediablemente fuera del camino, siguiendo al espíritu, que dice que qué bonito sería que todo fuera perfecto; y escuchando a la cabeza, que dice que todo nos parecería perfecto si eliminásemos de un plumazo la fatigosa realidad que es nuestra terca sangre.
  Estamos irremediablemente fuera del camino, y estamos cabreados, como quien se ha perdido. Y decimos: no pienso preocuparme. Que lo arregle el destino.
  El destino no arregla las cosas. El hombre es un aventurero del pensamiento, y solo cuando se aventura en el pensamiento vuelve a dar con el camino.
  Nuestra civilización, por ejemplo. Nos entra la pataleta porque, ahora que la tenemos, en realidad no nos gusta. Llevamos mil años construyéndola, y la hemos hecho tan grande que ahora no podemos cambiarla por otra. Y la verdad es que la odiamos.
  ¡Peor que mal! ¿Qué se puede hacer?
  ¡Pues no se puede hacer nada! Estamos aquí, como niños enfurruñados, con un mohín porque no nos gusta este juego, pensando que nos han obligado a jugar contra nuestra voluntad. Y vaya si jugamos, pero mal; con un mohín tras otro.
  Jugamos al juego mal, así que, claro, empeora. Las cosas van de mal en peor.
  Bien, ¡dejémoslas así! Dejemos que vayan de mal en peor. Après moi le déluge.
  Completamente de acuerdo. Pero un diluvio conlleva un Noé y un arca. El viejo aventurero y la vieja aventura.
Cuando te paras a pensar en ello, Noé es más importante que el diluvio, y el arca lo es más que todo el inundado mundo.
  Henos aquí enfurruñados, y a la espera de la gran inundación que anegue el mundo y nuestra civilización. Pues bien, que venga ya. Pero alguien tiene que estar de retén con el Arca de Noé.
  Pensamos, por ejemplo, que si ocurriera una terrible debacle, con el consiguiente derramamiento de sangre por toda Europa, de la debacle y del baño de sangre saldría sin demora un puñado de ciudadanos regenerados.
  Estamos equivocados. Si uno se fija en la gente que escapó a estos terribles tiempos en Rusia, no se ven muchos ciudadanos regenerados. Tienen más miedo y menos seso de los que se haya tenido nunca en la historia de la humanidad. La gran catástrofe, en vez de devolverlos a su anterior humanidad, los ha deshumanizado.
  ¿Qué podemos hacer? Si lo que va a hacer una debacle es deshumanizarnos más de lo que ya estamos, entonces no nos sirve una debacle. Nada nos sirve a nosotros, pobres diablos atrapados en la gran trampa que es nuestra civilización.
  Las debacles por sí solas no fueron nunca de ayuda para el hombre. Lo único que funciona siempre es la chispa viva y aventurera en el alma. Si no hay chispa viva y aventurera, entonces la muerte y los desastres tienen menos valor que el periódico del día anterior.
  Fijémonos en la caída de Roma. Durante los años oscuros de los siglos V, VI y VII de nuestra era, las catástrofes que cayeron sobre el Imperio romano no alteraron a los romanos lo más mínimo. Siguieron siendo como eran, como lo seguimos siendo nosotros, pasándoselo bien cuando les era posible, y sin mayor preocupación. Mientras, hunos, godos, vándalos, visigodos y todos los demás los borraron de la faz de la Tierra.
  ¿Y qué pasó al final? Pues que la ola barbárica ganó altura y cubrió Europa de punta a punta.
  Pero, loado sea Dios, estaba Noé en su arca con todos los animales. Estaba el recién nacido cristianismo. Estaban los monasterios solitarios y sus fortificaciones, las pequeñas arcas a flote que evitaron que la aventura se fuera a pique. No hay rupturas en la gran aventura de la conciencia. En medio del más desatado diluvio, un puñado de valientes lleva el arca a buen puerto bajo el arcoiris.
  Los monjes y obispos de la Iglesia primitiva llevaron el alma y el espíritu del ser humano intacto, invicto, en toda su plenitud, surcando las desatadas aguas de los años oscuros. Entonces este espíritu de coraje indeleble pasó a formar parte de los mismos bárbaros, en la Galia, en Italia, y nació la nueva Europa. No dejaron en ningún momento que el germen pereciera.
  En el momento en que todos los hombres que hay en el mundo pierdan su valor y su frescura habrá llegado el fin del mundo. Ya lo dijeron los viejos judíos: a no ser que en el mundo quede al menos un judío rezando con convicción, se perderá la raza.
  Así que empezamos a darnos cuenta de dónde estamos. De nada vale dejarlo todo en manos del destino. El hombre es un aventurero, y no debe nunca abandonar la aventura. La aventura es la aventura: el destino es solo lo que rodea al aventurero. El aventurero en lo más álgido de su aventura es el germen vivo que queda entre el caos circundante. Si no hubiese sido por el germen vivo de Noé en el arca, el caos habría caído nuevamente sobre el mundo con las aguas del diluvio. Pero el caos no podía volver a caer, pues Noé surcaba las aguas con todos los animales.
  Igual con los cristianos cuando cayó Roma. Se defendieron en los pequeños monasterios fortificados contra los aullidos de los invasores, demasiado pobres para despertar en ellos la codicia. Cuando los lobos y los osos vagaban a su antojo por las calles de Lyon, y un jabalí gruñía y hozaba entre las losas del templo de Augusto, los obispos cristianos no dejaron de recorrer sin pausa ni desaliento las calles abandonadas, como heraldos famélicos, en busca de su congregación. Esa fue su gran aventura, y no se amilanaron.
  Pero Noé, claro, siempre está en minoría. Como los cristianos, claro, cuando Roma empezó a caer. Los cristianos ahora gozan de una mayoría abrumadora, así que es a ellos a los que les toca caer.
  Conozco la grandeza del cristianismo: es una grandeza de otro tiempo. Lo sé, pero de no haber sido por aquellos cristianos primitivos, nunca habríamos salido del caos y la destrucción sin remedio de los años oscuros. De haber yo vivido en el año cuatrocientos, ojalá hubiera sido un cristiano cabal y apasionado. El aventurero.
  Pero ahora vivo en 1924, y la aventura cristiana ha terminado. La aventura ha desbordado los límites del cristianismo. Hay que empezar una nueva aventura en busca de Dios.
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