Cuando en 2016 el presidente de Bolivia, Evo Morales, llamó a un referéndum para saber si el pueblo lo quería en un cuarto mandato, definitivamente no esperaba esta situación.

Las manifestaciones que acusan presunto fraude en los comicios presidenciales del pasado 20 de octubre, que dieron como ganador a Morales en primera vuelta con un cuestionado computo electoral, y los enfrentamientos de detractores con adherentes ya acumulan tres muertos y alrededor de 200 heridos en un poco menos de tres semanas

Es cierto, el ambiente previo a estas elecciones ya era muy polémico, con vicios de irregularidades y de fraude.

En ese plebiscito los ciudadanos determinaron que no aceptaban una nueva candidatura del mandatario. La misma Constitución de Bolivia, promulgada por Morales, establece que un presidente sólo puede reelegirse dos veces. Sin embargo, a pesar de estas instancias previas, el Tribunal Constitucional Plurinacional (TCP) autorizó su candidatura presidencial.

A pesar de la molestia, las elecciones presidenciales se realizaron el pasado 20 de octubre con Evo Morales y Carlos Mesa como los principales contendores. Todo pronosticaba una segunda vuelta, pero el conteo en vivo se interrumpió y terminó dando como ganador a Morales, ese domingo comenzó la ira boliviana. Días después el también cuestionado Tribunal Supremo Electoral de Bolivia (TSE) confirmó el polémico resultado.

Esto ha creado un ambiente de incertidumbre. Aparte uno de los miembros del TSE renunció denunciando fraude y presiones ilegales, con lo cuál se perdió completamente la legitimidad de ese tricel.

Sed de poder

Morales asumió por primera vez en 2006 con una fuerte reticencia de la derecha, pero con un amplio respaldo electoral que le daba legitimidad. Durante sus mandatos tuvo grandes victorias: visibilizar a los pueblos indígenas y que la economía de Bolivia creciera, entre otras.

No fue capaz de dar el paso al costado y generar otros liderazgos que pudieran sustituirlo en el poder. Evo se resiste a aceptarlo, tiene un problema ahí de aferrarse al poder.

Si se establece esa imagen de que quiere permanecer en el poder a toda costa, cuestión que fue muy patente luego que no se respetó el resultado del plebiscito, puede empañar los resultados positivos que pueda él tener.

Pensó que fácilmente podría desactivar la sublevación (como al inicio de su mandato), pero su legitimidad esta cuestionada.

Morales está sintiendo un cuadro de reacción popular para el cual seguramente no estaba totalmente preparado y eso hace que no haya podido identificar de manera adecuada el cuadro de salida. En un momento dado colocó como elemento de iniciativa convocar a la OEA y su dispositivo para realizar una auditoria electoral, pero estas cosas tienen su tiempo y oportunidad, si esto no cuadra con los procesos que se están viviendo pueden ser ineficaces.

Una salida puede ser si el resultado de la auditoría produce una segunda vuelta electoral, que es en definitiva recurrir al soberano, que es el pueblo, ese puede ser un camino de salida.

Parece que es lo más razonable porque incluso en Bolivia hay mucha gente que no aceptó el gobierno de Morales, pero dijeron ‘muy bien vamos a sostenerlo por un tiempo hasta que se termine’ y ya no está dispuesta a seguir con un gobierno que no fue votado por el pueblo.

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