Un viernes muy negro. El sueño lo había tenido semanas antes, y lo que soñé me parecía tan decisivo como si todo dependiera de ello y yo hubiera penetrado en el más íntimo secreto de la futilidad de la existencia. Pero olvidé el sueño. Unos días antes, sumido en la más profunda depresión desde los meses de invierno de 1942-1943, lo volví a soñar o, más bien, me acordé de él soñando, fragmentariamente. La mayor parte de esto también se me escapó, pero lo peor de lo que me acuerdo quiero retenerlo para quizá algún día completarlo. Yo viajaba a Viena para visitar a Alban Berg, con quien había quedado en vernos durante uno o dos días. Al llegar me enteré de su muerte. O recibí un telegrama, o le llamé y me dieron la noticia por teléfono. Sin pensar en el alojamiento, comencé a andar muy rápido… como en el instante en que se recibe el peor mensaje: uno piensa en los medios de transporte, no toma un taxi, sino que sale corriendo, como si en las circunstancias extremas fuera el propio cuerpo lo único de lo que se está seguro. Caminaba sin rumbo, trazando un gigantesco arco por fuera de la ciudad, tal vez paralelo a la circunvalación (pero yo no había llegado, como de costumbre, a la estación del Oeste). Nada de lo que veía me recordaba a Viena: predominaban las casas y cobertizos marrones, quizá de madera. Era como si me dirigiera hacia un telón de lluvia, pero el sol estaba en lo alto y aclaraba la bruma como para mostrarme el camino (yo iba como luchando contra una poderosa presión que, sin embargo, superaba). Había destellos de verdor húmedo y yo tenía la sensación de que lo que veía era de suma belleza. Pero, al mismo tiempo, sabía que aquello era una ilusión, que todo está perdido ahora que él está muerto, y no hay salvación. Me desperté pensando que yo nunca había conseguido superar la muerte de Alban: que ésta nunca se me había hecho completamente real hasta que tuve este sueño.
  Addenda a este sueño
  Sueño a menudo algo muy parecido sobre París. Paseo a gran distancia por el exterior, en la margen izquierda del Sena. A diferencia de lo que sucede en la realidad, el río tiene innumerables meandros. En una de las curvas surge ante mí de improviso, inesperadamente, como comprimido en un pequeño espacio, todo el perfil de la ciudad. Ésta parece una gigantesca fortaleza antiquísima, con un par de imponentes complejos industriales (simétricos) en medio. Yo conozco exactamente los nombres de cada edificio, de cada calle, de cada parque. Son los muy famosos de la Madeleine, del Gran Bulevar, del Luxemburgo, sobre todo de Notre-Dame y de la Île Saint-Louis. Pero todos los objetos designados por estos nombres son totalmente distintos de los que conozco, y la mayoría parece haber sido sustituidos por otros mucho más antiguos. Incluso soñando soy consciente de la diferencia, quizá con el sobreentendido de que éste no es desde luego el París auténtico. Todo iluminado como durante un eclipse de sol, comparable al Toledo de El Greco. Todo con la misma tristeza sin esperanza que en la visita a Viena.
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